11 Dec 2024 · 45 min
Transcripción de un episodio de podcast (Humano Puente) en el que Pablo Almazán reflexiona sobre la naturaleza humana, el rol del consultor/sanador y la dualidad vida-muerte. Incluye metáforas (plantas), relatos personales (resucitar al amigo 'Turco' en la infancia; acompañamiento de un maestro con cáncer de páncreas; la muerte del cuñado Jorge) y una invitación a vivir con gratitud y profundidad.
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Bienvenidos a la quinta temporada de Humano Puente Podcast, con César Trombino en la conducción. Hace cuatro años que compartimos momentos hermosos en este testimonios, comunicadores, novedades, charlas profundas. Gracias por acompañar desde todo el mundo. Te invito a recorrer nuestra página web humanopuente. Com en redes sociales, buscar a Pablo Almazán y Lucrecia Bianchi. Y ahora también entrando a Genua.net podés suscribirte para ver conferencias profundas y prolongadas de cada tema en particular.
Buen día, ¿Cómo les va?
Vamos a tomar unos mates juntos.
Hacer el agradecimiento juntos, empezar el día juntos.
Tenía ganas de reflexionar, de empezar la mañana charlando tranquilos, en voz baja.
De celebrar que hacemos lo que hacemos.
De tomar conciencia de lo que ser humano es. Qué fuerte que es ser humano. Qué fuerte que es ser humano.
Qué posibilidades diferentes tenemos.
A los otros seres. Pensaba.
Tengo el honor de.
Conocer a las personas de lugares muy profundos y me llevó eso, a conocerme desde lugares muy profundos. Y qué maravillosa posibilidad, la posibilidad humana.
Que no tienen todas las plantas, algunas las tienen con estos tropismos y con estas cosas. Pero si esta planta maravillosa que la amo y que se ve que mi reina la puso en agua porque está bien pesadita. Pero cuando uno ve que la planta no está bien en el lugar donde está.
La cambia de lugar. La cambia de lugar.
Hay una jugada en conjunto, no es solo la planta.
Es el lado humano.
Poniendo.
Una cualidad humana, una posibilidad humana en la planta. La vemos que no está bien dónde está. Esta está espectacular, esta es divina, esta la ven en los videos de la materia bioexistente. Pero cuando tenemos una planta che, esta planta acá no está bien. ¿Y qué hacemos? La agarramos, puc. La cambiamos de lugar. La cambiamos de lugar.
Esa unión planta ser humano.
Nos hace dar cuenta de lo simple que es. De lo simple que es. Che, no está bien, hay que cambiarla de lugar. Y uno la cambia de lugar y la planta se pone bien, la planta mejora. Es decir, esa posibilidad que le dimos a algo que se supone que no se puede mover.
Con nuestra cualidad humana del movimiento.
Le dimos vida, la acompañamos a que esté mejor. ¿Cuánto que hay para reflexionar sobre eso? ¿Cuánto que Hay para pensar sobre eso?
Si soy bueno con las plantas y soy bueno para conmigo.
Y un consultor tiene en sus manos la posibilidad de acompañar a una persona a que ella misma se saque esas raíces que la agarraron a la maceta y que no la dejan salir a tierra.
Y eso es tan impresionante, eso es tan maravilloso.
Que el consultor mismo muchas veces va aprendiendo y va acabo de. Acabo de atender a una persona y me acaba de mostrar lo que me está pasando a mí, me acaba de mostrar lo que me está pasando a mí, me acaba de mostrar aquello que yo sané y que ahora se lo puedo mostrar y la puedo acompañar en eso, o me acaba de mostrar que le dije recién charlando que estaba bueno liberar sus emociones del pasado y que en algunos hechos me parece que yo no lo estoy haciendo. Y todas esas reflexiones que hace un consultor que son un tesoro.
Una persona que es consultora.
Tiene una posibilidad humana que indefectiblemente la aleja de la liviandad cotidiana, te saca de la liviandad cotidiana.
Cuando tuviste el honor de que venga un maestro atenderse y que gracias a ese maestro vos te das cuenta que tuvo una vida.
Muy difícil.
Y que tuvo una ancestralidad difícil, y ves de manera tan obvia que los síntomas son la consecuencia de las ancestralidades difíciles de los úteros sufridos.
Y vos podés darle una mano para que encuentre solito esos lugares, para que los modifique, para que los exprese, para estallar en verdad, en felicidad, para renacer, para que a partir de ahí comience como uno el día. Yo por lo menos lo comienzo.
Encendiendo mi sahumerio, que hoy lo puse por ahí para que se vea hasta por ahí abajo.
Poniendo mi música, la que sea, desde música de la India hasta YouTube.
Y diciendo gracias mientras hago gimnasia, ese es el día de gimnasia, mientras preparo, contesto mails, hago videos, pero diciendo gracias, diciendo gracias. Ayer hablaba con colegas, con consultores que tuve el honor de de formar, por decir una palabra que no le encuentro un sustituto, pero y que son grandes amigos, y hablábamos sobre la profundidad de la consulta.
Yo decía, es posible.
Que vos me estés contando lo que le pasa a este consultante valiente, allá lejos, a miles de kilómetros de donde yo estoy, y con tu relato sobre lo que le pasa a él, yo pueda sentir algo acá al costado de los ojos.
Que es una emoción y que la puedo sentir en el sistema nervioso, en la piel, y que pueda sentir que por acá por mi espalda sale algo que me recorre hasta los dedos.
Solamente porque hay un sonido a través de un aparato que se llama teléfono, que me cuenta la profundidad de lo que le está pasando a esta persona.
Es tan impresionante estar vivo, es tan impresionante poder a través de escuchar una palabra y de conectarse con ese otro aparente, poder vivir su emocionalidad, poder vivir lo que.
Sentir una manera de lo que está pasándole a esa persona con su familia.
Y honrar el hecho de que estoy acá, de que soy un bicho que funciona a través de la palabra, a través de la sensorialidad, de que alguien allá contándome la historia de lo que hay detrás de un síntoma, a mí me haga vibrar y yo pueda tener el honor humano de sentir una emoción a través de una palabra por un hecho de un aparentemente tercero.
Es tan obvio que no existe el tercero, es tan obvio que eso soy yo. Es tan obvio, me lo está contando. Yo estoy acá emocionándome, sintiendo electricidad por la nuca, sintiendo que me corre por los brazos, y en ese momento te pones la mano en el corazón y decís wow.
Qué bueno que está ser humano.
Qué bueno que está estar acá. Cómo que estoy acá, cómo que la vibración de un sonido, como que lo que me pasa a mí en la consulta se hizo. Como que el relato de un hecho que aparentemente no lo viví yo.
Me hace igualarme, me hace acercarme, me hace comunicarme con aquel consultante que expreso esa emoción.
Y hablábamos sobre la profundidad humana de hacer lo que hacemos.
De la belleza de hacer lo que hacemos, de acompañar a las personas a dejar atrás sus síntomas y a decir OK, no sé llegué con la imposibilidad de tener hijos.
Entendí ese lado que la humanidad llama cuántico, pero es un lado lógico, es un lado antiguo, es el lado de siempre. Y está bien sí hay quantums abajo, pero seguimos relacionándonos con los. Con los. Con lo más mínimo que podamos ver. Mientras lo podamos ver, existe. Mientras lo podamos ver en el acto, existe. Si no, no existe. Fíjate vos la gravedad no la podés ver. Vos podés ver que las cosas caen y decir che, evidentemente acá hay un bicho, un monstruo, alguien que chupa la gravedad. No se ve, se ve el efecto de la gravedad.
Sin embargo.
La bioexistencia consciente no se ve.
Se ve el efecto de la bioexistencia consciente. Y nos llevó tantos años llegar, desde la propuesta.
Hasta las charlas en universidades, como fue hace poco, la semana pasada, tuvimos que hacer tanto más para que en vez de verse, verse, ahí está la gravedad, se vea la bioexistencia. Pero sucedió, sucedió. Los niños nacidos se encargaron de eso, las madres, las personas que sanaron sus síntomas de todo tipo, se encargaron de eso. Pero.
Nadie por ahí se pone a pensar que el rol de un consultor es mucho más inmenso que el de acompañar a una persona.
A un mejor estado de salud, de paz, de vida.
El rol del consultor es ir dándose cuenta de que la experiencia humana es mucho más que biológica, mucho más que biológica, mucho más que humana. Y que la expresión humana es una de las vías de la dualidad.
Para.
Vivir una expresión de la dualidad.
Es impresionante, pero existen solo dos opciones, dos posiciones, dos posibilidades.
Que son los mismos que los ceros y unos de la computación son.
Son las manifestaciones duales encendido apagado, sino macho hembra, arriba abajo. Y.
La gran dualidad humana está caracterizada por vida muerte. Vida muerte. Es dos direcciones. Pum, pum, pum, pum. Todo.
Va o hacia la vida o hacia la muerte.
Y el consultor, en teoría.
Si se para en el lado biológico y en su deseo propio, porque quiere lo mismo para su propia experiencia, siempre va a tratar de acompañar y siempre va a tener una tendencia a acompañar hacia la vida y hacia que la persona logre seguir estando en un cuerpo.
Pero a mí me tocó acompañar una persona hace muchos años, cuando empezábamos con Lucre, con cáncer de páncreas.
Que me puso cara a cara con mi impotencia humana.
Con mi deseo de que esa persona siga viva. Ese era mi objetivo biológico, que la persona siguiera viva. Eso era lo que quería yo como bicho vivo.
Y más allá de lo espiritual, mi ego.
Mi búsqueda de no fallar, mi búsqueda de reconocimiento.
Me hacía desear con todo mi ser, que.
Ese hombre que había sido un gran maestro del sable samurái, que me acuerdo que tenía el apellido de un entrenador de rugby muy conocido de los Pumas, no me puedo acordar el apellido, pero era así.
Y que no sé si era el hermano o pariente o no La verdad es que no sé. Lo cierto es que ese hombre llega a mi consulta con 42 kilos, y cuando me cuenta quién era y a qué se dedicaba, yo lo busco en Internet y veo su figura con 80, 80 y pico de kilos, con toda su ropa ceremonial, con su sable samurái, porque era un maestro del sable. Y siento una.
Admiración por él que estaba parado ante mí, por ese maestro.
De lo. De lo profundo, de lo ceremonioso.
De lo perfecto que es manejar un sable samurai, de la disciplina, de todo lo que abarca eso. Y ese hombre tan. Tan fuerte, tan maestro.
Estaba ante mí diciendo, la mitad de mí. De mi físico llegó hasta acá.
No doy más. Y ahí me acuerdo que me vino a buscar.
Yo estoy seguro que lo voy a ayudar, yo estoy seguro que va a vivir. Así fue porque además me había pasado en mi infancia, a mis 12 años, yo tenía 12 y él tenía 11. Lo conté varias veces esto a los consultores, sobre todo a los cercanos, a los viejos.
Al lado mío queda electrocutado mi mejor amigo, el Turco. Y.
Claro, éramos todos chicos, habíamos estado jugando bajo la lluvia, con una pelota de tenis, con la mano pegándole para que rebote contra una pared, empapados todos, atorrantes de barrio, de calle.
Y el Turco agarra un fleje de esos de acero que sostiene los postes de luz.
Y justamente se había cortado un cable de alta tensión unas cuadras más allá, había caído sobre la red eléctrica y todo se había electrocutado. Y el Turco agarra.
Ese fleje de acero y nosotros nos dimos cuenta que en principio no nos dimos cuenta, se quedó en ese fleje de acero.
Y se quedó quieto y todos mojados y jugando con la pelota.
La pelota había quedado en la calle y él yo la voy a buscar. Estábamos abajo de un alero, y cuando sale y se agarra de ese fleje, se queda duro ahí. Y por unos segundos nos quedamos y vimos que.
Estaba ahí quieto. Y entonces le decíamos, dale, dale, anda a buscar la pelota, anda a buscar la pelota. Teníamos, pensába, 11, 12 años. Y.
Vemos, o al menos yo veo, que se le empieza a inflar toda la parte del hombro, la nuca, y que los pelos se le empiezan a adherir.
A ese fleje de acero.
Todos nenes, once, doce años.
Y cuando la realidad es demasiado cambiante, tenemos una resistencia a tomarla, aceptarla, y ese fue un hecho. Por eso la bioexistencia tuvo tanto.
Tanto de increíble, tanto de esto no puede ser. Y por ahí en algunas personas todavía lo tiene. Pero fíjate lo que es hoy como institución. Hoy se hace, la semana que viene es la Convención de Medicina y Bioexistencia.
Y de repente, por algo, no sé bien por qué, por alguna descarga o algo, ese acero lo suelta, y cuando cae, cae como un durmiente al piso, como un objeto duro, como si fuera toda una pieza de madera, boom. Y su cabeza pega en el piso. Y ahí todos los chicos nos damos cuenta de que se había electrocutado.
Y mis amigos salen todos corriendo y quedo solo con él.
Y maravillosamente mi vida es una película que venía preparando para esto hacía tanto, desde hace generaciones. Yo la semana anterior en los Boy Scouts, había aprendido RCP, había aprendido resucitación cardiopulmonar con 12 años.
Me estaba preparando para liderar un grupo de seis, para ser seis enero, así se llamaba.
Parece una fecha, seis enero, pero no, seis enero era el que. El que puede coordinar un grupo de 6 a mis 12 años.
Creo que 11 o 12, no me acuerdo bien.
Y el turco queda tirado ahí, la lluvia, mis amigos salieron corriendo, uno avisarles a los padres, otro a esconderse, otro a llorar metido en la casa, porque adelante nuestro.
Se había muerto este amigo.
Y yo me abalanzo sobre él, sin darme ni siquiera. Es más, cuando él estaba pegado, yo me arrimé y le pegué una patada en el traste y le andá a buscar la pelota. Y era tal el modo en que él hacía la bajada de electricidad al piso, que yo no tuve ni siquiera un sacudón, nada, me podía haber quedado pegado con él.
Y cuando él cae al piso y todos salen corriendo, yo tengo el reflejo, no sé todavía por qué lugar mío, más allá de mi creación y lo que venía a hacer, tengo el reflejo de abalanzarme sobre él y empezar a hacer eso que yo había aprendido hacía una semana, los Wii Scouts, RCP. Y empiezo con mi poco peso, un nene de 12 años, tirarme arriba y lo doy vuelta y de la boca era todo espuma, era una bola violeta, así.
Los ojos totalmente llenos de sangre, inflado.
Y le trato de abrir la boca, pero era toda una bola, así como ese durmiente que había caído, era todo tensión, todo el cuello era una sola masa, no tenía la forma del cuello, había desaparecido el cuello. Y todo esto era todo tensión y toda espuma que chorreaba de la boca. Y yo empiezo con toda mi fuerza de un nene de 12 años abrirle la boca.
Y no podía, y no podía. Y cuando pude un poco quise meter un dedo para poder traccionarlo, para soplarle por la boca.
Y esa misma tensión me agarra el dedo y me lo muerde con toda la fuerza que había quedado toda esa musculatura cerrada. Y yo pego un grito y empiezo a ver donde había un fierro, una madera, algo para abrir, meterle en la boca y aparece un amigo o alguien ahí y. Y se saca el cinturón, porque se usaba cinturón de cuero hace 40 años, 44 años. Y abro la boca, le pongo el cinturón medio de costado, me acuerdo la hebilla, el cinturón metálica en su boca y empiezo a soplar, y empiezo a apretarle el vientre, y empiezo a apretarle el vientre.
Y una y otra vez y a golpearlo. Yo era un nene liviano.
Y no pasaba nada, no pasaba nada. Y empiezo, y empiezo, y le decía Turco y le pegaba en el pecho, Turco, Turco, Rata, porque también le decía Rata.
Y en una de esas insistencias saca una bocanada de espuma.
Y empieza con mucha, mucha dificultad a tener un ronquido.
Así a sub.
Lo cierto es que.
Sigue siendo un gran amigo, vive en Merlo, San Luis, tiene su esposa Silvina, sus hijas Brenda y Santiago, su hijo. Su hija es médica.
Y ese hecho yo sé.
Que me salvó, que me cambió la vida, que me modificó la vida, que hizo que yo me dedicara.
A la bioexistencia consciente, pero a su vez.
También.
Me conectó con.
Un poder.
Que hay que saber manejarlo.
Que puede que no siempre se dé, que puede que no siempre lo puedas salvar al Turco.
El hecho de haber podido salvar la vida de ese gran amigo y que los bomberos me hagan llegar una nota.
A este niño reconocimiento, porque ¿Qué pasó con eso? Se hizo a tiempo y los bomberos voluntarios llegaron y lo pudieron salvar. Estuvo más de un año en recuperación, no pudo hablar por un tiempo, después ya hablaba con dificultad.
Después ya empezó a hablar bien, y después terminó siendo tipo laburante, emprendedor y todo, y le decían que no iba a poder tener hijos, y tuvo hijos. Y bueno, todas esas cosas de la diferencia, el diagnóstico y el pronóstico que a mí me ayudó y me enseñó tanto sobre la vida. Pero creo que ese día se definió que yo iba a ser sanador.
En ese acto, pero me iba a quedar un sesgo ahí, a mí me iba a quedar el sesgo de creer que todo lo iba a poder, que yo iba a poder resucitar muertos. Entonces, cuando.
A mis 26 años, un poco más del doble.
A ver.
Más o menos veintiséis, veintisiete.
Muere en Tucumán mi cuñado, el esposo de mi hermana, no Más, yo tenía treinta y pico de años. El año 2000. En el año 2000.
Al ser 33 años tenía yo, muere el esposo de mi hermana en Tucumán. Y me despierta anoche mi papá desde la calle, en mi casa, Pablo se murió, Jorge se murió Jorge. Yo.
Le digo.
A mi viejo en la ventana, en ese no, no, no, real esto no, no, no, se murió, tráiganmelo, yo lo voy a sanar, yo lo voy a revivir, tráiganmelo. Claro.
Aquel Pablo.
Niño que le había pasado semejante cosa, le había quedado grabado en su inconsciente.
Una enseñanza ahí.
Una moraleja ahí, que hasta era distorsionada. Uno puede pensar, no, no, es el superpoder humano y lo podrías hacer, Cristo lo hizo, los grandes maestros lo hicieron. No, no, a mí, a ese joven de 12 años, le había quedado el sesgo de decir vos podés sanar a todos, y vos podés revivir a todos. Y cuando ocurre lo de Jorge.
Yo tengo esa mirada sesgada de decir, no, tráiganmelo de Tucumán, pónganlo en un avión, tráiganlo muerto hasta acá, que yo lo voy a resucitar.
Y a esa edad me encuentro con la segunda parte.
De mi acto heroico de los 12 años. Y por primera vez ahí asumo que no, che, no los voy a poder sanar a todos, no voy a poder revivir a todos. Ahí Aquel niño de 12 años tiene un golpazo con la realidad.
Y la realidad se trata de dos lugares en esta dualidad.
Vida acá lo lograste, muerte acá no lo lograste. Acá te encontrás con que la muerte es. La muerte es una realidad. Y yo ya había pasado por muerte de seres queridos.
Pero esa esta, la de Jorge, es un mazazo en mi vida por dobles cosas. Porque se muere mi cuñado de 48 años, porque mi hermana queda viuda a los 35, porque mis sobrinos tenían 12 y 7, fíjate que mi sobrino tenía la edad que yo tenía cuando lo sane al turco, más o menos por ahí, o menos tenía Patricio.
Y porque yo por primera vez tomo contacto con la impotencia.
De la muerte biológica. Pablo, no vas a poder sanar a todos.
Y ahí aprendo la segunda parte. Esperé 20 años para aprender la segunda parte y es que.
El sanador convive con la vida y va a ser todo por la vida.
Pero también va a aceptar la muerte.
Y este maestro del sable samurai que llega con la mitad de su peso, con 42 kilos en vez de 80 y pico que tenía.
Llegamos a atenderlo con Lucre, dos consultas. Él.
Me acuerdo que respiraba lento, no podía con cada lugar que lo conectábamos. Para que un páncreas llegue a creer que tiene que crear más páncreas, porque la cantidad de bilis que tiene que inyectar por las cosas que le sucedieron, por las injusticias que vivió, por los bocados que se tuvo que tragar, son muy grandes. Para que un páncreas diga yo necesito ser más grande, es porque esa persona vivió. Mira, y lo estoy nombrando a este héroe y aparece una calandria en mi ventana. Siempre los pájaros hacen eso, los pájaros andan por las vías sutiles. A veces cuando trabajo con personas y cuando hice trabajos grupales, en los vidrios, tac, tac, tac, tac, tac, golpean los pájaros.
Ustedes se imaginan a esta altura.
Lo que a un humano puente, lo que a mí que creé humano puente, lo que hoy acompaño personas no solo desde la casi muerte hasta el presente, sino del presente a su mejor vida, a que sean líderes, a que sean maestros, a que lideren equipos de trabajo, que sean sanadores, que salgan adelante. ¿Se imaginan con este tipo de relato que yo les cuento, lo que me pasa a mí cuando aparece alguien y me yo no creo en lo que vos hacés, el tamaño que tiene eso en mí, lo que ocupa, el tiempo que le brindo a eso, pum? Afuera, afuera, andá, hacé tu camino, acá voy a estar cuando me necesites, acá voy a estar. Lo cierto es que.
Cuando llega este hombre y abordábamos de a poquito y él iba soltando y encontrándose todo lo que había pasado y que no se había dado cuenta, porque claro, solemne, la solemnidad del sable samurái y todo hacerlo y esa mirada estoica y que todo lo puedo y que. Y que hay que ser fuerte. Claro, me habían quitado herencia, me habían cagado el negocio, me habían.
Me acuerdo.
Puso una propiedad en garantía para que su pareja, para que una novia ponga un instituto.
Se separan de esa novia y él pierde la casa y cuando la quiere recuperar, no. Esta persona dice que no. Todas las cosas que había creado para vivir la experiencia que tenía que vivir. Lo cierto es que este hombre finalmente lo atendimos, creo que dos consultas entre cada escena que había transcurrido, y la siguiente escena, él no daba más, se tenía que sentar, expresaba las emociones, pero se tenía que sentar. Y que ajustado. Y yo decí ¿Querés parar acá? No, no, tengo que seguir. Y hasta la infancia, pero muy agotado, muy chiquito, muy flaquito.
Como me dijeron a mí con mi histaminosis el otro día, Pablo, yo te abracé y eras una bolsa de hueso. Yo me acuerdo que eras una bolsa de hueso.
Y bueno, se va en la segunda consulta y pasó un tiempo que no nos comunicamos, que nos llamó y nos llega un mail de su hermana contándonos que había fallecido.
Y ese mail de la hermana decía, quiero contarles por pedido de él, que me pidió que les agradezca, que fue maravillosa la experiencia, que se va en paz, porque logró ver por qué moría, porque lo pudo ver frente a frente, porque le sirvió.
El hecho de ver todo lo que se había guardado y poner conciencia en eso y poder expresarlo y poder trabajarlo. Ese hombre, es decir, un consultante mío que muere, fue uno de los grandes maestros de la vida para mí.
Que me mostró cara a cara que.
Que la experiencia humana.
Tiene como parte de ella a la muerte, que sin muerte no hay experiencia humana, y que maravillosamente existe, y que es un derecho humano la muerte.
Y que más allá de que todos somos bichos biológicos, y que el inconsciente biológico y el deseo biológico pide que vivamos el mayor tiempo posible, que tengamos descendencia, que multipliquemos la especie, que nos movamos, porque somos plantas, porque somos seres vivos hermosos, que nos podemos mover, que podemos tomar acción, que podemos salir de la zona de horror, que podemos ir a lugares mejores.
Más allá de que logremos dentro de poco, cómo va a suceder, vivir 100, 150 años.
200 años, que lo maravilloso es que después viene el cierre, la moraleja y la trascendencia de la muerte. Y que la muerte es un acto divino, como lo es la vida. La vida es dualidad, pero el ser humano quiere vivir solo en uno de los lados de la dualidad. Vida muerte, vida muerte, vida muerte. Hemos pasado tantos lados que si nosotros pusiéramos por cada vida hacer esto, tic tac, viví, morí, viví, morí y me voy a mi vida anterior, viví, morí Y voy a la anterior, viví, morÍ. Si yo hiciera eso, empezaría ahora y haría.
Y estaría horas y horas y horas haciendo las veces que viví y morí. Sin embargo estoy en esta y quiero agarrar, la quiero agarrar y tengo que llevar al consultante a que la agarre, a que la agarre. Sin embargo, hay experiencias profundas, humanas.
En la que una familia te puede pedir se está dejando morir, se está dejando morir, hablá con él, hablá con él, decile que tiene hijos, decile que.
Que tiene que luchar.
Y un consultor.
Que vio tantas veces la profundidad que va más allá de la vida.
Tiene ganas de acercarse a esa persona y en vez de decirle lo que la familia está pidiendo, decirle que viva, decirle que viva, que se acuerde que tiene hijo, que acá estamos, que lo queremos. El consultor va a tener ganas de arrimarse al oído y hermano, andate tranquilo, andate, andate, andate, todo está bien, todos están bien, Te están pidiendo que vivas, porque ellos pueden caminar, porque ellos se pueden mover, porque ellos pueden reír. Pero te entiendo que vos tenés el derecho de ejercer la muerte. Anda en paz, andá en paz, hacelo en paz.
Ser consultor.
Ser un humano puente.
Es un hecho inmenso.
Es un encuentro de silencio como el que yo tengo ahí. Es un saumerio tirando humo hoy la calandria en la ventana cerca.
Es un chorrito de agua que escucho por ahí afuera. Es escuchar mi respiración cuando cierro los ojos.
Y es conectarte con la profundidad de lo que haces cada día.
Y es el honor que tengo.
Con palabras.
Acompañar a grupos humanos a que sean capaces de conectarse.
Con lo que tienen que ser capaces de ser, de afrontar, de liderar y con que no se tienen que dejar llevar.
Por el hecho de que.
Alguien va a pensar o va a sentir que si no acompañaste, que si la persona murió o la persona le pasó algo, vas a ser un mal consultor. Al médico le pasa lo mismo. Al cirujano, cuando sale y tiene que poner la cara y sacarse ese barbijo y decirle a.
No pude.
El cirujano.
Tiene familias que lo putean Y que le ¿Cómo salvaste la vida?
¿Cómo que mi hijo se murió? ¿Cómo que Mi padre murió? Sos un hijo de puta. Esas cosas.
Ser una persona que está dispuesta a acompañar a otros a la profundidad humana.
Tiene una valentía, tiene una profundidad, tiene.
Una trascendencia.
Que pone a un consultor. Y no por ego, sino porque vive esto, sino porque a la experiencia humana.
Le saca el jugo, la vive de manera profunda, la vive.
De una manera que la humanidad.
Habitual, normal, quejosa, no la vive. La humanidad vive la experiencia humana en una. En una capita tan superflua, tan cercanita a la superficie, que cuando eso se pone al lado de lo que le está pasando a un consultor y a una persona que ayuda a otros a. A tratar de vivir y de vivir de la mejor manera posible, tenés distintas profundidades para medir lo que ser un humano es. ¿Entonces te van a decir a vos, consultor, pero cómo no te importa que aumentó el precio de la papa? ¿Pero en qué vivís en una burbuja? ¿Pero cómo no te importa que asaltaron al vecino de fulano, que vivís en una burbuja?
Y el consultor y el sanador y el espiritualista, y el filósofo.
Solito para sí, dice sí.
Sí.
Es una burbuja muy particular.
Que me hace dar cuenta, que me hace dar cuenta de qué.
Hay una burbuja muy grande en la que vive la levedad humana.
Y es una bruja mayoritaria.
Acá viene Jake. Y que es algo inmenso.
No tiene celular.
Hasta esto, hasta poder oler a un perro, que le hace honor al olor a perro.
Es profundo.
Así que.
Esa era la reflexión que les quería compartir hoy.
La burbuja.
En la que vive un consultor, que al fin y al cabo va sintiendo que.
Que cuando se siente forzado en un círculo a compartir levedad, siente también que su vida.
Se pone menos profunda, se pone.
Superficial. Se pone superficial.
Imagínate que llega Nietzsche a tu casa y que vos le decís, che, te enteraste que no sé, no sé, se le quemó el toldo al kiosquero.
Y te lo va a aceptar y va a estar bien y todo. Pero no, no, pero a él le va a gustar la profundidad. Aprendió que algo mucho más profundo. Y quiere vivir eso, quiere.
Quiere hacer eso, quiere compartir eso, quiere vivir en esa profundidad. Y un consultor vive en esa profundidad. Y yo cuando acompaño, ya son casi.
Casi, No, ya son 450 los consultores que acompaño en el campus y a los que yo quiero llevar todo el tiempo a esta profundidad. Y lo están haciendo. Y paramos más en aspectos técnicos y paramos más en.
Organizativas. Y ahora nos estamos preparando porque el primero de enero los vas a encontrar en el listado de consultores certificados. Están los consultores certificados, ya te dije, obesidad, bulimia, anorexia, alergias, fobias, ataques de pánico, adicciones, celiaquía, relaciones humanas.
Pero a ese equipo yo lo estoy llevando hacia esto que te acabo de contar acá.
Y sé por qué los puedo llevar hacia ahí. Sé por qué los estoy llevando hacia ahí y sé por qué se están sumando. ¿Por qué? Porque están entendiendo que la posibilidad humana es muchísimo más grande que lo que la humanidad cree.
Y por eso siento el profundo agradecimiento a él, a ellos, a estos cuatro, cuatrocientos, casi quinientos dentro de poco.
Y a mis muertos y a mis vivos por haberme traído hasta donde me trajeron y por haber hecho lo que ocurrió hasta acá. Y era lo que hoy les quería compartir. Amanecer diciendo gracias, charlando de la profundidad de la humanidad.
Besando al perro, tomando un mate, oliendo un sahumerio.
Sabiendo que ahora voy a ir y le voy a dar un beso a la mujer que amo, un abrazo y un beso al hijo que amo.
Y que de eso se trata la profundidad humana. Bueno, gracias, gracias a todos por compartir unos matecitos. Voy a subir este vivo acá y después lo van a poder seguir viendo. Sigamos liderándonos, movámonos. Si no te va el lugar donde estás, ponete en otro lugar. La vida es algo mucho más profundo que ir a comprar todos los días el pan que compartí, una noticia pesimista, que todo eso. La vida es muy, muy bella, pero mucho más profunda que lo que la humanidad cree. Es un acto, wow, absolutamente alucinante. Gracias, gracias de corazón. A ver si puedo apagar con este bichito que compré, pero No sé si sirve para los vivos de Instagram.
No funciona. Bueno, vamos a ver qué hace esto. Bueno, los quiero. Un abrazo grande.
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