
The pandemic revealed how much people struggle with uncertainty, yet some felt calmer during lockdown without unpredictable social encounters. Psychoanalytic theories help us manage chaos but become addictive replacements for real observation. Modern communication has lost spontaneity: we now require pre-approval before contact, trading surprise and genuine intimacy for the illusion of control.
Chapters
Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Suite en A mayor. Movimiento 1: Pandemia. Tenemos todos suficientemente fresco lo que fue la pandemia. Y además, y por sobre todas las cosas, la decisión política de la cuarentena o del aislamiento social preventivo y obligatorio, dependiendo en donde estuvieras. Básicamente ese momento en el que todo el mundo cerró y la gente, los ciudadanos, fueron invitados formalmente a permanecer en sus casas para evitar el contagio mientras se tenía algún tipo de conocimiento mayor respecto de la enfermedad. A muchísima gente le afectó muchísimo la pandemia. Seguimos viendo en los consultorios y en la vida cotidiana múltiples implicancias de la pandemia en la personalidad, en los vínculos de personas. La forma de trabajar, la forma de trabajar en las oficinas, la forma de hacer análisis, la forma de hacer congresos, de dar cursos, grupos, de encontrarse. Esto a lo que se dio en llamar la virtualidad. Muchos chicos estuvieron sentados 2, 4, 6 horas frente a la pantalla de una computadora cuando nos decían que las pantallas destruían la capacidad de maduración de un niño, pero tuvieron que estar porque esa era la educación obligatoria. Ojo, esto no es ni a favor ni en contra, es meramente descriptivo porque estoy preparando el terreno para compartir con vos una idea, la idea de que a muchas personas que esperaban permanentemente la tragedia o que las cosas salieran mal, o que sufrían mucho del contacto social o de los encuentros, obtuvieron una excelente experiencia de la pandemia, de estar aislados, de no tener que juntarse. Y el nivel de vivencia de tragedia que sucedía en las calles favorecía mucho el encuentro de la realización con la expectativa. Algo horrible va a pasar apareado con algo horrible pasando. Este apareamiento trajo mucha tranquilidad a mucha gente. Mucha gente la pasó muy bien durante la pandemia, y no por mala, no, no por tener una hipertrofia de la hijoputés, que es un factor humano de primer orden, sino porque simplemente estaban esperando la tragedia que nunca llegaba, que en situaciones normales les producía muchísima ansiedad. Hay dos ideas que a mí me llamaron mucho la atención. Uno, la enorme cantidad de personas, de personas analizadas, incluso analistas, personas que trabajaban de analistas, pacientes, y personas sin análisis, los niveles de sorpresa por lo impredecible. Muchas veces el argumento era: yo tenía un viaje planeado. No, bueno, pero yo tenía este congreso y yo tenía— como si la planificación fuera garantía de realización. Y lo que se vio fue sobre todo la bajísima tolerancia a la frustración de expectativas que tienen en general las clases más pudientes, en donde piensan que simplemente por haber arreglado un viaje, un congreso, una vacación, un alquiler, un plan, un cumpleaños, un algo, eso se iba a tener que dar porque sí, porque era así. Y que incluso si yo tenía suficiente cantidad de plata disponible, podía comprarme ese espacio y el mundo se volvía previsible y controlable. Fue una sorpresa enorme, más que la muerte, que la verdad es que muchísima gente es sumamente poco empática con todas las muertes que sucedieron, salvo que les haya tocado de cerca, sino con la frustración de la expectativa, la baja tolerancia a lo azaroso, a lo incierto, a lo que no se puede controlar. La pandemia y la cuarentena o el aislamiento social llegaron de una manera que en general, y estoy hablando del 90% de las personas, no se lo esperaban, no se lo veían venir. Incluso muchos de nosotros pensamos que el aislamiento social no podía durar más de 2 semanas o 3 semanas. Fue muy sorprendente. Bueno, en Argentina duró bastante tiempo. Lo estoy diciendo, insisto, sin ningún tipo de connotación política ni ideológica ni nada, simplemente para pensar en esto y el enorme cambio que esto significó para personas que sentían que eso no podía pasarles a ellos. Otra idea estúpida que surgió en la pandemia, al principio de la pandemia sobre todo, fue que todos íbamos a salir mejores, más amorosos, más compañeros, más empáticos, que nos íbamos a ayudar. Y bastó salir de la pandemia para que se desatara una guerra cada 6 meses más o menos. La cantidad de violencia en la música, en el arte, en la política, incluso en los enfrentamientos bélicos, unos niveles de violencia y desgarro tan grandes como hacía mucho tiempo que no se veían, casi desde la Segunda Guerra Mundial o desde la Guerra de los Balcanes, que no se veían dolores semejantes. Como si el ser humano, nosotros como especie, no pudiéramos tolerar que alguien nos arrebatara la posibilidad de daño. No es un virus el que nos mata. No vamos a dejar que sea el virus este. Nosotros vamos a matar mucho más de lo que un virus es capaz de matar. Vamos a hacerlos mierda a todos. Esta apropiación sí tiene que ver con la hijoputés y con una manera de intentar controlar, de no tercerizar, de no dejar en manos del azar. Fíjate que no digo el destino, digo el azar. Lo imponderable de un mundo abierto, de los vínculos humanos, del amor, del odio, del conocimiento, del trabajo, del estar juntos. La pandemia en ese sentido sirve mucho para pensar qué hacemos las personas frente a la incertidumbre, frente a lo desconocido. Cuando nos enfrentamos realmente frente a algo que no esperamos y que no sabemos, y cómo rápidamente nos desarmonizamos, nos desangelamos, y de manera muy arrogante, lo más recalcitrante de nosotros, ese aspecto tan fanático, aparece y aflora viendo un montón de seguridades y certezas y luchas encarnizadas rumbo a la nada. El azar nos enfrenta con lo chiquititos, con lo pequeñitos que somos, vos, yo y todos los que nos rodean. Movimiento 2: Teorías. Las teorías, al igual que el significado, buscan por sobre todas las cosas intentar contener el azar del mundo. En ese sentido son sumamente útiles, pero más allá de útiles, eficaces y adictivas. Sí, las teorías son adictivas. Las personas desarrollamos fuerte adicción a las teorías, nos volvemos adictos a cierto tipo de organización del conocimiento, al que llamamos teorías. Las teorías vuelven predecible el mundo, nos dicen lo que va a pasar contra lo que fue, cómo se repetirá, nos permiten saber qué es lo esperable. Si lo pensás, cada teoría que conoces, cada teoría que usás, desde las teorías formales a las teorías que tenés acerca de vos mismo, dicen algo que favorece entender lo que va a pasar, te preparan para eso que va a pasar, te tienen listo. Muchos analistas dicen, muy abiertos de hombros, que no se puede trabajar sin teorías, que la teoría en psicoanálisis es tan fundamental como el agua para la vida. No puede haber vida sin agua, y cosa que es cierto, al menos no vida en el sentido en el que la biología contemporánea define vida. Y tampoco puede haber psicoanálisis sin teorías, sostienen muchos grupos de psicoanalistas. Yo pienso un poco distinto, pienso que no solamente puede haber psicoanálisis sin teorías, sino, y de manera pro y evocativa, casi que puedo sostener que no puede haber psicoanálisis con teorías. La teoría es una especie de antídoto contra la lucidez, para evitar pensar por cuenta propia. Las teorías son ese cajoncito que tenemos en el escritorio de nuestra mente que dice: sí, ya sé, sí, ya sé, ya lo pensé, ya sé cómo es esto, ya lo entendí, ya lo estudié, ya lo leí, ya lo dijo, y se lo dijo alguien que es muy importante, seguro tiene que ser verdad, no solamente en ese momento sino para toda la eternidad. Si lo pensás, el psicoanálisis es de las pocas ramas del conocimiento que mantiene todavía vigentes teorías que tienen más de 120 años y seguimos refugiándonos en esas teorías. La teoría de la pulsión, por ejemplo, la teoría del complejo de Edipo, la teoría del complejo de castración. Ojo, también teorías pertenecientes a otros frameworks, al framework estructural o al framework objetal, sistemas teóricos ontologicistas y causales que definen que contra lo que fue y por lo que fue fue, esto es lo que será, esto pasa por esto. Tenemos que encontrar la causa de tu padecimiento. ¿Cuándo fue la primera vez que sucedió esto? Y donde dice esto está el síntoma. Otra teoría enorme, la teoría del síntoma. ¿Cuántas teorías que usamos como especie de trinchera en la que parapetarnos del furtivo ataque de lo desconocido, a veces en forma de azar, a veces en forma de contingencia, y a veces, como una de las implicancias primeras del azar, en forma de novedad pura. Si nosotros armamos teorías, no solamente las que ya tenemos construidas, que importamos y que compramos en un todo por 2 pesos, sino y sobre todo las teorías que nosotros mismos armamos respecto de nuestros pacientes y respecto de nuestra propia personalidad— yo soy así, este paciente es así, a este paciente le pasa esto, dejamos de pensar, suspendemos la capacidad de pensar en pos del producto de ese ejercicio salvaje y tremendo al que llamamos pensar. Esto es más o menos lo mismo que veíamos en el episodio anterior, al comienzo de esta temporada, esta idea de que al pensar podemos crear mundos nuevos y que eso es agotador y que es mejor crear un mundo e irnos a vivir ese mundo y ya está, mientras el mundo siga vigente seguir operativos ahí. El tema es que tenemos un trabajo que es tan novedoso, tan azaroso, y hay tantos, tantos, tantos factores Fíjate que no digo componentes causales. Hay tantos factores que hacen a la función. Están todo lo que mi paciente sabe acerca de sí, todo lo que yo sé acerca de mí, todo lo que él desconoce acerca de sí, todo lo que yo desconozco acerca de mí, y todas las cosas que ni conocemos ni desconocemos, que simplemente no existen hasta este nuevo encuentro, cuando nos volvemos a encontrar y aparecen cosas que no estaban simplemente antes ahí. Esa novedad no puede ser encajada, enclaustrada en una teoría. Las teorías, cuando las usamos como antiparras para evitar el contacto con la realidad— y no, no me digas, no, las teorías no sirven para ver, las teorías sirven para dejar de ver, para reemplazar a la observación por la imagen de lo ya observado. Es como si en lugar de disfrutar del paisaje compráramos postales para ver la foto que otra persona tomó mientras estaba ahí mirando. Las teorías que, insisto, no sirven para ver y no sirven para pensar, sirven para estar tranquilos, para estar seguros, para alojarnos ahí donde ya sabemos que la cosa pasa. Hacemos teorías todo el tiempo, hacemos teorías acerca de quiénes somos, son teorías identitarias, teorías acerca de quiénes son las personas que amamos: nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros padres, nuestros hermanos. Y esas mismas teorías terminan reemplazando muchas veces a quienes amamos, incluidos a nosotros mismos. Las personas cambian, los vínculos cambian, nosotros cambiamos de maneras impredecibles, imprevisibles, inenmarcables. Ahora, también es cierto que la vida cotidiana se vuelve intolerable si uno no arma algún tipo de sistema teórico que después pueda descansar en algún confortable Parnaso fanático. Es importante reconstruir esto, entender a lo que recurrimos para saber que lo estamos haciendo y no morir desconfiados en cierto falso y autoinfligido confort. Al final del día, todo está cambiando todo el tiempo. No sabemos quiénes somos, sabemos quiénes fuimos. ¿Quiénes somos? Es siempre una pregunta hermosa. ¿Quiénes son los otros? También. El mundo está en novedad constante, no ahora, siempre. Nosotros somos novedad constante, bolitas de azar, destellos, cristalizaciones. Somos Emergentes de un campo. Cristalizaciones, perturbaciones, momentos, azar. 3. El llamado. Una de las actividades más lindas que había en mi infancia era cuando alguien venía a visitarte a tu casa de sorpresa. Llegaban, te tocaban el timbre y aparecían. En general traían masas, facturas, torta, algo para comer o algo para tomar. Pasaban, se quedaban una hora, una hora y media, y después se iban. Y había algo maravilloso en esa sorpresa. Incluso hasta habíamos aprendido a esperar a ver quién iba a venir de visita hoy, quién iba a venir a tocar el timbre. El sonido del timbre era una expectativa de un regalo maravilloso, el regalo de la otra persona. En mi adolescencia se puso muy de moda la comunicación telefónica. Hablábamos mucho por teléfono, horas horas por teléfono. Llamábamos por teléfono, en general había un teléfono por casa, y no todas las casas tenían teléfono. Y al llamar por teléfono, me acuerdo la vergüenza de tener que hablar con los padres de la chica que te gustaba y decir, hola, sí, buenas tardes, habla Leandro, ¿cómo le va? Sí, quería hablar con tal. Había algunas personas, algunos compañeros que decían está tal y eran más bruscos. En general formaba parte de comentarios y de ideas familiares. Cada familia tenía una dinámica particular en el hablar por teléfono. Había familias en donde había silencio que se respetaba y otras en donde se escuchaban los gritos, el alboroto. Dale, cortá. También influía mucho en la cantidad de hermanos que había. Pero sobre todo había una crítica y un reclamo muy grande de los padres de todos mis compañeros, los míos incluidos, que era: deja de hablar por teléfono y encontrate, juntate en un bar a charlar, anda a tomar un café. Además de que el teléfono costaba plata en ese momento, era caro hablar por teléfono, no era barato, no era algo que podías hablar horas y horas y horas y horas por teléfono y costaba lo mismo, no había tarifa plana. Entonces hablar por teléfono realmente era caro, no era lo mismo, y siempre había muchas cosas para hablar y para discutir. Final de mi adolescencia empezaron a aparecer los mensajes de texto, también los llamaban beepers acá en Argentina, pero eran como los pagers, en donde vos llamás a un número telefónico, decías que te querías comunicar con alguien, le sonaba un aparato que tenía en la cintura y con un número de teléfono, los más modernos era con algún tipo de mensaje, y vos llamabas a ese número. Con los mensajes de texto era lo mismo, había que contar los caracteres para no excederte, porque también tenían costo, y tipear en esos teléfonos con unos teclados donde había 3 o 4 letras por número. Eran todo, toda una aventura, la verdad. Y después empezó la mensajería instantánea. Aplicaciones, clientes como WhatsApp, Telegram, Signal, o Signal, IMs, Discord, Twitch, etcétera. Digamos distintas plataformas, distintas formas de mandar mensajes que tienen, cuestan lo que cuesta internet nomás. Entonces pasamos de encontrarnos en cafés de ir de visita a las casas a llamar por teléfono, y de llamar por teléfono a mandarnos mensajes, y después a mandarnos mensajes que se convirtieron en mensajes de audio. Gente que manda 5 minutos de mensaje de audio, 5 minutos, es decir, te obliga a asistir a 5 minutos de un monólogo, pero no te llama por teléfono. Y entonces vos después lo escuchás eso en 1.5x o en 2x o en 2.5x. O lo transcribís. Es muy extraño cómo se hace, a tal punto que hoy día muchas personas se ofenden y lo sienten como una invasión si vos llamás por teléfono sin antes mandar un mensaje. Entonces tenés que mandar un mensaje para preguntar si podés llamar por teléfono, y llamar por teléfono para preguntar si podés pasar a visitar, y pasar a visitar para arreglar, para encontrarte en otro momento. ¿Te das cuenta a lo que llegamos? Que queremos controlar tanto y confundimos privacidad con aislamiento, intimidad con secretismo. La intimidad es un vínculo emocional. La privacidad tiene que ver con una actividad privada que uno realiza, como el pensar, a diferencia de la publicación. Que es pública. Yo puedo pensar de manera privada y publicar ante mí y después publicar ante otros. Hay algo de lo privado que está muy, muy, muy dañado, en donde la gente piensa hoy día, nosotros como sociedad pensamos que nuestra privacidad y nuestra intimidad se ven vulneradas porque alguien te llama por teléfono sin preguntarte antes por mensaje si te puede llamar por teléfono. Como si simplemente no atender el teléfono no fuera una opción. O sea, no atiendas, o atendé y decí que no podés hablar y que hablamos después. Entonces se protocoliza tanto que la sorpresa del encuentro, cierto grado de espontaneidad, termina subsumido en una infinita planificación, que nada nos tome por sorpresa nunca. Queremos tener control de cada cosa, queremos sentirnos en control, que no haya una sorpresa, un timbre que diga hola, ¿qué tal? Buenas tardes, un llamado telefónico que diga ¿cómo andás? Muchas veces nos encontramos con la brusquedad del ¿qué querés? ¿Pasó algo? No, ¿qué va a haber pasado? Te llamo, te llamo por teléfono. ¿Por qué no se puede más ser espontáneo? ¿Ganamos en conexión, en contacto, o ganamos en distancia y protocolo? Terminamos muchas veces enterrando lo más hermoso de ser humanos, lo más placentero de la humanidad, en protocolos que aumentan la distancia, que abren como una cerca entre vos y yo. Una simulación de encuentro y nos vamos oxidando. La medicina dice que la función hace al órgano, es decir, que el órgano que no se usa se atrofia. Si alguna vez te fracturaste y te pusieron un yeso, sabrás a lo que me refiero cuando te lo sacan, que tenés los músculos de esa parte fracturada y que no usaste totalmente enchotecidos, achicados, disminuidos. Lo mismo pasa con el encuentro, con el amor, con la intimidad, con el juntarnos, con el ser grupo. Lo mismo pasa en los encuentros, como veíamos en el movimiento 1 de esta suite. Cuando tenemos encuentros virtuales, odio la palabra virtual, pero no es virtual el encuentro, es bien real muchas veces, o no. Y ahí está la ideología puesta en que el encuentro sea virtual. Tenemos un encuentro de un grupo de estudios, de un grupo de pensamiento, de una conferencia, de algo, y la gente se conecta con las cámaras cerradas. ¿Por qué te conectas con la cámara cerrada? Es como tener un encuentro presencial e ir con una bolsa de papel madera en la cabeza. Es una falta de respeto. Tengo algunos grupos, bueno, ya lo sabrás, y en esos grupos toda la gente tiene que tener la cámara prendida. Si la cámara no está prendida, la persona no puede participar del grupo. ¿Por qué? ¿Por qué estarías con la cámara apagada? ¿Cuál es la ganancia más allá de cierto afán de, bueno, mi privacidad? No me toques, no te me acerques. Ay, no, no, conmigo no. Vivimos tan protegidos, al pedo, tan protegidos estúpidamente del contacto que nos empobrecemos. Por eso, en lugar de pensar, tenemos ideas. En lugar de tener ideas, armamos teorías. Las teorías reemplazan la contingencia, y ni bien pasa cualquier cosa que no esperamos, cualquier cosa que nos sorprende, Ahí enseguida, inmediatamente colapsamos, se nos rompen los cristales, la torre de marfil en la que vivimos se derrumba y no sabemos qué hacer con el otro ni qué hacer con nosotros. Y volvemos a estar perdidos, indisoluble e irremediablemente perdidos. Yo no tengo una solución, no, no sé cómo se hace, pero Sé lo que puedo yo, vos, cada uno de nosotros ir eligiendo para nuestra vida. ¿Hace cuánto que no vas de sorpresa a la casa de alguien de visita? ¿O que alguien no te va a visitar de sorpresa? ¿O llamás por teléfono sin pedir permiso? ¿O atendés un llamado telefónico de alguien que no te pidió permiso para llamarte? Ahí, en esos pedacitos de encuentros, en esas cosas, aparece lo que somos capaces de hacer como humanos. Ahí nace la maravillosidad. La misma diferencia que hay entre coger en la vida real y coger coreográficamente como en el porno. ¿Te vas a entregar al encuentro? ¿Te vas a entregar al baile? ¿Vas a salir a bailar el mundo, canciones que no conozcas, con músicas nuevas que no escuchaste? ¿Vas a vivir en la exaltación de la Sara y el Misterio?










