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En este breve monólogo, el locutor plantea la idea del "instinto del destino", la creencia de que ciertas culturas o naciones están predestinadas a permanecer inalterables. A continuación, cita a Hans Rosling, quien contrarresta esa visión al enfatizar que el cambio es una constante y que las sociedades evolucionan continuamente, invitando a rechazar la noción de inmovilidad cultural.











