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En este monólogo, el hablante comparte cómo las enseñanzas de la infancia —como la idea de que los ricos son ladrones y que la pobreza equivale a honestidad— moldearon su relación conflictiva con el dinero. Analiza el daño emocional que esas creencias pueden causar, reconoce la importancia del dinero sin sobrevalorarlo, y promueve una mentalidad de abundancia que permite vivir, invertir y compartir. Concluye con una advertencia ética: amar a las personas y usar el dinero, en lugar de amar el dinero y usar a las personas.










