15 Jul 2022 · 26 min
This content was created by Leandro Stitzman. This content was uploaded by Leandro Stitzman. This is a Spanish-language podcast episode titled "Episodio 5 : Odio + Desprecio + Crueldad" (PODCAST, published July 15, 2022). The excerpt is a psychoanalytic, didactic reflection primarily delivered by a host/narrator (Speaker A) who analyzes the emotions of hate, contempt and cruelty, uses clinical examples (including a close reading of Winnicott's 1947 paper on hate in countertransference), and discusses implications for analytic technique and interpersonal relationships. Short poetic or musical interjections (Speaker B) appear between sections. The tone is clinical, reflective and literary; the episode aims to explore emotional dynamics in therapy and everyday relationships.
Chapters
Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Hola y bienvenidos a un nuevo episodio en el que vamos a seguir hablando acerca de la pasión. Hoy quiero compartir con ustedes algunas ideas acerca de H. H. Odio. Todos odiamos. El odio es la nominación adecuada para la expresión directa de un estado emocional que cualquier persona sana, en contacto con los hechos y con tolerancia a lo desconocido, experimentó alguna vez. El odio no depende del objeto odiado, sino de la matriz relacional de aquel que odia. El odio se Se siente, se ejerce, se muestra. Amando y enamorados, odiamos a nuestros hijos y a nuestras parejas. Odiamos a nuestros amigos y a nuestros padres, si es que hicieron un trabajo lo suficientemente adecuado como tales. E incluso, si el análisis que hicimos funcionó relativamente bien, nos podemos llegar a dar la sana indulgencia de odiarnos un poquito a nosotros mismos. Como analistas vemos que pacientes creativos y vitales odian, que el odio es un fuego hábil. El odio es una experiencia emocional que forma parte del espectro emocional humano, tanto como el rojo y el azul forman parte de nuestro espectro visual. El odio es rojo, bordó, púrpura. El odio arde. Es como una flama. Bobby Axelrod dice que el odio es la mejor fuente de energía de la naturaleza, renovable e inagotable. Odiar insatura. Odiar implica ver, tolerar la cualidad negativa de los hechos, todo lo que el hecho no es por mérito propio, lo que el hecho no tiene, lo que el hecho no representa. Odiar favorece ver la brecha en el muro del amor cristalizado. Mientras que el amor respeta y ve la realidad por lo que la realidad es, el odio la respeta viéndola por todo lo que no es. Si uno no fuera capaz de amar, no podría nunca tolerar el contacto directo con el objeto de amor que favorezca el conocimiento del mismo. De igual forma, si uno no fuera capaz de odiar, no podría nunca evitar el deslizamiento frondoso hacia la idealización, con su consecuente alucinosis. L H K W. De igual forma, te odio. Te odio es acción, es algo que te hago. No es abstracto. Te hago algo. Te beso, te mimo, te llamo, te veo, te odio. Te hago algo. Pero, ¿qué es exactamente eso que te hago cuando te odio? Te veo insaturado, no total. Te veo falto y lleno de posibilidades de ser otra cosa, otra persona, otra versión de vos, otro. Cuando te odio, te dejo de ver cómodamente, y eso me molesta e inquieta, y eso te molesta y te inquieta a vos. A mí me recuerda que no conozco todo. A vos te recuerda que no estás cumplido aún y que podés ser tantas otras cosas. Entre ambos, la tormenta emocional crece y nos golpea en la cara. Nadie quiere eso. Nadie quiere tener una tormenta emocional cerca, o mucho menos estar en su centro. Nadie quiere perder sus significados, con tanto esfuerzo atesorados. El odio necesita cambiar su gerente de marketing. La penumbra asociativa de su nombre lo hace ser una emoción despreciada y renegada. Se recomienda a los niños no odiar a nadie. Odiar es malo, el odio es una emoción fea, yo no odio a nadie, no odies, etcétera. Como si fuera sin costo mutilar el espectro emocional humano. El odio como una capa espesa que avanza y te consume por dentro. El odio como la puerta de entrada al lado oscuro de la fuerza. El odio como el punto de inflexión entre los buenos y los malos. Así de molesto es odiar. Odiar nos deja en la puerta de todos los futuros posibles. Odiar hasta perder el conocimiento y tener que ganarlo de nuevo. Odiar hasta desconocer, hasta ya no sé quién sos. Odiar hasta que el mundo sea nuevo para volver a amar y conocer de nuevo. Esto, pero todo junto. Odiar implica perder los significados y estar en foja cero. Odiar por lo que el otro, por lo que los hechos, por lo que la realidad, por lo que uno mismo no es. Odiar para salvarse del deterioro. Odiar por el bien. Odiar lleno de amor. Si una madre no es capaz de estar en contacto con el odio que siente por su hijo recién nacido, difícilmente pueda amarlo. Quien atendió, convivió lúcidamente con una púrpura sabe de la culpa, que puesto en términos de la tabla sería algo así como -E2E6. Por no soportar a su hijo, hasta el odio, culpa que puede ser tan grande que se levante como un inhibidor para el amor requerido para el contacto íntimo. Y si bien dije puerpera e hijo, bien puedo decir padre e hija, o madre e hija, o padre e hijo, o padre y madre, o dos personas. No es tanto de género, es un tema humano. Cuando el odio no es tolerado, se le arrebata al mismo la capa de responsabilidad y se lo conjuga con la frustración y la culpa. Lo que muchas veces adviene es entonces la rabia. La rabia es una expresión de un odio frustrante con el que cuesta conectar. La rabia es odio desbordante. La rabia está ahí, como una bestia que gruñe a voz en cuello, como una tormenta incandescente que no cesa. Que preserva al individuo del fango del desprecio y la crueldad. La rabia es la última barrera de defensa contra la locura.
Pero si un día me demoro, no te impacientes, yo volveré más tarde. Será que la más profunda alegría Me habrá seguido la rabia ese día, la rabia simple del hombre silvestre, la rabia bomba, la rabia de muerte, la rabia impetuosa.
Menos H, desprecio. El desprecio evita el contacto. Evita conocer y saber y ver. El desprecio es anterior a la experiencia y está basado en prejuicios transformados en juicios respecto de la naturaleza del fenómeno. Mientras que el odio parte del contacto con el hecho, el desprecio lo evita mutilando lo que sea que el mismo prometa presentar. Odia la sombra, no al hecho. El desprecio no tiene respeto por la cosa tal cual es, ni por la cosa tal cual no es. Te desprecio implica que no quiero arriesgar en conocerte, que no necesito lo que sos para saber que no. El desprecio depriva de la experiencia y, por tanto, no aporta nutrientes capaces de conducir al crecimiento de la personalidad. Claro que despreciar veneno puede evitarnos más de una indigestión mental, pero al final del día, la pregunta del millón es: si vale la pena la profilaxis en pos de evitar la posibilidad de un mal trago. El desprecio suele ser confundido con desinterés o elección de no contacto, pero nada más lejos. Aplica a las teorías, a las personas, a las actividades, a las ideas. No es lo mismo la falta de interés por algo, o una negativa seria a no hacer, o a no estudiar, o a no contactar con algo o con alguien, que el desprecio que se desesporula que se abre, que se activa como un intento de controlar la turbulencia emocional por lo desconocido. Sea esto, una cosa es que algo no nos interese por lo que la cosa es, y otra es el desprecio prematuro por lo que la cosa no es, o puede no ser, o ser. Cuando la incertidumbre es grande y la intolerancia a la frustración pequeña, el desprecio puede levantarse como una barrera de defensa contra lo que es vivido como una amenaza de catástrofe inminente. Por supuesto que no es la amenaza de catástrofe lo que se experimenta, sino el desprecio, de manera contundente, irreductible. Es común ver un alto grado de desprecio entrelazado a un sentimiento de pérdida de seguridad en los objetos por la labilidad misma de las relaciones. Cuando las matrices de relaciones sin objetos relacionados son vividas como frágiles, se tornan en objetos dependientes, por lo que cualquier cambio en el objeto se convierte en una amenaza profunda contra el sistema, y la posibilidad de que cualquier objeto nuevo venga a perturbar el estado actual de la cuestión despierta la experiencia emocional de desprecio para asegurar, con un aumento considerable de la turbulencia, que el contacto sea evitado. Pero si, pese a todo, el contacto no se consigue evitar, Menos menos H. Crueldad. No seas cruel, basta, me duele, hace frío, basta. La crueldad es la experiencia emocional del fanatismo. La crueldad devasta el vínculo dejándolo helado, como un invierno del descontento que no se detiene, drena vitalidad, apaga, monocromiza.
Detiene.
Así, la crueldad no apuntará al objeto, sino al vínculo entablado con él. La diferencia radica en que lo buscado no es la anulación o suspensión de la relación, sino el congelamiento emocional que estanque al objeto, arrancándole toda fe en la existencia. El ejercicio de la crueldad recibe el nombre de ataques crueles y tiene como objetivo final mantener deprivado de nutrientes al vínculo. Dicho en términos del poeta uruguayo Mario Benedetti: todo verdor perecerá, dijo la voz de la escritura, como siempre implacable. La crueldad es un veneno mental que se expande dentro de la mente en todas direcciones como reguero de pólvora, y puede tanto darse en una relación entre dos personas como en una relación entre una parte de la propia personalidad y otra. Los vínculos crueles detienen los objetos, quitándoles transición, convirtiéndoles en duros, sin vida, sin calidez. La crueldad tiene la característica de ser silenciosa. No se la ve, no se la nota, hasta que es demasiado tarde y la infección ya está en la mente. Cuando un vínculo deja de transformarse pero no se disuelve o rompe, comienza a deteriorarse en una no transformación fanática. La crueldad hace el resto arrancando la piel cálida del mismo en un proceso vibratorio de tensión de inanimado y animado. Ellos se separan, se odian, se separan, se desprecian, se separan, pero se van de la casa a las casas nuevas. Ella se queda con la colección de discos de Bob Marley de él y él se queda con los 3 pañuelos de armé de ella. No se los devuelven, se los prometen, los esperan, se separan, pero queda entre ellos algo que no, algo irresoluto, una deuda que congela y no construye ni destruye. Él se quedó con ellos, ella se quedó con todos. La crueldad succiona, devastando el hecho, reduciéndolo a su mínima expresión vital, dejando solo restos sin valor de lo que otrora fuera lo que hubo. Los vestigios son los restos de un pasado que ya no es operativo en el presente. Los restos sin valor son las cenizas de futuros que ya no serán operativos en el presente. Esa transferencia no explorada, ese callo no tocado. No seas cruel, duele. Ambas partes involucradas en el vínculo cruel comienzan a perder vitalidad hasta necrosarse en un macilento no existir congelado En un espacio-tiempo tendiente a la detención. Ya al final del capítulo, para los que se quedaron hasta acá y tuvieron paciencia y toleraron ese vacío, quería discutir una viñeta, un clásico de la literatura psicoanalítica sobre el odio, como es el artículo de Winnicott de 1947, El odio en la contratransferencia. Quisiera tomar un fragmento de este artículo para pensar y discutir, no para entrar en controversia con Winnicott o con las ideas allí presentadas, sino solo para discutir el fragmento en cuestión, más allá de los contextos en los que fue escrito o lo que el autor quiso o no decir. Sea esto: tomo el fragmento a la manera de anécdota en la hilera C, para pensar. La referencia es absolutamente de coyuntura. En 1947, Winnicott escribe: ¿Acaso en nuestra labor analítica no se presentan numerosas situaciones en las cuales el odio del analista se justifica? Uno de mis pacientes, preso de una fuerte obsesión, me resultó casi odioso durante algunos años. Ello me hacía sentir culpable hasta que el análisis dobló determinada esquina y el paciente se me hizo agradable. Entonces me di cuenta que el desagrado anterior había sido un síntoma activo e inconscientemente determinado. Realmente fue para mí un día maravilloso cuando, mucho más adelante, pude decirle al paciente que yo y sus amigos nos habíamos visto repelidos por él, pero que él estaba demasiado enfermo para que así se lo dijéramos. Aquel fue también un día importante para él, un tremendo avance en su ajuste a la realidad. Sin ahondar demasiado, algunas consideraciones iniciales. El analista dice que el paciente le resultó casi odioso, con una clara connotación negativa respecto de la experiencia emocional, y agrega como si nada: durante algunos años. Algunos años en la vida de una persona no es poca cosa. Algunos años pueden ser nacimientos, exilios, muertes, separaciones, corazones rotos, amores nuevos. Algunos años, bien pensado, es una vida. Todos vivimos algunos años al final. El analista dice que se siente culpable. Siendo la culpa el poro por el que penetra lo que clásicamente se llama la identificación proyectiva, me pregunto en cómo es posible llevar a cabo un análisis con atención y disciplina invadido por casi odio y culpa durante algunos años, sin haber habido ningún tipo de intento de delinear este área para su investigación y explorar con el paciente. Pero por suerte el análisis cambia, no el analista, y entonces el paciente se vuelve agradable a sus ojos, permitiéndole entrar en contacto con una serie de experiencias emocionales a las que denomina como desagrado y define como síntoma activo y con el epíteto de determinado de manera inconsciente. OK. Y no es sino hasta mucho tiempo más adelante que algo de esto es comunicado al paciente y se produce un día maravilloso para el analista, y claro, también de paso, ya que estamos, un día importante para el paciente. Además agrega que el paciente estaba demasiado enfermo como para que le fuera comunicada la delineación de la función, que de todas formas el analista no había podido observar de manera clara sino hasta esos algunos años después. Escuchó bien, escuchaste bien, demasiado enfermo, ¿entendés? Cabe entonces preguntar: ¿para qué estamos en este trabajo? ¿Estamos acaso solo para ver lo que los pediatras llamarían paciente sano? Como se ve, no quiero hipotetizar nada que no esté escrito, nada que no haya dicho Winnicott. Y lo que está escrito nos lleva a pensar, a riesgo de hacer ciencia ficción contrafáctica, en qué habría pasado si el analista hubiera sido capaz, hubiera tenido el coraje de poder delinear con su paciente el área de vibrancia en la que el odio se encontraba operativo. No lo sabemos, no lo hizo. Claro, nosotros, vos y yo, tenemos una ventaja de 70 años de tecnología psicoanalítica posterior a esta anécdota clínica, y podemos pensar quizás un poco más allá. Es fundamental para la tarea analítica El poder delinear de manera pasional, veraz y profunda el área de vibrancia en el que se expresa el hecho dentro de la tormenta emocional que se produce entre paciente y analista. No hacerlo es mala técnica, pues atenta contra la capacidad observacional del analista, contra la fe del paciente y contra el sentido común de la pareja. Si H es experimentado por el analista, es un problema de su análisis personal, pues, como es el caso de este ejemplo, produce distorsiones en el análisis. Si H es experimentado por el paciente y el paciente lo sabe, no hay mucho que hacer, pues sería redundante para todos. Si el paciente no lo sabe, lo importante es una exploración del área de vibrancia de sus implicancias. Si H es experimentado en la tormenta emocional entre paciente y analista, se requiere de una delineación del área que favorezca la exploración del área de vibrancia. Como sea, si lo que se busca es una tarea realizada en profundidad, y en honesto y apasionado contacto con los hechos, H, ni L ni K pueden quedar por fuera de la exploración. Y esto debe ocurrir en el preciso momento, y momento claramente, en el que ocurre, si se pretende evitar, en la medida de las posibilidades, que se convierta en un lastre. Lo que el analista del fragmento compartido hace, por negligencia en la delineación del área de vibrancia, es favorecer una transformación de H en menos H, de odio en desprecio, deteriorando sensiblemente la capacidad observacional y delineatoria del mismo analista. Es decir, que en lugar de entrar en contacto con H, favorece un desprecio, menos H, por los contenidos del paciente, que lo lleva a, sin contacto profundo y veraz con el mismo, dejar pasar el tiempo de sesiones, de vida del paciente, del análisis y de sí mismo, sin delinear la función que no observa sino hasta algunos años luego, que mantenía al paciente demasiado enfermo para investigar su enfermedad. Este hecho no es solamente un problema de refinamiento técnico, sino todo lo que ha implicado. Lo que está en juego es la vida del paciente, son algunos años, es mucho tiempo más adelante. Somos analistas, somos analistas. Nuestra tarea es poder favorecer el contacto del paciente con la manera especial en la que entabla relaciones con los hechos, de la manera menos deformada posible, favoreciendo su capacidad de transformarse y transformarnos. Y no podemos hacer esto enamorados de teorías obsoletas o en vías de serlo. La libertad obtenida en la utilización de un framework radica justamente en esto, en su ligereza, simpleza, profundidad y facilidad para la adaptación a las necesidades observacionales de ese analista en ejercicio. La tarea que tenemos por delante es inmensa a todas luces, pero la posibilidad que aceptamos también lo es. Responsabilidad con nuestros pacientes, pero también con nosotros mismos y con toda la gente que amamos, odiamos, conocemos y cooperamos apasionadamente. Responsabilidad para con esos algunos años que tenemos para pasear el mundo.
En una palangana vieja, sembré violetas para ti. En una palangana vieja, sembré violetas para ti. Y estando cerca del río, con un caracol vacío, con un caracol vacío, cogí un lucero para ti. En una botella rota guardo un cocuyo para ti. En una botella rota guardo un cocuyo para ti. Y en una cerca sin brillo se enredaba el coralillo, se enredaba el coralillo floreciendo para ti. Alita de cucaracha llevada hasta el hormiguero. Alita de cucaracha llevada hasta el hormiguero. Así quiero que en mi muerte, así quiero que en mi muerte, así quiero que en mi muerte me lleven al cementerio. Basurero, basurero, que nadie quiere mirar. Basurero, basurero, que nadie quiere mirar. Pero si sale la luna, pero si sale la luna, pero si sale la luna, tus latas van a brillar. A las cosas que son feas, ponles un poco de amor. A las cosas que son feas, ponles un poco de amor. Y verás que la tristeza, y verás que la tristeza, y verás que la tristeza va cambiando de color. Y verás que la tristeza, y verás que la tristeza, y verás que la tristeza va cambiando de color.










