Ep 3. Aprendamos a soñar. ANORMALES, de Millán Ludeña.

Millán Ludeña (host of Anormal) argues for reviving childlike wonder and the courage to dream big. Using anecdotes from visits to schools and contrasts between children’s expansive ambitions and adults’ tendency to downsize dreams, he traces how socialization and protection lead adults to accept smaller goals and issues a motivational call to reclaim exploratory curiosity and persistent effort.
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Hola, hola. Mi nombre es Millán Ludeña y esto es Anormal. Es un podcast en el que nos sentamos a conversar acerca de todos esos momentos en los que nos sentimos que no encajamos en los moldes y de cómo eso en realidad es algo espectacular. Últimamente hemos estado visitando full colegios y universidades, pero sobre todo colegios, visitando y compartiendo con niños entre 7 u 8 años la historia de Franco Artuzón. Y hay algo muy curioso, ¿Sabes? Cuando contrata estas experiencias con las conferencias empresariales, las reacciones son un poquito diferentes. Por supuesto que a los chicos les encanta escuchar historias del desierto del Sahara o en el Polo Sur o la Antártida o los puntos más extremos en el planeta, pero quizás una de las razones por las que se conectan tanto es que ellos están pensando en aventuras igual de grandes, absurdas, espectaculares, por un tema de asombro. Básicamente. Ellos se imaginan en la luna, se imaginan en la Casa Blanca descubriendo la cura contra el cáncer o ganando un premio Nobel o un Oscar o lo que sea. Así que cuando escuchan del récord Guinness o cuando ven el primer lugar en el Giro de Italia o un ecuatoriano que llegó al Manchester, les brillan los ojos y se enciende algo dentro de ellos porque se ven reflejados en estas personas porque saben que también pueden y tienen la intención de hacer cosas grandes. Pero aquí la pregunta a ver, si estos seres tan pequeños con sueños que llegan hasta el cielo pueden proyectarse con tanta claridad para hacer cosas espectaculares y se dan la autorización de intentarlo, ¿Por qué nosotros los adultos no podemos hacerlo? Conozco miles, bueno, cientos quizás, de casos de personas que de niños querían cambiar el mundo entero, ser astronautas, científicos, presidentes y demás. Yo a los 5 años quería ser artista, a los 8 quería ser pandillero, quizás a los 11 quería ser ingeniero. Pero ahora nadie se atreve a verbalizar estos sueños en dimensión. ¿En qué momento, oye, dejamos de ser suficientemente pequeños para soñar en algo grande? ¿Qué número de velas soplaste en tu pastel que fue el que te quitó el derecho a creerte? Extraordinario. Cuando somos pequeños, nuestra existencia se basa en el descubrimiento del mundo. ¿Somos ávidos, somos máquinas de preguntar, de explorar todo lo que desconocemos es aceptable preguntar por qué? Cuatro veces después de cada pregunta. ¿Y por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué? Y apuntamos con el dedo a cada esquina y queremos saberlo todo para darle sentido a este mundo incoherente. Pero pasan los años, crecemos, se extiende nuestro léxico, leemos más libros, comprendemos por qué el centro de la Tierra nos atrae. Entendemos la gramática, la fotosíntesis. Entendemos un pocotón de cosas. Ya chequeamos varias listas mentalmente hablando y las preguntas se van agotando. Llegamos a cierto punto en nuestras vidas que nos cansamos casi de preguntar tanto. Solamente llegamos a un porqué, quizás al segundo, pero hasta ahí. Simplemente comenzamos a aceptar reglas y dejamos de cuestionar. Dejamos nuestra licencia de exploradores. ¿Y ahora? Y ahora toca ser normal. Nuestros padres empiezan a empujarnos y convertirnos y motivarnos para que seamos realistas. ¿Pero saben qué es lo más curioso? Que nada de esto ocurre con la intención de limitar nuestro potencial o coartada, nuestros sueños. Lo que nuestros padres quieren en realidad, que es gente que nos ama, es que seamos felices. Pero más que cualquier otra cosa, quieren protegernos. Quieren aplanar el camino para nosotros armarnos con rodilleras, con cascos. Y ellos tocan sus propias cicatrices y solo quieren ahorrarnos el dolor. ¿Cuál es la forma de vivir con menos dolor? Ser normal, pues. Encajar. Soñar un un poquito más pequeño, un Oscar, ¿No? En el país. ¿Pero hacer esto, lo otro, no? ¿Y por qué no buscamos una cosa más, entre comillas, realista y empieza a pasar de sueños a retos y retos casi de juguetes? Con el tiempo, el Oscar se achica, el sueño se va olvidando. Comenzamos a vivir el día a día cumpliendo sueños de repuestos, llenándonos de retos, pero que no nos retan. Entendamos que los casos excepcionales no lo son por iluminación divina o porque se les entregó todo en bandeja de plata. No, señores. Los casos extraordinarios lo son porque le pusieron armadura a sus sueños. Resistieron todos los intentos de hacerlos chiquitos. Tuvieron el coraje de mantenerlos vivos. Nunca dejaron de creer y nunca dejaron de pensar que podían ser extraordinarios. Y se pusieron en acción. Debemos hacer el esfuerzo consciente, amigos, de revivir nuestro sentido de explorar, de cuestionar, de encontrar respuestas y pasiones, mantener ese niño interno vivo y empezamos a creer que todo lo podemos lograr porque ese niño sí lo creía. Solo que han pasado años y nos estamos olvidando que la luna, que la Casa Blanca, que el Nobel, que eso es todo, eso está en la punta de nuestros dedos. Pero solo necesitamos esfuerzo, dedicación real, resalto, dedicación real para intentarlo, para buscarlo, para caernos. Porque al final del día solo necesitamos volver a creer en nosotros Como ese niño chiquitito que estaba convencido que lo podía hacer todo, que estaba decidido a comerse el mundo que no le habían dicho que era imposible, que no estaba repleto de expertos en nada, rodeado de sicarios, de sueños. Ese niño que sabía que podía hacer lo que siempre quiso y que sólo esperaba convertirse en adulto para intentar empezar a mover un dedo para darle sentido a su propia vida. ¿En qué momento ese niño que todavía existe lo mandamos a la esquina? Porque solo necesitamos volver a creer en nosotros como cuando éramos niños.










