
Derek Redmond tore his hamstring during the 400-meter semifinal at the 1992 Barcelona Olympics. His father ran onto the track, helped him up, and they crossed the finish line together in front of 60,000 people. No medal, but he finished what he started.
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Aunque seas el último de la carrera, siempre tendrás por detrás a los que no se atrevieron a correrla. Derek Redmond no soñaba con ser famoso, soñaba con algo mucho más simple: llegar. Cada vez que parecía que llegaba su momento, algo le pasaba. Pero en Barcelona en 1992 llegó ahí, a la semifinal olímpica. Eran 400 metros. Suena el disparo y él arranca como nunca. Y como en el metro 150, se cayó, se rompió un tendón y el estadio se congeló. Él empezó a llorar y a cojear porque el dolor era insoportable. Nadie, en realidad, yo creo que lo hubiera culpado por salir caerse en el suelo, pero algo entró en él y dijo no. Y un paso después otro, y entre la multitud apareció su papá. Y sin pedir permiso ni importarle la seguridad, llegó donde su hijo y abrazados cruzaron la meta. 60.000 personas de pie, todo un estadio de pie, llorando, sin medalla, sin clasificación, pero mi gente, con algo que muy pocos atletas pueden decir: terminé lo que empecé. Y eso es lo que separa a los que logran algo en la vida a los que se quedan en la mitad del camino. Por eso hoy yo estoy hablando de Derek, tú estás escuchando su historia, y Y miles de personas en redes sociales hablan de él porque no se rindió cuando el camino se puso más difícil.
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