21 May 2021 · 20 min
A psychoanalyst argues the field is drowning in jargon-heavy schools with no clinical payoff. He proposes replacing theory-driven frameworks with an instrumental, exploratory approach inspired by physics, where analysts investigate the unknown rather than hunt for predetermined symptoms. The real problem isn't patients—it's analysts who need to examine their own techniques.
Chapters
Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Buenas noches, bienvenido a un nuevo episodio de Framework. Hoy quería compartir con usted un nuevo fragmento de Framework, un ensayo psicoanalítico que Entiendo está en relación directa con muchas de las ideas que venimos compartiendo con colegas en los últimos episodios. Tiene que ver con la manera en la que nosotros analistas entendemos el trabajo analítico y nos relacionamos con nuestros pacientes. Tiene que ver con la posibilidad de pensar, de volver a pensar una vez más, de nuevo, qué es eso que hacemos cuando hacemos. ¿Qué hacemos nosotros con las ideas que tenemos, con las herramientas que tenemos disponibles y con la tarea a la que nos enfrentamos día a día en nuestros consultorios? Pienso que habría que hacerle quimioterapia al mundo de las teorías psicoanalíticas. Las mismas pululan de manera cancerosa reproduciéndose y ocupando el lugar que podría estar vacante para la ignorancia y la curiosidad, a tal punto que ya a esta altura del movimiento, como lo lo llamaba Freud, es más correcto hablar de los psicoanálisis que de el psicoanálisis. El problema es verazmente presentado por Bion en Nueva York, en donde lo cito un poco largo, pero él lo dice mejor de lo que lo podría decir yo: hay mucho de verdad en las palabras que una vez me dijo Melanie Klein. Psicoanálisis es un término sin significado, pero está a la mano. Es una palabra en busca de un significado, un pensamiento en espera de un pensador, un concepto en espera de un contenido. Por desgracia, es verdad que el psicoanálisis ha tenido muchos contenidos y estaría muy bien si supiéramos dónde termina lo patológico y dónde empieza lo auténtico. Es bueno decirse: el psicoanálisis es eso, es lo que todos necesitamos. Pero, ¿lo necesitamos o es más relleno? ¿O es más ruido para ocupar un lugar vacío? Eso es algo que solo podemos decidir los que ejercemos esa actividad que llamamos psicoanálisis, a falta de un nombre mejor. Con esto en mente, pienso que una de las dificultades son las constantes presiones del establishment para estudiar las cientos, hasta donde me alcanza la vista, de nuevas y mejoradas teorías que surgen a cada rato de hasta debajo de las piedras, cuando solo algunas pocas de ellas tienen verdadera injerencia en el mundo de los hechos. Mucha teoría y pocas nueces. Esto favorece una proliferación estéril de falsa controversia psicoanalítica. Se discute jerga nueva y no ideas nuevas. Se discute renominación y no problemas que nos atañen con el paciente de mañana. Se nos va la vida en discusiones clínicas del tipo yo le habría dicho, en macilentas y apoltronadas reuniones, y nos olvidamos de la importancia del desarrollo de un buen framework de trabajo. Justamente, quizás este sea un nombre mejor. Los sajones tienen una palabra que por su penumbra asociativa me resulta imposible de traducir: framework. En español podría ser algo así como marco de trabajo, pero es en realidad mucho más. Partamos de la base de que todo el conocimiento se presenta dentro de un marco conceptual adaptado para contener las experiencias pasadas, y que cualquiera sea el marco, puede volverse demasiado angosto para contener las nuevas experiencias. Experiencias. El curso de la historia del pensamiento ha demostrado una y otra vez la importancia y la necesidad de abandonar o remodelar los vértices desde los cuales se produce la aproximación a los hechos. En este sentido, Niels Bohr sostiene, y también lo voy a leer: un ensanchamiento del framework ha servido no solo para restablecer el orden en cada una de las ramas del conocimiento en particular, sino también ha revelado analogías en nuestro posicionamiento respecto al análisis y la síntesis de la experiencia en dominios aparentemente separados del conocimiento, estimulando de esta forma la posibilidad de una descripción de la realidad incluso más objetiva. Al hablar de un framework conceptual, Bohr se refiere a la lógica no ambigua de las relaciones entre experiencias. Esta actitud está también presente en el desarrollo histórico en el que no es posible diferenciar claramente a la lógica formal de los estudios sobre semántica o sintaxis filológica. En este contexto, los físicos entendieron que las matemáticas algebraicas juegan un rol decisivo en el desarrollo del pensamiento lógico, el cual está bien definido por sus abstracciones. Estas abstracciones ofrecen una invaluable ayuda para expresar las relaciones armoniosas. Bohr nos aclara que no debemos considerar a las matemáticas puras como una rama separada del conocimiento, sino más bien como un refinamiento del lenguaje general. Suplementándolo con herramientas apropiadas para representar relaciones para las cuales el lenguaje verbal ordinario es impreciso o incómodo. En esta conexión debe acentuarse también que, solo con evitar las referencias conscientes que se infiltran en el lenguaje diario, el uso de símbolos matemáticos asegura la desambiguación necesaria. Nótese acá que no estamos hablando de matemáticas, sino de símbolos matemáticos. No vamos a hablar en todo framework de ecuaciones, hay una sola ecuación, sino de notaciones. En la misma línea en que lo pusiera Parténope, no se trata de matematizar el psicoanálisis con la incorporación del estudio de métodos matemáticos, sino de la instrumentación de sistemas de notación adecuados para crear, si es en todo caso pertinente y concebible, unas matemáticas psicoanalíticas. Unas matemáticas psicoanalíticas, un sistema de notación, de observación y de instrumentación que favorezca el desarrollo de las relaciones sin objetos relacionados, de las acciones sin agente y de los pensamientos sin pensador. En este caso voy a intentar el desarrollo de un framework de estas características, de esta penetración. Un framework lo suficientemente amplio como para poder albergar al conjunto de teorías psicoanalíticas vigentes y a desarrollar, proveyendo de esta forma al analista de un sistema claro de trabajo, definiendo su rol, una manera de pensar, no lo que pensar, y de actuar, a la vez que le provea de las herramientas necesarias, no solo para el trabajo cotidiano, sino también para el desarrollo de nuevas herramientas cuando esto sea necesario. Un framework algebraico que resalte las relaciones de manera instrumental. Un framework pensado como un conjunto estandarizado de ideas, instrumentos y criterios para observar y operar con un tipo de problemática particular, que sirva como referencia para enfrentar y resolver nuevos problemas de índole similar. Un framework que nos permita mantener operativa la disciplina cuando nos encontramos con situaciones desconocidas, que en nuestra línea de trabajo es todo el tiempo, y no los mismos viejos problemas que aprendimos de memoria a ir a buscar. En este sentido, en este punto quisiera hacer una digresión. El saber popular enseña que el que busca encuentra, pero lo que no dice es que el que busca no descubre. La búsqueda está orientada. La exploración, por el contrario, es abierta. Se busca algo, se explora un área que a todos los efectos prácticos es desconocida. Piénselo así: si le pido, por ejemplo, que entre a esa habitación y encuentre la pelota roja, lo más probable es que más tarde o más temprano usted pueda salir con la pelota roja en la mano, mas es improbable que pueda contarme qué más había allá adentro, pues su atención estaba dirigida hacia ese algo, hacia ese objeto, en este caso la pelota roja. Por el contrario, si usted entra con la determinación de explorar el territorio de esa habitación, lo más probable será que sus ojos se sorprendan ante el encuentro de un mundo desconocido e inesperado. Sea quizás esta la divisoria de aguas más nítida entre una psicoterapia que busca y un psicoanálisis que explora. Y si presionamos un poco más la cosa, una divisoria de aguas entre un psicoanálisis en el contexto de un framework clásico y uno en un framework, digamos, de entrelazamiento. El framework clásico nos enseñó a buscar síntomas, edipos, castraciones, regresiones, objetos integrados y escindidos, pero no nos brindó herramientas adecuadas para explorar adecuadamente una personalidad expuesta ante nosotros. Quizás por el afán ontológico que habita ese framework particular, en donde es claro que hay algo ahí, Un inconsciente reprimido que tiene que ser hecho consciente a través de la interpretación de la resistencia, una energía, un empuje abstracto sin realización clínica llamado pulsión. De esta forma, es claro que el framework clásico responde básicamente a una lógica de pensamiento causal y ontológica. La búsqueda es entonces un objetivo fundamental para un framework clásico. Se va a buscar el tesoro allí escondido, se va a buscar lo que se espera que esté allí, como si fuéramos anatomistas trasnochados en busca del órgano perdido. Si está, se lo ve. Si está bien, se lo deja así. Si está dañado, se lo arregla. Si no está, es una malformación y no sabemos qué hacer, y lo llamamos inanalizable. Curiosa palabra, inanalizable, ¿no le parece? Que no se puede analizar, y siempre está implícito que esto es por culpa, por responsabilidad del paciente, no de nuestra ineficacia técnica. Dentro de un framework topológico, es decir, freudiano, el inanalizable es la reacción terapéutica negativa o RTN. En un framework objetal, es decir, kleiniano, el inanalizable es la envidia combinada con voracidad. En el contexto de un framework estructural, es decir, el lacaniano, y casi como una humorada paradojal, lo inanalizable es la estructura. Lo interesante, más allá de las particularidades, es la constancia del factor común inanalizable. Para todos los frameworks de corte ontológico existe un inanalizable, un punto más allá del cual no se puede ir, El que queda por fuera de todo intento de búsqueda. Pienso que se puede resolver muchos de estos problemas de búsqueda, incluido el operador inanalizable, si dejamos de lado el afán ontológico en favor de una lógica instrumental de observación, en un pasaje similar al que la física cuántica realizó al alejarse de la concepción clásica de la naturaleza. Esto queda claro en la definición que Heisenberg presenta en uno de sus últimos escritos, cuando dice que, y de vuelta lo cito, la concepción de la realidad objetiva de las partículas elementales se ha así evaporado en una manera curiosa: no dentro de la niebla de una nueva, oscura o aún no comprendida concepción de la realidad, sino dentro de la transparente claridad de unas matemáticas que representan no ya el comportamiento de las partículas elementales, sino más bien nuestro entendimiento. De ese comportamiento. Francamente inquietante. De manera análoga, el psicoanálisis no nos dice nada acerca de cómo una mente funciona, pero nos dice mucho acerca de nuestro entendimiento de cómo una mente funciona. Y un paso más allá, nos provee, en el mejor de los casos, de una tecnología adecuada para trabajar con la vida emocional humana. Quizás de esto trata un poco el esfuerzo que Framework, en tanto este ensayo psicoanalítico, representa: un intento amoroso, en el sentido que Bion le da al vínculo de amor como L, por contribuir con el desarrollo de un psicoanálisis instrumental y no ontológico, exploratorio y no terapéutico. Un psicoanálisis que intente estar en esa batalla abierta entre pacientes y analistas, entre analistas y pacientes, que a veces parece más una reminiscencia al clásico juego de Plantas versus Zombies. La proyección es la última trinchera del impotente. Cosas sorprendentes pasan entre nosotros. Basta concurrir a una base estable de uno o dos encuentros profesionales con colegas por año para mantenerse al tanto de cierta pobreza en el espíritu creativo del psicomundo contemporáneo. Pero en mi opinión, la más cruel, en cruel en el sentido de menos menos h, de las mediocridades alcanzadas es la rutilante culpabilización del paciente. Se lo responsabiliza de nuestra propia incompetencia hasta el nivel del aplastamiento. Frases como el paciente no asocia, o el paciente no colabora, o el paciente no presenta sueños son moneda corriente entre las descripciones de material clínico o los comentarios de pasillo entre colegas. Por otro lado, lejos de ser descripciones de conductas, son quejas formales que nunca aparecen en la forma de el paciente no se masturba en sesión, o el paciente nunca me amenaza con un cuchillo en la garganta. Por lo tanto, deja en evidencia que la pretendida ausencia de colaboración del paciente no es otra cosa que la ausencia de observables ontológicos, observables de quienes buscan encontrar lo que aprendieron a ver. Existe de manera consistente, sí, una fuerte tendencia a querer normalizar o parametrizar al paciente, de la cual el afán heurístico al que los analistas damos en llamar diagnóstico, es el más resonante de los emergentes observables. Para utilizar el sabor de la propia cocina, es patognomónico del estado actual de la cuestión. Resulta así improbable que se consiga cualquier tipo de avance si la mirada sigue estando puesta en los pacientes o en sus así llamados síntomas, en lugar de volver la mirada hacia adentro: nuestra técnica y nuestra incapacidad observacional. Evidencia de esto es el remilgado hijo pródigo de estos tiempos tólsticos: el estudio de síntomas, con el ramplón agregado del epíteto superlativo nuevos. Por ejemplo, nuevas sexualidades, nuevas infancias, nuevas parentalidades. En aras de esta supuesta novedad, estética en su gran mayoría, es que se favorece la proliferación de un montón de nuevas y mejoradas teorías psicoanalíticas, teorías que están listas para ocupar el lugar vacante a la velocidad de t a la n, en donde t es un enunciado perteneciente a la categoría F de la tabla, es decir, un concepto, y n representa un coeficiente exponencial natural tendiente a infinito. Tal como dice Bion en su bellísimo y profundo artículo del 77, Nuevo y mejorado: A la mayoría de las personas les desagradan los señalamientos personales, y esto es exactamente lo que las interpretaciones son. Una posibilidad es que mientras se te llama la atención de que eres un fracaso, o que algo es un fracaso y tú eres malo en ello, siempre hay algo que no lo es, algo que es nuevo y mejorado. Tomé este título prestado de los Corn Flakes de Kellogg's. No sé qué es lo que pasa con las cosas nuevas y mejoradas, pero son usualmente exitosas, o en todo caso exitosas en lo que a los técnicos concierne. Es una idea muy seductora, una que se podría casi resumir en una sola palabra: cura. Y esta palabra viene con la connotación de que buenos tiempos vendrán, tiempos nuevos y mejorados. Y entonces, como el psicoanálisis no cura, pues no es terapéutico, la seducción es defraudatoria. La idea misma de una instancia nueva y mejorada es mucho más marketing que delivery. Todos los años aparecen vaticinios respecto de la pretendida muerte del psicoanálisis como área del conocimiento, como área de ejercicio, a manos de supuestos avances en neurociencias, terapias cognitivo-conductuales, la psicofarmacología y otros racimos que florecen por ahí. No, no comparto esa impresión. Sí, por el contrario, la menos feliz y, si quiere usted, nietzscheana idea de que los que estamos muertos somos los analistas, no el psicoanálisis. Puesto en términos de la Rima 4 de Gustavo Adolfo Bécquer: Podrá no haber poetas, Pero siempre habrá poesía. Hay algo que está fundamentalmente bien con el camino tecnológico abierto por Freud hace ya 120 años, camino abierto con la interpretación de los sueños: el descubrimiento de algo radicalmente extraño a uno mismo que requiere investigación disciplinada y profunda. Los avances desde entonces hasta la década del 70 del siglo pasado fueron bestiales. Piense esto: hubo un tiempo en el que Klein, Bion, Lacan, Winnicott, Erikson, Pichón Rivière y tantos más estaban pensando en el mismo mundo, en el mismo sentido, con direcciones diversas. Y no es esto una mirada melancólica, es un observable compartido por varios colegas. La detención de estos últimos años puede ser una respuesta esperable en el avance tecnológico de una rama del conocimiento humano, y una que nos interpela además tan de cerca. Basta una superficial ojeada a los catálogos bibliográficos de las editoriales o de los índices de las revistas de las sociedades psicoanalíticas para tener un pantallazo de la anorexia creativa de estos tiempos, a no ser por la, incluso escasa, ampliación teórica o desarrollos promocionados como nuevos y mejorados. Es hora de dar vuelta el timón e irnos a explorar nuevas tierras. O incluso las mismas viejas tierras de siempre, pero recuperando un poco del espíritu aventurero que nos acompañó en los albores de este viaje. Dejemos de lado un poco lo que creemos que sabemos y mirando cual Jano Triple en todas direcciones, comencemos a explorar, a explorar de nuevo ese recóndito lugar desconocido que es el otro.










