
Leandro Stitzman explores what it takes to be brave in psychoanalysis and life. He contrasts necessary risks like falling in love with unnecessary ones like love-bombing, and argues that medicating anxiety without working through it is cowardice, not safety.
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Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Buenas tardes o buenas noches, dependiendo de cuándo estés escuchando esto. Este es un nuevo episodio y tal como había compartido con vos la vez pasada, Vamos a ver distintos temas que hacen a la práctica del psicoanálisis y que pueden servir como modelos, como ideas de rápida y fácil instrumentalización para el trabajo con pacientes. Y para vos, que quizás sos paciente y seas o no analista, te sirva para pensar algún aspecto de vos. Muchas veces oímos decir que el mundo está lleno de cobardes. Y vemos de manera frecuente combatir la cobardía con acciones que ponen a las personas, a los individuos, en riesgos innecesarios. Este parámetro es súper importante, la idea de un riesgo innecesario. El análisis se trata no de evitarle dolores al paciente, sino de evitarle dolores innecesarios. De igual forma, tanto con los pacientes como con los hijos o con los seres amados, no se trata de evitarle riesgos, sino de evitarle riesgos innecesarios, de evitar correr riesgos que no son necesarios correr. Por ejemplo, andar en bicicleta podría considerarse un riesgo necesario para un traslado, para un deporte, para una actividad. Andar en bicicleta sin casco, sin luces, sin señalética es un riesgo innecesario. Subirse a un auto y manejar puede considerarse un riesgo necesario. Hacerlo sin el cinturón de seguridad es un riesgo innecesario. Este es el espíritu del operador necesario. Hay muchas veces que Dolor, el riesgo del dolor es un riesgo necesario. Por ejemplo, en el amor, amar implica el riesgo necesario de salir con el corazón roto, de sufrir sucesivas desilusiones, frustraciones en ese encuentro maravilloso que se da con un otro, en ese momento en el cual volvemos a casa a la tarde, a la noche, cansados, y nos encontramos en el abrazo con ese otro al que amamos y nos ama. Esto permite abrir una especie de camino tripartito, de trípode, en donde una persona valiente es aquella que es capaz de reconocer el riesgo, sentir la experiencia emocional del miedo, y avanzar. Una persona cobarde es aquella que frente al peligro queda cegada por el miedo y se queda estúpida, paralizada. Una persona temeraria es aquella persona que frente al riesgo ignora la existencia del mismo, neglectea el miedo y acomete sin tomar los recaudos suficientes. Una persona temeraria se pone en riesgo a sí misma y a otros. Se puede amar de manera temeraria, conducir un carro de manera temeraria, practicar el psicoanálisis de manera temeraria. Se puede hacer de manera cobarde o de manera valiente. En general, las personas temerarias tienen un profundo desprecio por la seguridad propia y de los otros, y las personas cobardes tienen un profundo desprecio por el crecimiento. Un cobarde no puede crecer, un temerario no puede construir. La valentía no necesariamente implica someterse a situaciones que pongan innecesariamente en peligro. Por ejemplo, por ahí quizás algunos de ustedes me conocen en persona, otros no, pero no me caracterizo especialmente por tener una musculatura intimidante. Si me enfrentara a alguien como Dwayne Johnson o Schwarzenegger, eso habla de mi edad, pero a una persona entrenada en artes marciales, en boxeo, con una musculatura desarrollada, sería temerario de mi parte intentar enfrentarme en una pelea física con esa persona porque lo más probable es que yo salga innecesariamente lastimado. Por otro lado, si me enfrentara en un combate físico real con un niño de 7, 9, 10 años, sería cobarde de mi parte porque estaría quedando estúpido ante la existencia de la batalla física, porque no tendría con quién combatir. Ahora, si en lugar de pensar en términos de batallas físicas, que es la parte más trivial y casi estúpidamente animal del ser humano, lo pensamos en términos del encuentro con ideas, de la posibilidad de pensar, de la posibilidad de amar, hay una cosa que se llama bombardeo de amor o love bombing ahora, que tiene que ver con este afán de acometer y bombardear con regalos, cartas, mimos, atenciones, y después desaparecer. Eso es una forma de amar temeraria. Claro, no es amor en realidad, y entra dentro de lo que podríamos calificar como adoración, que lo que hace es despojar al otro de quién es y convertirlo en un objeto. En una cosa a la que se adora o idealiza en Menos L o Menos Menos L, como vimos la temporada pasada. Es también común, es también frecuente ver muchos analistas que ante la angustia o la ansiedad de los pacientes recurren rápida y prematuramente, prematuro, a la medicación para bajar la ansiedad o la angustia. Recuerdo hace muchos años una discusión con colegas en donde estábamos hablando con un analista en ese momento encumbrado. Yo era mucho más joven y hablando acerca de la importancia de trabajar con niños y de cómo trabajar con la ansiedad, este analista recomendaba primero medicar la ansiedad con un ansiolítico para poder bajar la ansiedad en el niño y después poder trabajar, porque si no, decía él, el niño no estaba en condiciones de poder escuchar, de poder recibir el análisis. A mí me parece una actitud cobarde. ¿Y por qué lo digo? Porque básicamente el análisis consiste en poder lidiar con ese tipo de situaciones, con poder lidiar con la ansiedad, la angustia, el dolor, y poder trabajar con eso. A Darío Sorda llamaba mucho la atención que a mí me gustaba el verbo lidiar, que tenía que ver con los toros de lidia, es decir, en un término combativo. Puede ser que sea un término combativo. Lo importante es si ese combate se construye de manera temeraria, de manera cobarde o de manera valiente. Es para mí una característica fundamental de los psicoanalistas ser valientes. Una frase de un cantante y poeta cubano que dice: los amores cobardes no llegan. A historias ni a nada se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar.
La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores. Ni a historias se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.
Hacer psicoanálisis es una tarea para valientes, analistas y pacientes. Se requiere valor.










