25 Jul 2024 · 25 min
Leandro Stitzman argues that technical refinement, or supervision, should help analysts develop their own voice and style rather than impose doctrine. He criticizes supervisors who homogenize approaches and analysts who mechanically copy others, emphasizing that the work must emerge from the analyst's own difficulties and self-reflection, not from complete case transcriptions or doctrinal adherence.
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Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Es increíble haber llegado juntos al capítulo 25 de esta tercera temporada. Fue un recorrido largo, amplio y profundo. Visitamos muchas ideas, algunas nuevas para vos seguramente, otras no tanto. Espero que por lo menos las que no hayan sido ideas nuevas para vos hayan estado presentadas desde un vértice que te haya resultado novedoso. Y ojalá, no te digo en todos, pero en la mayoría de los episodios hayas podido pensar en algo en lo que no habías pensado antes. Te digo esto porque este es el último episodio de esta temporada. Para decirlo de otra forma, hasta acá llegamos por este año. Hasta acá llegamos, al menos pensando juntos, pensando juntos cada viernes, y creo que es tiempo merecido de darnos un descanso y quizás volvernos a encontrar el año que viene. En este último episodio quería hablarte sobre un tema que me parece que es fundamental para un analista en ejercicio, casi tan importante como el análisis del analista, como el análisis de la persona del analista en sí misma. Quiero hablarte del refinamiento técnico. Yo llamo refinamiento técnico a lo que coloquialmente se conoce como supervisión. Una supervisión, una visión elevada, una visión por arriba. Y muchas veces lo que se supone que es una supervisión es supervisar a los pacientes. De hecho, muchas veces los analistas dicen, ay, te quería pedir una supervisión porque tengo un paciente que hoy quería supervisar con vos a este paciente. No se supervisan pacientes porque se trata de pensar con ese analista. Es imposible supervisar un paciente que no es mío. La persona que más sabe acerca de su paciente es el analista que está trabajando ahí. Es más, las dos personas que más saben acerca de qué es lo que pasa en un análisis son ese paciente y ese analista involucrados en la tarea analítica. Los pacientes son los mejores colaboradores del analista, y el analista es el testigo y espía privilegiado de esa actividad, de esa persona implicada a la que llamamos de manera arbitraria paciente. Si lo pensás un poco, se escribió muy poco, y lo poco que se escribió, al menos hasta donde alcanza mi visión muy pobre acerca de la supervisión y de la técnica de la supervisión. En la década del 70, a la supervisión se le decía el control. Es tremendo si lo pensás. Control casi como esa organización opuesta a caos. Si sos suficientemente viejo, sabes de qué hablo. O supervisión. A mí me gusta más pensarlo en términos de refinamiento técnico, y no solamente por una pajería en el cambio de la nominación, sino porque realmente es eso, es refinar técnicamente el trabajo que ese analista hace, poder pensar con ese analista y ayudarlo a encontrar la mejor versión de sí mismo como analista. Análogamente a lo que hacemos en análisis con las personas que vienen a hacer análisis, el refinamiento técnico es un análisis análisis del analista, no un análisis de la persona del analista, que eso es el análisis personal de esa persona, sino el análisis del analista. Si querés, le puedes decir de la función analítica de la personalidad, pero básicamente es favorecer esa transición infinita para que Juan Pérez pase de ser freudiano, lacaniano, kleiniano, bioniano, o cualquier filia que tenga a que se convierta en pereziano, es decir, que se anime a ser sí mismo, que encuentre su propia voz, estilo, técnica analítica. Y no consiste en que yo le diga qué tiene que hacer o decirle a su paciente, porque yo qué sé de su paciente, yo no lo conozco. Y todo lo que yo sé o veo acerca de ese paciente que Juan Pérez me comparte, me cuenta, me habla, es lo que Juan Pérez ve. Es decir, el límite de mi observación de Juan Pérez, del paciente de Juan Pérez, es Juan Pérez. De forma similar a como pasa en los análisis, cuando un paciente nos habla de su pareja, sus hijos, su madre, su padre, etcétera, nosotros no conocemos a esas personas, no conocemos a los padres de nuestros pacientes o las parejas de nuestros pacientes. Aunque haya algunas escuelas de psicoanálisis que favorezcan estas aberraciones técnicas de convocar a los familiares al análisis, nosotros lo que sabemos acerca de estas otras personas es lo que los pacientes nos cuentan, y es eso con lo que trabajamos. Porque no se trata de cambiar a las personas que rodean a nuestros pacientes, sino de favorecer que nuestros pacientes adquieran mejores y mayores herramientas para poder construir vínculos que sean más acordes a las expectativas que él tiene, o si querés, y con un prejuicio a favor de los vínculos nutritivos, que sean más nutriciosos. Con los refinamientos técnicos pasa lo mismo. Se trata de favorecer que el analista que viene a refinar conmigo tenga mayor capacidad para crear adoptar y adaptar herramientas psicoanalíticas para el trabajo con sus pacientes. No que esos analistas empiecen a trabajar como trabajo yo, que como trabajo yo al final del día solo funciona para mí porque está instrumentalizado con todos los desperfectos de personalidad que tengo. Es adecuado para mí, e incluso como yo trabajo, yo Leandro, pero también un yo universal, vos él, ella, etcétera, siempre pueden trabajar mejor. Todos podemos trabajar mejor, siempre todos podemos refinar un poco más. Dentro de este refinamiento se trata de que el analista venga y cuente dificultades técnicas que tenga con sus pacientes, dificultades técnicas en las que él se encuentre. No es necesario que traiga la sesión escrita de manera taquigráfica o una desgrabación o los En cualquier forma, lo importante es que venga y hable y cuente dificultades técnicas en las que se encuentre. Pero ahora, ¿cuál es la diferencia que existe entre lo que ve, lo que quiere decir y lo que dice? Cuando habla, ¿qué hace? Si lo pensás, muchas veces los analistas, cuando nos preguntan qué hacemos, es difícil decir qué hacemos. Esa es una de las preguntas que exploramos juntos. En refinamiento. ¿Qué hace un analista? Cuando el paciente viene, ¿qué hace? ¿Por qué está cobrando ese analista? ¿Qué hace con su paciente? ¿Cuánto dura la sesión? ¿Hace diván o no? ¿Qué frecuencia usa? ¿Cómo le dice al paciente aquello que le quiere decir? ¿Cómo trabaja, interpreta, delinea Profundiza, diluye, presiona, rompe. ¿Cuáles son los miedos, las inhibiciones, los temores? ¿Cuáles son los vicios que arrastra de sus propios análisis y de cosas que fue leyendo? ¿Cuáles son las virtudes que tiene? ¿Cómo pueden mejorar en su capacidad técnica? No yendo a buscar un libro que habla sobre el problema que él tiene, sino tratando de pensar en el problema que él tiene. No buscando qué soluciones encontraron otros, sino Qué solución puede encontrar él, no por la validez de esa solución, sino por el intenso trabajo que implica poder explorarse a uno mismo, poder desarrollar el don de crear herramientas nuevas cada vez que sea necesario. Herramientas, modelos, vértices. Cómo poder trabajar ahí cuando trabajar parece una tarea imposible. Yo tengo múltiples anécdotas de lo que fueron mis intentos de supervisión al principio de mi práctica, en donde una vez me encontré con una analista que estaba obsesionada con el padre de un paciente. Creía que solamente se trataba del padre. Yo del padre no sé nada, o sea, yo veo a mi paciente. No, pero el padre, el padre. Estaba obsesionada con el padre, tipo loca. Soltá. Fue una experiencia espantosa. De igual forma, cuando los supervisores te dicen lo que le tenés que decir a tu paciente y vos no hablás así, o vos no ves lo que tu supervisor está viendo, ¿qué haces ahí? Hay algo casi de adoctrinamiento, de secta, de, como hablábamos en el episodio anterior, de homogeneización. Intentar que todos los analistas trabajemos igual. Y no solamente eso, que todos los analistas veamos igual. Por ejemplo, si tu supervisor es lacaniano, que veas lacanianamente. En vez de ayudarte a pensar, te enseñan a pensar como ellos. Y por ahí uno no piensa como otro. Quizás uno tiene, no sé, algún afán de libertad y piensa como piensa, o quiere aprender a pensar de la manera en la que es capaz de pensar. Existen los pacientes chorizo. Los pacientes chorizo son esos pacientes que vos los ves y te das cuenta que se analizan con tal o cual persona porque hablan igual, se visten igual, Se mueven igual y todos los pacientes son iguales, iguales al analista. Es como una especie de legión de lemmings, como unos minions adoctrinados. Y pasa lo mismo curiosamente con algunos analistas que supervisan con otros analistas. Y vos decís, sí, este supervisa con tal, porque los ves venir, porque hablan igual. Porque trabajan igual. El problema es, como decía Marx, que la historia se repite una vez como tragedia y una vez como comedia, y en general terminan siendo la copia, el mal chiste del analista original, y es patético verlos. Claro, el refinamiento es mucho más agotador, requiere mucho más compromiso porque no se trata de traer un paciente, ver lo bien que trabajás y darle el gusto a tu supervisor de turno. Se trata de ponerte en tela de juicio vos. Se trata de pensar quién sos como analista, cómo pensás, cómo hablás, qué frases usás, en dónde sos más permeable para la reversión de la perspectiva, por dónde hacés más agua, cuáles son los lugares más vulnerables de tu personalidad. ¿Qué vas a hacer con este paciente? Que esa es otra, el paciente difícil. ¿Qué paciente no es difícil? Creo que nunca jamás en toda mi vida vi un paciente fácil. Todos los pacientes son difíciles, quizás porque estamos subpreparados para la tarea que se nos enfrenta, la exploración de otra personalidad en crecimiento. Quizás se trata de eso el refinamiento al final del día, de pensar con un colega acerca de quién es uno trabajando. No es una puja de superioridad, no es un parámetro de doctrina, es un ejercicio de reflexión. De contacto con uno mismo y de tener la posibilidad de refinar el filo de nuestras herramientas disponibles, y la posibilidad de crear herramientas nuevas que nadie usó jamás, y que quizás solo usamos una vez, pero de crearlas como luthiers del futuro, en donde nos animamos a ser nosotros mismos. Nuestra mejor versión de nosotros mismos, nuestra versión más analíticamente compatible con la tarea. Y hasta acá hemos llegado. Quería agradecerte por este tiempo. Compartido por estos episodios y esta temporada, por la paciencia, por haber pensado juntos. Y para despedirme y cerrar esto, quería leerte, compartir con vos el epílogo de Una memoria del futuro de Bion, que dice: toda mi vida he estado aprisionado, frustrado, perseguido por el sentido común, la razón, los recuerdos, los deseos, y lo que es la mayor de todas las preocupaciones, Entendiendo y siendo entendido. Esto es un intento de expresar mi rebeldía, de decir adiós a todo eso. Es mi deseo, y ahora me doy cuenta de que estaba predestinado a fracasar, escribir un libro que no esté corrompido por ningún rastro del sentido común, de razón, etcétera. Así pues, aunque escribiera: abandonad toda esperanza los que pensáis encontrar alguna verdad científica, estética o religiosa en este libro, No puedo decir que lo haya logrado. Sin embargo, me temo, es patente que todos ellos han dejado sus huellas, sus vestigios, sus fantasmas ocultos en estas palabras. Incluso la cordura, como la alegría, habrán entrado sin ser percibidas. Por más éxito que hubiera tenido mi intento, siempre existiría el riesgo de que el libro resultase aceptable, respetable, aplaudido y nunca leído. ¿Para qué escribir entonces? Os preguntaréis. Para impedir que alguien que sepa llene el espacio vacío. Pero me temo que estoy siendo razonable, ese gran simio. En fin, os deseo a todos una feliz locura y una afición relativista. Hasta la próxima.










