
A psychoanalyst argues that whether analyst and patient like each other is irrelevant to the work. Lack of personal affinity can sharpen observation, while empathy risks trapping the analyst in surface content. The patient's only job is to show up; the analyst's is to maintain neutrality and treat any affective obstacle as a technical problem to solve.
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Esto es Framework, un podcast psicoanalítico. Es una preocupación tanto de pacientes como analistas: ¿qué pasa si un paciente me cae mal? ¿Qué pasa si le caigo mal a mi analista? La respuesta es tan simple como decepcionante: nada. No pasa nada si un paciente nos cae mal. Quizás lo único que pasa es que esto favorece el análisis. Lo pongo de otra forma: no es importante que los pacientes nos caigan bien. Es más, cuanto peor nos cae un paciente, o cuanto menos bien nos cae un paciente, en mejores condiciones estamos para poder observar aquello que está pasando. Los pacientes que nos caen bien suelen despertar cierto grado de empatía especular. Por empatía especular me refiero a estimular en nosotros cierto aire de quiero ayudarte, quiero que estés bien, qué interesante lo que te pasa, qué importante. Y de esa forma se estimula muchísimo el quedar presos del contenido manifiesto, de aquello que el paciente nos está contando, que despierta en nosotros simpatía. Cuando el paciente, en cambio, nos cae mal, es más simple relativamente hacer el esfuerzo necesario y disciplinado para alejarnos de lo explícito del contenido que el paciente trae. Hay pacientes que nos son ajenos, ni siquiera que nos caen mal, no llegan a caernos, son ajenos. No sabemos de qué hablan, de qué trabajan, de qué viven, qué hacen, qué aman. Y esos pacientes despiertan en nosotros la capacidad de explorar con genuina ingenuidad. ¿Qué es de ellos? ¿En qué andan? ¿Qué es de sus vidas? Esto es especialmente claro en, por ejemplo, América Latina, en donde gran parte de los países del continente se encuentran escindidos en diferencias políticas bastante polarizadas. Trabajar con pacientes que tienen una ideología política distinta a la nuestra suele ser un desafío para muchos analistas que no tienen la técnica adecuada para afrontar esta adversidad. Yo lo pondría en estos términos: es crucial poder explorar la ideología política del paciente, sea cual sea esta, tanto si nos es afín o contraria a la nuestra, para ver qué es lo que ahí se esconde, se esconde no en términos ontológicos, ni en términos de ahí se esconde la roca viva de la castración, se esconden idealizaciones, sino de hasta qué punto el paciente es en esa ideología, o esa ideología se convierte en trinchera o parapeto tras el cual el paciente se esconde o se protege y florece. Las contingencias son tan disímiles y variadas como pacientes hay en el mundo. Los pacientes no nos tienen que caer bien, los pacientes no nos tienen que caer mal, los pacientes no nos tienen que nada en absoluto. Los pacientes no nos caen, los pacientes son, y el hecho de que sean es más que suficiente para poder realizar la tarea analítica que tanto nos convoca, poder explorar con el paciente esos límites, esas pequeñas torceduras en las cuales ellos son, con independencia de cómo nos caen a nosotros. De igual forma, y esta es la parte más divertida, Tampoco es importante que nuestros analistas nos caigan bien a nosotros ni que nosotros les caigamos bien a nuestros pacientes. Al final del día, los analistas somos instrumentales a la tarea. Este es un tema que vamos a discutir más en el próximo episodio, pero lo importante en un análisis es la tarea, que es para lo que al final del día estamos reunidos paciente y analista, sea yo el paciente o sea yo el analista. Eso hace ya a un problema meramente de perspectiva, de qué lado del escritorio estoy. Los pacientes son por mérito propio y no habría que esperar que el paciente colabore o no colabore, asocie o no asocie, diga o no diga. Muchas veces enuncio la regla fundamental, esta especie de caballito de batalla, cliché, sticker de 2x2 provisto por el psicoanálisis clásico, como: diga o no diga usted lo que quiera, haga o no haga usted lo que quiera, muestre u oculte usted lo que quiera. Tengo un prejuicio en favor de mi integridad física, por lo que preferiría que esta no se viera implicada o amenazada, pero eso es solamente un problema instrumental dado que va a dificultar mi capacidad para realizar la tarea. De esta forma, no se trata de que el paciente haga o no haga, diga o no diga. Esta especie de acusación solapada en pasillos de tertulias y congresos del tipo el paciente no colabora o el paciente no asocia, lo que ponen en evidencia en realidad son las limitaciones técnicas del analista. El paciente no tiene que hacer nada más que ser y venir. Esa es su colaboración, esa es lo que lo convierte en el mejor aliado del analista, en el mejor aliado de la tarea analítica. Después está en nosotros Analistas, desarrollar y afilar y afinar y refinar las herramientas técnicas que favorezcan la exploración de ese paciente, haga lo que haga o deje de hacer lo que deje de hacer ese paciente. No se trata de lo que yo espero que el paciente haga, sino de lo que yo soy capaz de pensar, explorar y delinear de ese paciente haciendo. Piensen, si no, en todo el tiempo, todas las veces que en ámbitos extraanalíticos hay expectativas respecto de nosotros: que seamos lindos o feos, gordos o flacos, inteligentes o estúpidos, que seamos buenos o malos, que seamos simpáticos o serios, que seamos adultos o infantiles. Cuando en realidad uno sería esperable que fuera a análisis a simplemente ser, sin tener esta expectativa, al punto tal que muchos pacientes en análisis profundo, que es un epíteto al final del día, se sienten desangelados al encontrarse con la ausencia de expectativas por parte del analista. Quieren satisfacerlo, quieren gratificarlo, y esto es imposible por porque no hay satisfacción posible de alguien que no está esperando nada más que la existencia. La tarea del paciente es ser paciente, y a nosotros no debería caernos esto ni bien ni mal, no debería hacernos más o menos simpático. Y en el caso de que esto suceda, habría que considerarlo siempre como un obstáculo técnico, siempre como una especie de esmerilado de nuestra capacidad observacional para el trabajo verdadero y profundo e infinitesimal. Imagínense que un paciente nos cayera especialmente bien o mal y esto determinara nuestra capacidad analítica. Con lo ermitaños que aprendemos a ser los analistas en este especie de trono glorificado que es el consultorio, en donde por algún motivo somos escuchados y la gente valora lo que tenemos para decir, que es una situación absolutamente artificial y extraña. La cantidad de pacientes que serían pasibles de análisis serían mínimos. Porque seamos honestos, ¿cuánta gente nos cae realmente bien? ¿Con cuánta gente sentimos verdadera empatía si tenemos un poco desarrollada nuestra personalidad y un poco mutilada por la deformación profesional que implica el trabajo? De igual forma, si no pudiéramos trabajar con personas que que nos caen mal, también se limitaría muchísimo la tarea. Por eso vale la pena hacer una refrescadita y pensar al paciente como una persona que está dispuesta a exponer su dolor, su vida, y a pensarse, y no en términos de varones o mujeres, niños, adultos, viejos, Jóvenes, homosexuales, heterosexuales, transexuales, cualquier cosa sexual, ricos, pobres. Los pacientes son personas y lo que está en juego en una sesión de análisis es la vida y la muerte. Lo mismo que en un análisis.










