
Pablo Almazán guides you through writing a letter from your childhood self to a dead parent, starting with anger and hurt. He explains the ancestral fear children carry when a parent dies, then walks you through staging the letter, reading it aloud, and deciding what to do with it next.
Chapters
Maestros, seres hermosos. Buen día. La mañana nublada, pero tranquila acá en esta parte de la Madre Tierra, de esta esfera de vida de increíble crecimiento permanente. ¿Cuántos millones de toneladas de cosas están creciendo en este momento, estos segundos en que empecé a hablar hasta ahora, La cantidad de millones de kilos de vegetales, de animales que hay, de bacterias que hay en esta tierra hermosa, frutos de árboles, granos, pasto creciendo en todo el mundo, aguas moviéndose, algas creciendo, peces creciendo por segundo, millones de toneladas? Qué fuerza que tiene la Tierra. En la Tierra todo lleva a la vida. Es una expresión de vida hecha materia, de materia hecha vida, materia viviente. Porque lo que aquí llamamos vida, en Occidente no es lo mismo que en la antigüedad se llamó vida. ¿Y que se considera vida? Que vida se considera al flujo de energía que crea las cosas, a ese mundo inmenso, en realidad, de muchos mundos, pero que se lo resume en dos mundos. El inframundo, el mundo de lo no visible, el mundo de la permanencia y el mundo. El mundo de lo visible, el mundo de la materia, el mundo de los sentidos, de ver, tocar, oler. Y el mundo de lo no visible es tan, tan, tan, tanto más grande que el mundo de lo visible, que el tipo de vida que se lleva en Occidente con respecto a eso es como estar en toda la Tierra y estar viviendo sobre una baldosa de 10 centímetros por 10 centímetros. Ese es el mundo del consciente, el mundo del inconsciente. Y el inframundo, ese mundo grande, el mundo de los muertos, el mundo de lo que se considera no vida. Y en realidad, la energía de toda la vida, la energía de todo lo que provee vida, de todo lo que se mueve, está ahí, conviviendo con este mundo. Miren a Jake atrás, ahí viene. Por eso hoy sentí que era un lindo momento para hacer algo que siempre, y lo voy a repetir acá también, recomiendo hacer después que se han hecho los abordajes, la liberación de las emociones y todo eso que ¿Saben que recomiendo? Pero en este caso quiero hacer un ¿Saben que me gusta hacer? Mi regalito diario. Y este es para todas aquellas personas que están en una determinada situación de edad, de circunstancias, de vida, pero sobre todo de tristeza y de momentos difíciles que atraviesan en su vida y que lo cargan, sienten como una carga, porque como han quedado atrapados en el tiempo por no librar las emociones, la vida se vive como una carga. Entonces, para esas personas que están viviéndolo como carga, hoy les quiero contar cómo es esta maravilla de hacerle la carta a tus muertos que proponemos en Humano Puente. Lo que nos sucede, sobre todo cuando somos pequeños, cuando no estamos en una edad de tener nuestra propia independencia, procurarnos nuestro alimento, procurarnos nuestra libertad, es que tenemos un lado biológico muy fuerte, muy fuerte, lo tenemos toda la vida. Los humanos, cuando uno no se ha trabajado a sí mismo, lo tiene muy, muy fuerte, pero siempre sigue estando en más o menos proporción. Cuando uno es pequeño, lo que sucede es que ante una muerte de un ser querido, tiene un mecanismo biológico que le viene a recordar que está cerca él mismo de la muerte, porque el que nos dice se murió tu papá o se murió tu mamá, es nuestro inconsciente biológico. Automáticamente mi cachorro se acuerda de eso, se acuerda de todos los cachorros y se acuerda lo que le pasó a todos los cachorros que hay en mí cuando sus padres murieron. Inclusive en la etapa humana, en la etapa de cazadores y recolectores, si el grupo, si la tribu no se hacía cargo de mí, yo empezaba a deambular, a correr peligro, a esconderme, a no tener familia, hasta que moría. Maravillosa y afortunadamente la mayoría de las tribus eran comunitarias y cuidaban a sus niños y quedaban solos. Si el padre moría cazando, moría en la guerra. Pero en nuestro lado humano tenemos muy fuerte en la memoria biológica del riesgo de vida propia cuando un padre muere. Por eso, automáticamente cuando un padre muere, nuestro lado más sincero es el que mira para el lado del otro. Si se murió papá, voy a mirar a mamá y voy a sentir no me defraudes, no te vayas vos también, no puedo quedarme solo en la tierra. Lo cierto es que un niño, cuando su padre muere o su madre muere, convive con ese enojo, con esa tristeza por lo que acaba de pasar, y con una cultura que cree solamente en el mundo de los vivos, y que cree que morir es lo peor que le puede pasar a una persona. Y más allá de que eso no es así, porque no existe tal muerte, existe la muerte sensorial, es decir, la muerte en que no puedo tocarlo más, no puedo verlo más, no puedo escuchar su voz, no puedo oler su perfume, pero esa muerte se produce. En el más pequeño de los mundos, en el más grande de los mundos, no hay ni hubo nadie muerto, ni lo habrá, porque la muerte es imposible. Pero para eso hay que hacer un camino e ir dándose cuenta de eso. Pero eso no quita que todos los humanos convivamos con un lado biológico y no sintamos un dolor ante esas muertes. Entonces, es a ese niño al que vengo a rescatar hoy, al niño al que se le murió su padre siendo pequeño, adolescente, tal vez adulto. Su madre se murió siendo pequeño, adolescentE, adulto. Y hay algo que siempre suele quedar guardado, porque está por detrás esta concepción occidental de que la muerte es lo peor que existe, y por lo tanto al muerto no se le puede decir nada. La carta a tu muerto que te vengo a invitar a que escribas hoy, tiene que ser una carta desde tu niño, desde tu niña. Si tenías 8 años cuando murió tu madre, si tenías 8 años Cuando murió tu padre, escribí en una silla tu nombre y poné soy, tengo 8 años. Y lo pones en una silla adelante tuyo, pones el nombre de quien murió, fulana de tal o fulano de tal. Te vas a sentar en un lugar y le vas a escribir una carta en presente desde tus ocho años. Mamá, hoy es el día en que te moriste. Y esta carta que estoy escribiendo hoy. LA REVOLUCIÓN DE LOS TEROS Esta carta que estoy escribiendo hoy no es para decirte todas las cosas lindas, ni lo que me hubiera. Lo que me quedé guardado de cosas bellas para decirte, sino que es hora de contarte mi enojo y todo lo que sufrí cuando te moriste y todo lo que no me gustó. Si yo fuera tu padre o tu madre, ese que se murió, estaría esperando, ávido, que me digas todo lo que te dolió, todo lo que no te gustó, todo lo que te quedó sin hacer, todo lo trunco que me cuentes cuando ibas al colegio y veías que tus amigos tenían a su mamá y su papá y vos no. Contame todo lo que sufriste y expresame tu bronca. Contame lo que te dolió, lo que te perjudiqué con mi muerte. Dejá de estar llorando porque no estoy por abrazarme. Necesitas volcar todo ese dolor y decirme que estabas enojado y que estás enojado o enojada. Después hay tiempo. Después haces otra carta más adelante para decirme pero igual te quiero, pero igual te abrazaría. Hoy es el turno, hoy es el momento de hacer eso que nunca hiciste y es escribir una carta al muerto expresando tu enojo porque se murió tu egoísta enojo porque se murió todo lo que sufriste y todo lo que te dolió. Vale todo, vale decir todo, hasta lo más crudo, hasta lo más doloroso. Y cuando terminás esa carta, la pones adelante, te sentás en esa silla con tu nombre, leés el nombre del muerto y le decís fulana de tal, sos mi mamá, escuchá lo que tengo para decirte. Cuando terminás con esa carta podés hacer lo que quieras, podés enterrarla, podés quemarla, podés guardarla, lo que vos sientas. Así que hoy mi invitación es a liberar a aquel niño que todavía tiene un dolor guardado, ese niño egoísta que necesita dar un grito de dolor. Un abrazo. Hasta mañana.










