
En este episodio del podcast psicoanalítico "Framework", el locutor explora, a través de un monólogo poético y fragmentado, la naturaleza de la esperanza, la libertad y el amor dentro del contexto del análisis clínico. Comienza cuestionando la idea popular de que lo último que se pierde es la esperanza, para luego afirmar que la verdadera pérdida última es la libertad, aunque esta sea innegablemente indeclinable. Utiliza una corriente de conciencia literaria, citando pasajes al estilo de Julio Cortázar y una serie de personajes y metáforas (magos, ajedrez, clubes, vodka, etc.) para ilustrar la complejidad del proceso analítico y la experiencia subjetiva del analista. El discurso transita entre descripciones caóticas de ambientes y reflexiones filosóficas sobre el desorden versus el orden, la identidad del otro y del yo, y la relación terapéutica como un espacio donde la libertad se reconoce y se ejerce. Concluye con una exhortación directa al oyente: dar y recibir amor, reconociendo que solo aceptamos el amor que creemos merecer, y que la entrega de amor es a la vez más fácil y más dolorosa que su recepción. El tono oscila entre lo poético, lo introspectivo y lo didáctico, con una carga emocional que combina melancolía, esperanza y una urgencia de autenticidad.
Chapters
Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Dicen, hay quienes dicen que lo último que se pierde es la esperanza. Basta vivir en alguna de estas republiquetas del suburbio del mundo para darse cuenta que la esperanza muchas veces se pierde prematuramente. Casi como una analogía, suerte de paráfrasis del que tiene miedo de morir que no nazca, el que tiene miedo a perder la esperanza que no sueñe. La esperanza se pierde y se pierde muchas veces, y se pierde y se recupera, y a veces se pierde y no se recupera más. Quien ha hecho análisis, quien Quien trabaja con personas, quien explora las profundidades meandrosas de la existencia de un otro y de la propia, sabe claramente que lo último que se pierde es la libertad, que en realidad al final del día no se pierde porque es trágicamente indeclinable. Somos irrenunciablemente libres. Quisiera tomar algo con vos y mientras tomamos algo leerte un pasaje, un ratito de Julio. No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente, los queridos amigos tan desconocidos ayer y mañana, la gente que no era más que una mera incidencia en el lugar y en el momento. Babs, Ronaldo, Zip, Shelly Roll, Akhenatón. ¡Qué diferencia! Las mismas sombras para las mismas velas verdes. Lasbornia en su momento más alto, vodka dudoso horriblemente fuerte. Si hubiera sido posible pensar una extrapolación de todo eso, entender el club, entender Cold Wagon Blues. Entender el amor de la maga, entender cada piolincito saliendo de las cosas y llegando hasta sus dedos, cada títere o cada titiritero, como una epifanía. Entenderlos no, no ya como símbolos de otra realidad quizás inalcanzable, pero sí como potenciadores. ¡Qué lenguaje! ¡Qué impudor! Como exactamente líneas de fuga para una carrera a la que hubiera tenido que lanzarse en ese momento mismo. Despegándose de la piel esquimal que era maravillosamente tibia y casi perfumada, y tan esquimal que daba miedo. Salir al rellano, bajar, bajar solo, salir a la calle, salir, salir solo, empezar a caminar, a caminar solo hasta la esquina, a la esquina sola, el café de Max, Max solo, el farol, el farol de la Rue de la Badajaz donde, donde solo. Y quizás a partir de ese momento Pero todo en un plano metafísico, porque Horacio, las palabras, es decir, que las palabras para Horacio, cuestión ya masticada en muchos momentos de insomnio. Llevarse de la mano a la maga, llevársela bajo la lluvia como si fuera el humo del cigarrillo, algo que es parte de uno bajo la lluvia. Volver a hacer el amor con ella, pero un poco por ella, no ya para aprender un desapego demasiado fácil, una renuncia que a lo mejor está encubriendo la del esfuerzo, el fantoche que enseña algoritmos en una vaga universidad para perros sabios o hijas de coroneles. Sí, todo eso. La tapioca de la madrugada empezando a pegarse en la claraboya. La cara tan triste de la maga mirando a Gregorovius mirando a la maga mirando a Gregorovius. Strutting with some barbecue. Babs que lloraba de nuevo para ella, escondida de Ronald que no lloraba pero tenía la cara cubierta de humo pegado, de vodka convertido en una aureola absolutamente geográfica, perico fantasma hispánico, subido a un taburete de desdén y adocenada estilística. Si todo eso fuera extrapolable, si todo eso no fuera, en el fondo no fuera, sino que estuviera ahí para que alguien cualquiera, pero ahora él, porque él que estaba pensando era en todo caso el que podía saber con certeza qué estaba pasando. Cartesio, viejo jodido. Para que alguien de todo eso que estaba ahí hincando y mordiendo y sobre todo arrancando, no se sabía qué, pero arrancando hasta el hueso. De todo eso se saltara a una cigarra de paz, a un grillito de contentamiento, se entrara por una puerta cualquiera a un jardín cualquiera, a un jardín alegórico para los demás, como los mandalas son alegóricos para los demás. Y en ese jardín se pudiera cortar una flor, y que esa flor fuera la maga, o Vaps, o Wong, pero explicados y explicándolo. Restituidos, fuera de sus figuras del club, devueltos, salidos, asomados. A lo mejor todo eso no era más que una nostalgia del paraíso terrenal, un ideal de pureza. Solamente que la pureza venía a ser un producto inevitable de la simplificación. Vuela un alfil, vuelan las torres, salta el caballo, caen los peones, y en medio del tablero, inmensos como leones de antracita, los reyes quedan flanqueados por lo más limpio y final y puro del ejército. Al amanecer se rompían las lanzas fatales. Se sabrá la suerte. Habrá paz. Pureza como la del coito entre caimanes, no la pureza de oh madre mía con los pies sucios. Pureza de techo de pizarra con palomas que naturalmente cagan en la cabeza de las señoras frenéticas de cólera y los manojos de rabanitos. Pureza de Horacio, Horacio, por favor. Pureza. Basta, andate, anda al hotel, date un baño, lee Nuestra Señora de París o Las lobas de Majecul, sácate la borrachera, extrapolación. Nada menos. Pureza. Horrible palabra. Puré y después sa. Date un poco cuenta. El jugo que le hubiera sacado Brissette. ¿Por qué estás llorando? ¿Quién llora, che? Entender el puré como una epifanía. Damn the language. Entender. No inteligir, entender. Una sospecha de paraíso recobrable. No puede ser que estemos aquí para no poder ser. Brissette. El hombre desciende de las ranas. Blind as a bat, drunk as a butterfly. Futu, royalement futu devant le pochte. Que p't'être. Un pedazo de hielo en la nuca. Irse a dormir. Problema. Johnny Dodds o Albert Nicholas. Dodds, casi seguro. Nota: preguntarle a Ronald. Un mal verso aleteando desde la claraboya antes de caer en la nada con el último diástole. Qué mamúa, padre. The Doors of Perception de Aldi Huxley. Get yourself a tiny bit of mescalina, brother. The rest is bliss and diarrhea. Pero seamos serios, sí, era Johnny Dodds. Uno llega a la comprobación por vía indirecta. El baterista no puede ser sino Sati Singleton, ergo el clarinete es Johnny Dodds. Yazología, ciencia deductiva facilísima después de las 4 de la mañana, desaconsejable para señores y clérigos. Seamos serios, Horacio. Antes de enderezarnos muy de a poco y apuntar hacia la calle, preguntémonos con el alma en la punta de la mano. ¿La punta de la mano? En la palma de la lengua, che, o algo así. Toponomía, Anatología Descriptológica, 2 tomos, y Luz Tras 2. Preguntémonos si la empresa hay que acometerla desde arriba o desde abajo. Pero qué bien, estoy pensando clarito. El vodka las clava como mariposas en el cartón. A esa, a Rose is a Rose is a Rose is a Rose. Y April, April is the cruelest month. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada rosa. Es una rosa, es una rosa. Uf, beware of the jack-in-the-box, my son. Horacio resbaló un poco más y vio muy claramente todo lo que quería ver. No sabía si la empresa había que acometerla desde arriba o desde abajo, con la concentración, con todas sus fuerzas, o más bien como ahora, desparramado y líquido, abierto a la claraboya, a las velas verdes, a la cara de corderito triste de la maga, a Marlene que cantaba Jellybean Blues. Más bien así, más bien desparramado y receptivo, esponjoso como todo era esponjoso apenas se lo miraba mucho y con los verdaderos ojos. No estaba tan borracho como para no sentir que había hecho pedazos su casa, que dentro de él nada estaba en su sitio, Porque al mismo tiempo era cierto, era maravillosamente cierto. En el suelo o en el techo o debajo de la cama o flotando en una palangana había estrellas y pedazos de eternidad, poemas como soles y enormes caras de mujeres y de gatos donde ardía la furia de sus especies. En la mezcla de basura y placas de jade de su lengua, donde las palabras se trenzan noche y día en furiosas batallas de hormigas contra escolopendras, la blasfemia coexistía con la pura mención de la esencia. La clara imagen con el peor lunfardo. El desorden triunfaba y corría por los cuartos con el pelo colgando en mechones astrosos, los ojos de vidrio, las manos llenas de barajas que no casaban, mensajes donde faltaban las firmas y los encabezamientos. Y sobre las mesas, sobre las mesas se enfriaban platos de sopa. El suelo estaba lleno de pantalones tirados, de manzanas podridas, de vendas manchadas. Y todo eso de golpe crecía y era una música atroz. Era más que el silencio afelpado de las casas en orden de sus parientes intachables, y en mitad de la confusión donde el pasado era incapaz de encontrar un botón de camisa y el presente se afeitaba con pedazos de vidrio a falta de una navaja enterrada en alguna maceta, en mitad de un tiempo que se abría como una veleta a cualquier viento, un hombre respiraba hasta no poder más. Se sentía vivir hasta el delirio en el acto mismo de contemplar la confusión que lo rodaba, y preguntarse si algo de eso tenía sentido. Todo desorden se justificaba si tendía a salir de sí mismo, pero la locura, ¿se podía acaso llegar a una razón que no fuera esa razón cuya falencia es la locura? Ir del desorden al orden, pensó Oliveira. Sí, pero ¿qué orden puede ser ese que no parezca el más nefando, el más terrible, el más insanable de los desórdenes? El orden de los dioses se llama ciclón o leucemia. El orden del poeta se llama antimateria, espacio duro, flores de labios temblorosos. Y realmente, qué esbornia tengo, madre mía, que hay que ir a la cama enseguida. Y la maga estaba llorando. Y estaba desaparecido Étienne, se iba detrás de Perico. Y Gregorovius, Wong y Ronald miraban un disco que giraba lentamente, 33 revoluciones y media por minuto, ni una más. Ni una menos. Y en esas revoluciones, Oscar Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya. En fin, literatura. De igual forma, en un análisis en donde el caos, las palabras que caen, los retazos de pacientes, las vidas los dolores, el amor, ese sentimiento impostergable de soledad al que tanto analistas como pacientes estamos condenados en esa reunión simultánea en un lugar al que llamamos de manera trivial, de manera coloquial, cotidiana, consultorio. Somos ese ratito, ese encuentro en el cual se reivindica la libertad por sobre todas las cosas, esa libertad tan insoportablemente irrenunciable que nos cuesta reconocerla como propia y se la atribuimos, tercerizándola, a los quehaceres, a los acontecimientos, a los ratitos que pasan por fuera de ese instante del análisis. Los pacientes, las personas, nosotros tendemos a creer que lo último que se pierde es la esperanza. Que no somos libres, que somos presas de una cadencia cotidiana sonámbula, que como zombies atravesamos en ese letargo cotidiano de ser uno mismo. Cuando en realidad, si nos animáramos a entrar en contacto, a un contacto despiadado con ese rato en el cual Somos uno, uno con uno mismo. Somos legión, como dice el diablo mismo. Somos ese cóctel de personalidades del que habla Oliverio Girondo, no Horacio Oliveira. Entonces ahí nos reconocemos impostergablemente libres. Nos reconocemos vivos eligiendo a cada paso y en el crecimiento emocional implicado. Nos reconocemos actores, agentes de esa vida que tenemos. Cada vez que somos enfrentados a una disyuntiva elegimos. Si nos cruzamos con un carro en una encrucijada de caminos, podemos dejar pasar al otro, podemos bajarnos con la espada en la mano y matar al rey prófugo, podemos matar al príncipe aventurero, podemos llegar a acuerdos, podemos hacer amigos, podemos quedarnos cautos, entender que no somos quienes dicen que somos. Vos que estás escuchando eso no sos quien dicen que sos, para bien o para mal, sos quien sos. La descripción del otro es una cárcel, es una cárcel confortable, como una especie de cárcel cristalina, translúcida, impenetrable, como una especie de pecera sin agua en la cual nos vamos asfixiando en este mar de gases al que llamamos atmósfera. Respiramos con estertores, mirando por ahí no movernos de ese molde, de ese cuarto creciente en el que somos encasillados por el afán heurístico y aplastante del otro que nos mira y nos dice: sos esto. Sí, quizás soy esto acá ahora con vos, quizás Somos esto ese ratito, pero nunca nadie es solo eso. Somos ese conjunto de cosas. Somos mucho mejores que lo peor que hicimos y somos mucho peores que lo mejor que hicimos. No nos define un acto, no nos define la palabra o la ambición del otro. Somos libres. Y en esa libertad vibramos y amamos y odiamos y lastimamos a otras personas y nos lastiman, y amamos y nos retiramos del amor, y nos animamos a enfrentar el amor que elegimos para nosotros, el amor que otros eligen darnos, el amor que estamos dispuestos a recibir. ¡Cuánta verdad en esa frágil frase que dice que uno solo acepta el amor que cree merecer! Solo aceptamos el amor que creemos merecer. Y es tan hermoso y doloroso y solitario ver cuánto más fácil, como trágica condena de dominación, es dar amor que recibirlo. Quizás en este capítulo, en este episodio insólito del podcast, de este podcast de esta temporada, pueda desearte a vos que escuchás y que llegaste casi al final del episodio, que des esta semana todo el amor que puedas y recibas todo el amor que te ofrezcan.










