LA FÓRMULA DE LO IMPOSIBLE | TEDxCUENCA

Millan Ludena shares what he learned running extreme races across the Sahara, Patagonia, and Antarctica. His formula for the impossible: focus, a strong team, spirit, and smart risk management. He challenges you to stop playing it safe.
Questions this video answers
240 kilómetros
160 kilómetros — finished in about 58 horas
100 kilómetros — finished in 16 horas, 4º lugar
89 grados centígrados (speaker's stated figure)
Chapters
Él es Pablo. Y por primera vez estaba viendo un hombre morir al frente mío. Estábamos en el desierto del Sahara y Pablo, al igual que todos, recibió una botella de agua. Pablo resolvió ser conservador y abrirla y tomarla de sorbo en sorbo, muy lentamente. La organización lo encontró botado en medio de la nada. Estaba al borde de la muerte y tuvieron que ponerle 5 sueros para que viva. Era la primera noche. Se estaba muriendo en el Sahara, pero con una botella de agua llena. Y esa cosa que parezca absurda fue lo que me lleva a la reflexión de la botella de agua que tenemos todos aquí. Es una botella llena de sueños, de motivaciones, de habilidades, de conocimientos, destrezas, conexiones, pero que muy pocos estamos atreviéndonos a tomarla. Y si la tomamos, la estamos tomando muy lentamente. El problema es que no sabemos cuándo nos vamos a morir y tampoco sabemos a qué velocidad debemos tomar esa botella de agua. Soy de Guayaquil y me crié en un barrio marginal, bastante pobre, con limitaciones en alcohol, drogas, pandillas, el acceso a servicios básicos y demás. Mi Mamá, a los 11 años, nos reunió con mis hermanos y nos hemos trabajado junto a tu padre toda la vida, pero no vamos a alcanzar a dejarles un patrimonio interesante. Vamos a apostarles a la educación. Esa tarde fui a jugar pelota allí en mi barrio, y vi este mural y decí si el reto no te hace temblar las piernas, quizás no es lo suficientemente grande para ti. Yo a mis 11 años, ni siquiera entendí esto. Lo entendería años después, cuando me cambié a Quito. Y yo ya corría más o menos en Quito dos kilómetros. Quizás para impresionar alguna pelada, algo así. Pero me cambio a Quito y Llego a correr 5 kilómetros en un mes. Me emociono y voy a inscribirme en una carrera. Y el señor de la tienda me mira, diez, veinte, cincuenta y ochenta kilómetros. Diez y veinte están llenos. Si quieres cincuenta y ochenca kilómetros. Y yo le dame cincuenta, pues entonces. Y el man me da cincuenta y me meto en un relajo imposible en mojanda, en Imbabura. 50 kilómetros que no tenía idea cómo hacerlo. Cuando llego a la carrera, todo el mundo estaba equipado. Era como una especie de linternas Bob, mochilas, bastones y demás. Yo llevaba un mes en la capital y fui con camisetas sin mangas, pantalonetas chiquitas zapatos ahí y con una chompa amarrada como los pelados en el colegio, así metido para hacer 50 kilómetros. Ahí me di cuenta que no sabiendo, estaba parado. Y bueno, al final del día, yo voy a correr 10 kilómetros. Así que en el 10 me retiro. Efectivamente, en el 9 me retiré. Jungman me dice, no, no, no. No puedes botarte cuando te dé la gana. Estás en montaña. En montaña se botan en ciertos puntos. ¿Y el siguiente dónde queda? En el kilómetro 15. Y ahí entiendo. El primer elemento en esta fórmula se llama enfoque. Tenemos que tener un propósito. Yo estaba en el kilómetro 9, en medio de la nada, en un problema del tamaño de 50 km. No me quedó nada más que enfocarme en llegar a los 50 kilómetros. Si no tenemos un propósito en la vida, estamos perdiendo el tiempo. Si hoy se despertaron y no tienen claro por qué vinieron, están perdiendo el tiempo. Si no pueden responder por qué se despertaron la semana pasada, seguramente están perdiendo el tiempo. Regreso. El problema es que no sabemos cuándo nos vamos a morir. Y tienen esa botella, pero no Sabemos cuándo utilizarla. 15 horas después, acabo esta carrera desbaratado, destrozado. Soy el último en llegar contento, pero con una gran si. Las personas crecemos cuando enfrentamos a nuestros miedos. Me quedo con esa duda. Y seis meses después, Patagonia, Argentina, 160 kilómetros. Mi cálculo alegre. A ver, si ya corrí 50. Esta vaina es como hacer unas tres vueltas más. 10 de yapa, resuelto. Resuelvo esa multiplicación, me embarco en esto, compro el pasaje, me inscribo. Seis meses estaba en la Patagonia. 160 kilómetros, que las cago en 58 horas. No me quedó claro cómo la acabé, pero la acabé ahí, muriéndome. Dos días después, solamente repetía lo que la gente hacía. Si paraban en un riachuelo a coger agua, yo hacía lo mismo. Si los manes sacaban unos polvos y le ponían ahí y hacían un batido, yo, que no cargaba eso, les oye, ¿Y qué es eso? No es proteína para ni sé qué cosa. A ver, deja ver, deja ver. Y probaba. Y así iba rebotando 58 horas. Una desgracia completa. Regreso a Ecuador, agarro confianza y digo, bueno, pues veamos a ver qué hay. Y así como uno busca cosas importantes, cuánto quedó Barcelona, el vestido de las Kardashian o cualquier cosa, yo puse la carrera más difícil en el mundo. No para hacerla, sino por sapo. Y esto me lleva al desierto del Sahara. 240 kilómetros en el lugar más caliente de la Tierra. Discovery Channel le había dado el premio a la carrera más difícil del mundo. Y yo, que no era un corredor ni profesional ni a tiempo completo, quería hacerla. Y me embarco en esta aventura. Pero sabía que para esta aventura había que armar un equipo. El segundo elemento en la fó tienes que armar un equipo. No hay forma de hacer cosas grandes solo. Es interesantísimo esta parte, porque me toca hacer una reunión entre fisioterapia, físico, alimentación, fisiología y psicología. Todo un equipo técnico. Ninguno de mis cinco amigos había experimentado un desafío tan grande como ir al Sahara. Pero teníamos un elemento en com el reto profesional. Cuando tú logras que las motivaciones individuales se unan en una colectiva, estás realmente creando un trabajo en equipo. Y así llego al primer día. Este creo que es el mejor resumen de la vida. Vamos, vamos, vamos Ecuador. Ahí te motiva. Solo vamos. Una hora después sobre Duna. Entonces he vuelto a apoyarme en los metatarsos sobre las ampollas para dejarlos descansar a los talones. Y así. Así pasaré creo que el resto del día. Así pasé el resto del día. Porque el entrenamiento estaba claro. Déjame seguir avanzando en esto nada más. El entrenamiento estaba claro. Aunque yo había entrenado nueve meses, siete meses en Guayaquil, corriendo zapatos. Corriendo con zapatos, sin medias para que se me hagan ampollas. Porque la clave era que se me revienten los pies para tener una capa grande para que pueda aguantar el calor de la arena. A mí el vallenato no me gusta. Y yo iba escuchando esa vaina horas en Guayaquil al mediodía, porque me estaba entrenando mentalmente para la que se me venía. Y según yo. Y según yo, las ampollas me iban a salir en el día tres. Panas me salieron en el día dos. Ahí están mis pies reventados. Seis ampollas. Tuvieron que cortarme con un bisturí, hacerme un hueco, hacer el borde. Me empapelaron los pies. Yo no podía caminar. Llevaba 80 km. Y me senté a llorar porque el sueño se me había acabado. Me faltaban 160 kilómetros y no tenía idea cómo hacerlo. Pero al siguiente día entendí que hay una fuerza mucho más fuerte que el propio cerebro o que la propia mente. Se llama espíritu. Esa llama interna que es la que marca seguir tu sueño. Tu única responsabilidad en el mundo al final del día debería ser hacer cosas que tú quieres hacer y que por lo tanto son tus propios sueños y obviamente tu propia responsabilidad. Seis días después acabo. Y estos son los 20 minutos, 20 metros más importantes de toda mi vida. Por sus palabras, por su confianza. Lo logramos. Sí se puede. Hace un año, un año atrás era una locura. Todo el mundo me dijo que era imposible. Pero te das cuenta que si sigues tus sueños y los trabajas brutalmente en algún rato lo vas a conseguir. Y te sientes Rambo, pues, no. Y te sientes Rambo y dices, Ya, Pues si ya acabaste en el lugar más caliente de la Tierra metámonos al más frío. Y nace esta aventura. La Antártida. 100 kilómetros en el lugar más frío del planeta. Aquí está el 90% del hielo del mundo. Aquí se ha registrado la temperatura más baja de la historia de la humanidad. 89 grados centígrados. Y este mono que no había pisado nieve que no había vivido un invierno de verdad, un invierno macho que su concepto de frío era el aire acondicionado quería meterse a correr. 100 kilómetros. Y habíamos sufrido tanto en el Sahara que el elemento de riesgo en la fórmula era indispensable. Había que poner ese elemento en esta fórmula para hacer cosas imposibles e identificamos dos riesgos. El primer riesgo, no podía parar porque sencillamente me congelaría. Y el segundo, conectado al primero, es que no podía detenerme a orinar. Adecuamos bolsillos en la malla y probamos toallas. Yo me probé las 14 toallas sanitarias del país. Las 14. Estaba buscando la más delgada, la más absorbente, la de mejor agarre y todo porque si se me regaba el orines se me iba a mojar esto y se me hacían llagas. Iba a bajar esa velocidad y me congelaría. Comprenderán que estaba en el Polo Sur y no había vuelta atrás. No había una operación suficiente. Y así llego a la Antártida. Ahí estaba. Minutos previos yo sabía que abría esa puerta y no había vuelta atrás. Cien kilómetros me esperaban. Y empieza la carrera. Y le doy. Lamentablemente paro dos veces. La primera en el kilómetro 6, creo, por un tema de zapatos. Lo pude resolver rapidito, unos 4 minutos. Y la segunda se me complicó el tendón en la rodilla. Tuve que bajar la velocidad. Me empecé a congelar. Había llevado unas jeringas para autoinyectarme, por si acaso. Pase eso y efectivamente pasó. En esa duda ¿Me inyecto? No me inyecto, ¿Me inyecto, no me inyecto? 22 minutos, estaba completamente congelado. Me inyecté, la pierna se me calentó, pero sí me faltaban más jeringas para el otro cuerpo. Ya me dolían los hombros, los codos, las muñecas, caderas, rodillas, tobillos, todo. Era un infierno. Logré correr por fin y me prometí a mí mismo no volver a parar hasta que llega a la meta final. Llego a la meta final después de 16 horas, no por rápido, llego en cuarto lugar, sino porque quería salir de ese infierno. Pero la cago. Me convierto en el primer ecuatoriano y me meto en un grupo de 14 personas en el mundo que han sido capaces de correr más de 100 kilómetros en el lugar más caliente de la Tierra y más frío del planeta. Y orgullosamente ahí hay un ecuatoriano. Y de ahí muchas gracias. Y de ahí empieza esta vocecita Y si ya corriste en el lugar más caliente de la Tierra, y ya corriste en el lugar más frío de la Tierra. ¿Y ahora? ¿Y ahora qué? Y digo, metámonos pues entonces al más profundo del planeta y conectémoslo con el más cercano al sol. Y el más profundo está en Sudáfrica. Y de ahí queríamos correr 21 kilómetros, salir a la superficie, tomar un vuelo, llegar a Ecuador y conectarlo con el punto más cercano al sol. Y al final del día, la pregunta ¿Qué hacemos? ¿Qué fórmula utilizar? Pues la misma fórmula de siempre, iré, que habla de futuro, que habla de avance, que habla de que sí lo voy a poder hacer. No es una fórmula perfecta, pero sí me ha venido funcionando hasta ahora. Y bueno, como uno es pobre pero antojado, hizo esa aventura y bueno, hagamos una película. Y hagamos una película ecuatoriana de talla mundial. Y ahora, orgullosamente ya está en carteleras y la estamos compartiendo porque es una experiencia inolvidable. Solo para terminar, amigos, quiero dejarles una pequeña pregunta nada más. Todos tenemos límites aquí. Todos. Y tenemos dos caminos. El primero, adecuamos nuestra vida a esos límites. Vivimos sin hacer mayor cosa y con nuestra botella llena y muchas veces sin destaparla, así como Pablo. Y la segunda, entendemos que la vida es efímera, que no sabemos cuándo se va a acabar, cuándo se va a acabar y que nuestra responsabilidad efectivamente es vivirla empujando cada vez esos límites, quizás con la fórmula de lo imposible. Al final cada uno decide qué hacer con ellos.










