
En este breve monólogo, el orador relata la vida de Viktor Zeríbriakov, un hombre del siglo pasado que, desde niño, recibió la instrucción de no estudiar y dedicarse a trabajos sin requerir la mente. A los 32 años, trabajando en empleos mal pagados y físicos, decide presentarse a una prueba de coeficiente intelectual para el ejército y descubre que posee un IQ extremadamente alto, calificándose como genio. Tras ser informado de su genialidad, su autoconfianza se dispara: comienza a atreverse a escribir libros, crear patentes y, finalmente, muere con abundancia económica. El narrador usa este caso para argumentar que la creencia en uno mismo, más que el IQ, es el factor decisivo para el éxito, sosteniendo que todos somos genios potenciales si cultivamos la autoconfianza.










