SEÑOR CONTROLA MI LENGUA - Daniel Habif

Daniel Habif explores silence as prayer and a way to let God guide your words. He argues that controlling your tongue alone is nearly impossible, but silence creates space for truth to flourish and the heart to heal without poison.
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Queridos míos, en mi caminar con Jesús he aprendido lo mejor de mi vida, pero últimamente he aprendido que callar, el silencio, es una forma de orar. O sea, es como decirle: Señor, mira, yo no confío en mis palabras en este momento, así que confío en que tú pongas las palabras correctas en el momento que tú decidas. O sea, callarte es entregarle la conversación también a Dios, o entregarle la conversación a un tiempo mucho más sabio que el presente. Es dejar que la calma haga su trabajo antes de que tu propia lengua deshaga lo que el corazón quiere conservar. Dominar nuestra lengua es casi imposible, por eso callar es importante, es darle permiso a la calma que aprenda a acomodar lo que la prisa quiere desordenar. ¿Me estás siguiendo hasta aquí? Creo que hay verdades que únicamente florecen cuando les damos espacio, cuando les damos silencio. De hecho, una de las cosas más espirituales que he aprendido en mi vida es callar. De verdad, guardar silencio, esperar que Dios ponga sus palabras, palabras que no hieran, y que seamos capaces de decir cuando en verdad ya estamos sanos. Porque a veces hablamos y lastimamos al otro. Yo siempre le he pedido a Dios: Señor mío, guarda mi lengua, guarda mi lengua hasta que mi corazón esté listo para hablar, pero que hable hasta que esté listo para decirlo con amor. Y con los años he descubierto que esta es una oración muy profunda, ¿verdad? Y es más profunda de lo que parece, porque no se trata solo de contener la lengua, sino de dejar que Dios trabaje en propio corazón, pero desde el silencio. La lengua calla un instante, pero el corazón puede seguir gritando, no, y puede seguirte golpeando por dentro. Y por eso no hay sanidad. Pero tarde o temprano, pues, si no te callas, el grito de tu corazón se va a filtrar en tu cara, en tus gestos, y luego se va a convertir en palabras crueles. Así que sanar no es olvidar lo que te pasó, sino permitir que el recuerdo ya no tenga veneno. Y eso solamente lo concede Dios cuando le damos tiempo, cuando le damos el permiso de pulirnos por dentro antes de abrir la boca para lastimarnos a alguien más o para lastimar a otro de sus hijos. Empieza a trabajar y entrenarte en el silencio, a guardar silencio, a callar y a pedirle: Dios, te entrego mi lengua, controla por favor mi lengua. Para todo, para todo. Aprende a ser el que menos habla también en una plática o en una reunión. A mí me cuesta mucho trabajo, pero estoy en ello, pero te lo recomiendo.










