11 Mar 2020 · 14 min
Episodio de podcast (audiocuento) leído por Lucrecia Bianchi con introducción y cierre a cargo de César Trombino. La narración sigue la experiencia de una muerte/renacimiento: un anciano que deja el cuerpo, despierta en un espacio fuera del tiempo y descubre que su identidad es colectiva — todas las vidas, ancestros y descendientes son manifestaciones de un solo ser. El texto usa imágenes (capas como cebolla, araña luminosa, estallido de fuegos artificiales) para desarrollar el tema central: la ilusión de separación y la conciencia de unidad. Tonalmente es contemplativo y místico; el episodio pertenece a la segunda temporada de Humano Puente Podcast.
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Hola. Bienvenido a la segunda temporada de Humano Puente Podcast. Soy César Trombino, consultor en bioexistencia consciente. Suscríbete para recibir avisos de nuevos episodios. Si querés saber más sobre Humano Puente, entrá a nuestra página de Internet humanopuente. Com o podés encontrarnos en redes sociales buscando PabloAlmazán. Humano Puente.
El cuerpo te pesaba. Estabas viejo y abatido por la vida. Ya no te quedaban fuerzas para recuperarte y salir de esa cama que te sostenía, pero que al mismo tiempo te atrapaba. Te hundías minuto a minuto en un letargo, a la espera de dejar esa vida que estabas ya dispuesto a soltar.
Es increíble como en un instante, luego de vivir tantos años queriendo que no finalice nunca, llega el momento en que estás preparado para partir. Y ese era el momento.
Respiraste un par de veces hasta que no quedaron más fuerzas para una más. La espera de esa respiración que nunca fue, se hizo larga hasta olvidar qué es lo que estabas esperando.
De pronto comenzó a sentir como si despertaras de un largo sueño. Era una sensación conocida, solo que tenías como una especie de recuerdo de que había sucedido ya muchas veces, hace mucho tiempo. Pero era una sensación tan conocida y cómoda que te parecía nunca haberla abandonado. Realmente complicado para describir. Parecía que había transcurrido solo un instante, pero los recuerdos de una larga vida estaban muy frescos. Lo extenso y lo breve se confundían un poco, a decir verdad. En ese estado tenías aún esa conciencia de los detalles de esa vida recién vivida.
Como cuando uno despierta de un profundo sueño.
Aunque de a poco parecían desdibujarse las emociones para dar lugar a una extraña pero exquisita paz.
Podías llegar a la conclusión de que había sido una larga vida, una sensación de buena vida en general.
Habías tenido un par de hijos varones, una hija mujer y un tendal de nietos revoltosos. Sí, habías tenido aparentemente una linda familia. Pero ahí mismo todos los recuerdos comenzaron a caer dentro tuyo, como una cascada, sin pausa, pero sin tiempo. Y eso te hizo recorrer tu vida entera. En un instante.
Recordaste el drama de tu vida. Una segunda hija mujer, la más pequeña de todos, la más mimada, la más alegre, había muerto siendo niña. Y ese había sido el drama más fuerte de tu vida. Tan fuerte e insoportable que tu mujer tu gran amor se había dejado vencer muriendo de tristeza tras los pasos de esa hija sin poder superar esa tremenda pérdida. En pocos años habías perdido a una hija y a tu mujer. Realmente habías sido devastador. Habías sufrido esas dos pérdidas el resto de tu extensa vida.
Pero por una extraña razón, ahora no quedaba ni rastros de aquel sufrimiento.
En este lugar no dolía esa historia. En este lugar se sentía tan irreal el dolor. Se sentía tan irreal pensar en la muerte. Allí mismo podías percibir que tu mujer y tu hija estaban junto a ti. Y eso te hacía sentir pleno.
No eran dos seres que te habían recibido en las puertas de un cielo luego de haber muerto. No, ellas formaban parte de ese lugar al igual que tú. Formaban parte de ese espacio fuera del tiempo, de esa inmensidad. Pero no desde que habían muerto, sino desde siempre.
Desde siempre habías estado junto a esos seres que creías que alguna vez habían nacido y habían muerto como tú.
Tú mismo estabas allí desde siempre. Y a medida que ibas tomando conciencia de ello comenzaste a darte cuenta de que también estabas rodeado de todos tus otros hijos y nietos que creías que habías dejado atrás en ese mundo material al que recordabas como un sueño. Todos ellos estaban ahí. La sensación era de que nunca se habían ido y que nunca se habían separado. De que nunca habían nacido y como consecuencia jamás habían muerto.
¿Cómo era posible que todos estuvieran? Te preguntabas. Era bastante lógico que tus ancestros estuvieran allí desde el vago recuerdo que aún tenías de la linealidad del tiempo. Y podía sentirlos a todos ellos. Algunos tenían formas y rostros conocidos y otros no tanto, aunque a todos se los sentía igual de cercanos. Lo que te extrañaba era sentir que también estabas con tus descendientes. ¿Podía ser eso lógico? Estaban tus tataranietos, los tataranietos de tus tataranietos y los que ya ni sabías cómo nombrarlos. ¿Pero es que todos habían muerto? ¿Ya había terminado el mundo? Algo dentro tuyo se preguntaba y se respondía a la vez. Era como una voz o una idea previa a la voz. Era un pensamiento profundo, muy profundo. Un pensamiento que te empujaba un poco más y más dentro de ti mismo.
Que cada vez que lo sentías te producía la misma sensación que habías sentido al despertar de ese sueño anterior o mejor dicho, de la muerte en esa cama del hospital.
Era como la sensación de entrar en una nueva capa parecida a las múltiples de una cebolla. Un proceso de despertar dentro de otro sueño. Una nueva profundidad en la conciencia que ibas tomando en cada paso. Te dabas cuenta de que en el anterior estabas aún un poco adormecido.
Volvías a preguntarte si habías muerto realmente. Cada instante se sentía que había sido más irreal. Esa vida, claro, había sido un sueño. Seguramente eso es lo que fue.
Cada pensamiento se unía a los pensamientos de los que creías que habían sido tus ancestros y tu descendencia. Los percibías a todos juntos, pero a la vez podías diferenciarlos perfectamente.
Era una enorme memoria de un gran ser.
Un ser inmenso compuesto por muchísimos recuerdos del pasado y del futuro.
Una nueva inquietud surgió dentro tuyo. Si, todas esas memorias estaban en ti. ¿Habían existido realmente ellos?
Fue en ese momento donde te diste cuenta de que la sensación que habías tenido de nunca haberte separado de tus seres queridos era porque nunca habían dejado de ser ese gran ser que los contenía a todos como pequeñas células. Desde ese punto, las identidades se desdibujaban.
¿Es que tú, ese gran ser que ahora te sentías, eras todos ellos?
¿Tus padres? ¿Eran tú tus hijos? ¿Eran tú tu pequeña hija y tu mujer por las que habías llorado tantos años por su muerte? ¿Acaso eran tú mismo también?
Sí, así es. Eras todos ellos. En ese sueño o ilusión que viviste muchas veces.
Lloraste cada pérdida. Abrazaste, sufriste cada pelea. Odiaste y amaste apasionadamente a cada parte de ti mismo.
Esa conciencia te empujó fuertemente a un nuevo despertar. Una nueva capa de esa cebolla. Era como si todo tu ser fuera un gran ojo que se abría para ver más claramente, paso a paso.
Entonces, esa frase que habías escuchado tantas veces en tantas vidas recordadas, ¿Era cierta? La frase ahora no tenía palabras, pero se transformaba en un concepto claro y vívido. Podías comprenderlo porque lo sentías en todo tu ser. Si es que eras un ser.
Somos uno, habían dicho algunos a lo largo del tiempo. El otro no existe. Resonaba en ti. Habías creído que eran locos muchos de los que decían este tipo de cosas en esa extraña esfera azul llamada Tierra. No lo habías comprendido desde tu conciencia humana limitada sobre todo con un cuerpo gobernado por los sentidos y procesados por un cerebro estructurado.
La ilusión de esos otros que habías visto en el exterior eran tú mismo. Ahora lo comprendías. Todos esos otros, y no solo tu familia, eran partes de ti mismo. Podías acceder a todas las memorias, a la de todos a la vez.
Había sido hombre y mujer.
Había sido heterosexual y homosexual. Había sido blanco y había sido negro. Había sido cada una de las razas humanas sobre el planeta. Habías nacido como una hermosa y adorada humana. Y habías sido también deforme y abandonado.
Habías tenido muchos hijos y habías muerto sin haber podido tenerlos. Habías sido condenado y acusador, conquistador y conquistado, asesino y asesinado. Había sido presidente, miembro de la realeza y el más abusado y golpeado de los esclavos.
Habías sido Buda, Jesús, Hitler y Cleopatra. Habías sido cada persona que vivió en la historia de la humanidad.
Habías pisado todos los suelos y hablado todas las lenguas. Había sido la paz y la guerra. Había sido animal, planta, aire y piedra. Había sido la tierra y la blanca Luna. Había sido el sol, la Vía Láctea y el oscuro, inmenso vacío del universo. Había sido y aún eras. Desde allí, desde el no tiempo, todo a la vez.
Como un fuego artificial en un estallido fugaz y eterno. Había surgido de un punto y te habías desplegado en innumerables y hermosas ramas luminosas. Con el propósito de observarte, reconocerte y amarte. En cada partecita. En cada uno de esos complejos y bellísimos destellos de luz.
Como una gigantísima araña luminosa. Con múltiples brazos formados por incontables chispas. Todas ellas diferentes y únicas. Todas necesarias e irrepetibles. Para el despliegue de esa hermosa existencia que habías creado. Esa existencia que era como un pulso, como un latido, como un sueño en el que el soñador y los soñados son indudablemente el mismo ser.
Recordaste el para qué de la existencia y el olvido. Esa amnesia necesaria para encarnar y jugar ese maravilloso juego del otro. Te asumiste esa unidad que se es desde siempre.
Te reconociste en esa idea, en ese ser pensamiento.
Comprendiste. Comprendiste profundamente. Y sentiste que nunca más lo olvidarías.
Y abriste tus ojos una vez más. Ahora siendo otro tú.
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