En este extracto Millan Ludena narra en primera persona cómo, tras un diagnóstico de epilepsia en la infancia, llegó a aceptar durante décadas la idea de que no podía hablar fluidamente. Describe esa creencia como una "verdad absoluta" que limitó su aspiración de ser speaker, y reflexiona sobre cómo el cerebro resuelve problemas y no pretextos, proponiendo un cambio de enfoque ante las quejas.
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Y ahí me di cuenta, yo ya lo entiendo mejor como estudiante de psicología, ahí me di cuenta que quizás 37 años de mi vida, 38, el hecho de no poder hablar era para mí un pretexto condenatorio. Me diagnosticaron epilepsia de pequeño y creo que en algún rato vinculé la epilepsia con el no poder hablar fluidamente. La puse en calidad de verdad y normalmente uno no cuestiona las verdades, sino las desafías y por lo tanto era una verdad absoluta. Hasta que dolió, porque en ese rato estaba yo en una posición de no poder hablar, queriendo ser speaker y en medio una especie de gran roca de mi habilidad para hablar. Y ahí me di cuenta que el cerebro resuelve problemas, no pretextos. Por eso es que cuando nos quejamos no pasa nada, porque yo supongo que el cerebro lo que dice es OK, güey, y ya está, no es mi problema. ¿Sí que? ¿Qué más? ¿Y con eso qué hago?