153- Lo social reside en los pliegues de cada individuo (Serie Historia)
11 Jan 2024 · 43 min
Bernard Lahire's metaphor of "folds" argues that the social isn't outside us but woven into our psyches. The episode traces how society shapes the individual through Simmel's urban isolation, Elias's civilizing processes, and thinkers like Durkheim and Freud who struggled to bridge psychology and sociology. The self and society aren't separate: the "we" creates the "I".
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La sociedad en lo más íntimo. Esta cita de Bernard Lahaye, un historiador, me gusta mucho: lo social no se reduce a lo colectivo o a lo general, sino que reside en los pliegues singulares de cada individuo. Entonces ubicamos a cada individuo con sus pliegues y lo social está metido ahí. Detenernos un momento sobre el filósofo, sociólogo y crítico alemán Georg Simmel, que nació a mediados del siglo XIX y murió en 1918. ¿Por qué? Porque Simmel insiste sobre el hecho de que, en materia psíquica, la frontera que se supone separa lo social de lo individual es de las más porosas. En su época, que era también la de Freud, se tenían estos dos campos bien delimitados. Simmel estudió los efectos sensibles de la ciudad moderna, que era Viena, sobre el psiquismo de los habitantes de la ciudad en un texto famoso que es Las grandes ciudades y la vida intelectual, 1903. Toma entonces, ya lo dije, Berlín como ejemplo. El sociólogo describe el proceso de metropolización de la sociedad, y subraya cuánto la vida de la ciudad, ruidosa, intensa, eléctrica, se está inscribiendo en las inervaciones más profundas de los individuos. El surgimiento de las grandes ciudades, afirma Simmel, ha contribuido a la formación de un perfil psicológico específico que nosotros, nosotros aquí ahora conocemos muy bien, sobre todo viviendo en la Ciudad de México. Él habla de la intelectualización de las relaciones sociales, de la impersonalidad de los intercambios cotidianos, así como el carácter reservado de los ciudadanos, los habitantes de la ciudad. Señala la hiperestimulación sensorial, la intensificación de la vida nerviosa, que llevaron al hombre de la ciudad o la mujer de la ciudad, al ciudadano, a preservarse mucho de las agresiones constantes que provienen de su entorno y también de las amenazas que pesan sobre su integridad. Y señala la reserva típica del ciudadano, la desconfianza. Incluso lo vemos en el día de hoy, cuando uno sonríe a un desconocido, una desconocida en la calle, es visto como algo extraño, algo digno de desconfianza. Esa desconfianza tiene un papel, tiene una función, que es mantener una distancia física y psíquica con la multitud de personas que le rodean al ser de la ciudad. El ser de la ciudad se hace disponible o no. Esa es la modificación del comportamiento del ser humano de las ciudades, cuando el ser rural era, pues, estaba disponible, ¿no? No era raro llegar a la casa sin ser anunciado, sin planearlo, y se vuelve hastiado. En francés decimos blasé, en inglés to be jaded. Se vuelve ese ser típico que se hastía, se cansa, porque su sensibilidad se embota al estar estimulada todo el tiempo por la congestión, por la multitud. Ahí he puesto a dos imágenes de personas hastiadas que conocemos. Aquí, esto es una publicidad de una marca de ropa para el frío. Dice ella: ¿Blasé, hastiada? No, yo nunca. Mecánicamente, y en lo que respecta a la vida rural, la metrópoli moderna favoreció el anonimato y la impersonalidad de los intercambios. Generando ciertamente libertad, pero también aumentando la soledad. Quisiera hacer un apartado sobre la soledad porque descubrí un estudio de una epidemióloga china que se llama Melody Ding. Ella habla de su propia soledad cuando era estudiante en Estados Unidos y a partir de su propia vivencia de la soledad genera todo un estudio en la Universidad de Sydney Yo escuché su presentación. Ella habla de la soledad como una epidemia social y hace preguntas muy interesantes: ¿a cuántas personas afecta la soledad en el mundo? ¿La soledad ha incrementado a lo largo del tiempo? ¿Son algunas personas más sujetas a sentir soledad que otras? Dean y sus compañeros de investigación han conseguido reunir a 57 estudios observacionales sobre la soledad analizada en 113 países y territorios entre el 2000 y el 2019. Perdón, entonces es un estudio muy extensivo. Y en esta intervención, que recomiendo mucho que vean, explica que la creencia común es que alrededor de 1 de cada 12 personas en el mundo experimenta la soledad a un nivel que puede conducir a problemas de salud grave. Hay algunas cifras y algunos gráficos que proporciona el estudio donde se muestra que los países del norte presentan las tasas más bajas de soledad, con solo el 2.9% de su población en jóvenes y el 2.7% de adultos de mediana edad. Y los países de Europa del Este han detectado más signos de soledad que cualquier otro lugar de Europa, un 7.5% en adultos jóvenes, un 9.6% de adultos de mediana edad y hasta 21.3% de los adultos. Ella misma, Melody Dean, se refiere a otra compañera, la doctora Michelle Lim, quien muestra que la soledad es la combinación de factores de riesgo y factores que disparan. La soledad puede ser provocada por acontecimientos de la vida como mudarse de casa, cambiar de trabajo, convertirse en padre, madre, jubilarse, perder un amigo o un ser querido. Y estos factores desencadenantes interactúan con factores de riesgo personales, cosas como nuestra edad, vivir solo, tener menos recursos financieros o haber emigrado de un país diferente. Incluso cómo y por qué usas las redes sociales puede aumentar tu riesgo de experimentar soledad. Las más vulnerables, las personas más vulnerables a la soledad crónica son las que enfrentan barreras estructurales, dice Michelle Lim. Por ejemplo, la salud puede ser una barrera estructural importante para las personas que experimentan soledad. Las condiciones de salud mental, como el trastorno de ansiedad social, puede impedir que las personas que se conecten por miedo a las situaciones sociales, creando un ciclo de soledad. Los problemas de salud física, por ejemplo, aquellos que pueden causar problemas de movilidad o dolor continuo, pueden impedir que las personas salgan y se conecten con los demás. Este apartado ya termina respecto de la soledad. Me pareció interesante hablar de estos estudios actuales. Y regresando a Georg Simmel, Simmel analiza cómo la presencia masiva, que es en esa época reciente, en esa época la presencia de relojes es reciente en las ciudades, esa presencia refuerza las expectativas relacionadas con la puntualidad, mientras que la monetización de los intercambios consolida el espíritu de cálculo y la racionalidad del comportamiento, reduciendo así el grado de espontaneidad e impulsividad de los habitantes de las ciudades. Se vuelven más calculadores. Y finalmente, este tipo de depersonalización social generalizada tiende a producir un sujeto cada vez más ansioso de afirmar la autonomía y la especificidad de su existencia. Es el contrapunto. Es decir, es deseoso de hacerse visible, de distinguirse para ser reconocido por los demás. Eso muestra, en resumen, hasta qué punto la economía psíquica del habitante de la ciudad se encuentra impregnada de estas amplias dinámicas sociológicas. Quiere hacerse visible, quiere distinguirse. Vemos aquí en esta presentación, ese impulso a ser visto de manera original. Y ahí Simmel, en otra obra, habla de la moda, de la importancia de la moda, porque la moda permite seguir una corriente, pero también distinguirse. Entonces, es ir a ver más allá del individuo y la sociedad. El individuo presocial no existe. El ser humano no existe antes o fuera de la sociedad. Los hombres solo se convierten, los humanos se convierten en individuos, para bien o para mal, dentro del marco de una sociedad particular. Por tanto, nada es más engañoso que colocar en primer plano del análisis a un individuo aislado y preeminente, como anterior al mundo social, concebido como una especie de sistema cerrado en el centro del universo humano, separado por una especie de muro invisible de un llamado medio ambiente, siempre considerado en segundo plano. Esto equivale a apoyar la hipótesis de la existencia de una profunda división entre lo que sucede dentro del individuo y lo que sucede fuera. La sociedad ya no se considera como telón de fondo. En verdad, solo podemos comprender al individuo en el marco de su vida colectiva, de su convivencia inmediata y permanente con los demás. Por eso no podemos seguir creyendo que las ciencias psicológicas podrían contentarse con estudiar este original puro, este yo original puro, mientras que dejarían a las ciencias sociales el análisis de este segundo yo, entrando solo a posteriori en contacto con los demás y el mundo social. Recordemos también este hecho absolutamente esencial: la sociedad no es tanto externa al individuo actuando desde afuera, como también y sobre todo dentro de él, actuando desde adentro. O para decirlo de otra manera, lo social no está tanto fuera de la vida de los individuos, sino dentro de ellos, y más que fuera de ellos. Están dentro de ellos más que afuera. Y esto porque en este ser permanentemente socializado que es el individuo, la sociedad fue interiorizada. Muy tempranamente en forma de disposiciones a pensar, a actuar, a sentir de tal o cual manera. De ahí la tenaz ilusión que consiste en pensar que la sociedad actúa como un ente externo. Esta forma de experiencia de uno mismo es un producto tardío de la historia. En ningún caso ha existido en todas las épocas ni constituye la forma evidente de autoconciencia en todas las sociedades. Al contrario, es típico de estas sociedades altamente individualizadoras en las que vivimos hoy, que tienden a distinguir de manera clara entre el mundo interior y el mundo exterior, a separar el adentro y el afuera, afuera oponiendo así, como si fuera obvio, el sujeto y el objeto. Esta estructuración psíquica, predominantemente solipsista, que consiste en experimentar la propia persona como una especie de yo sin nosotros, sigue siendo de hecho el producto de una larga historia colectiva. Sin embargo, para quienes exploran estos procesos de subjetivación, es decir, la constitución del sujeto en las tramas de la historia, fue con el Renacimiento cuando la identidad del yo comenzó a emerger lentamente. Fue entonces en la época clásica que surgió esta manera de entenderse como ser singular y autónomo, ya no principalmente como un miembro de familia, de una familia, de un clan, de un grupo social. Aquí vemos, para quienes tienen el video, las ilustraciones que elegí: La Primavera de Botticelli, La Gioconda de Da Vinci. El problema es que esta representación egocéntrica de la sociedad centrada en el hombre y su entorno ciega hoy a los científicos y frena considerablemente el progreso científico. Esto nos deja prisioneros de una falsa representación, de este esencialismo espontáneo que opone lo social a lo individual, como el exterior del interior, el objeto del sujeto. Sin embargo, solo la historia puede emprender con precisión esta labor de desnaturalización que revela bajo esta base de evidencia la arbitrariedad que las generó y gobierna de manera sostenible nuestras divisiones disciplinarias. Hemos visto la división entre psicoanálisis e historia, la división histórica, lo hemos visto en episodios pasados y sesiones pasadas. Porque efectivamente de esta concepción naturalizada surge el largo divorcio entre la sociología, la psicología la división de la que hemos permanecido prisioneros durante demasiado tiempo. Mientras que algunos, por un lado, han tendido a reducir lo social a lo psicológico, por otro lado, hay quienes se han esforzado demasiado en explicar lo social por lo psicológico. Como sabemos, algunas personas, algunos consideran la sociedad sobre todo como una asociación de individuos separados Mientras que otros ven la sociedad como mucho más que una suma de individuos. Mientras que en la tradición freudiana, por ejemplo, siempre tendemos a considerar los factores psicológicos como datos primordiales en los que se basa toda la vida social, encontramos, entre otros, entre la mayoría de los durkheimianos, los seguidores de Émile Durkheim, la actitud opuesta que consiste en presentar los hechos sociales, lenguaje, normas, religión, como si tuviera una naturaleza propia, sui generis, distinta de los hechos psicológicos, como si los hechos sociales pudieran explicarse por hechos sociales antecedentes y nunca por hechos psicológicos. Aquí podemos hacer una pausa, les recomiendo pausar el video y preguntarnos: ¿Para mí es la sociedad una asociación de individuos separados o bien es la sociedad mucho más que una suma de individuos? Hacemos una pausa un momento Les recomiendo que puedan escribir en sus cuadernos o donde tomen notas qué piensan al respecto hasta aquí. ¿Qué pensamos o qué decimos cuando pensamos que, o afirmamos más bien, que la sociedad no es una familia? Como nadie antes, Freud destruyó completamente la ficción filosófica de un individuo libre de tomar sus decisiones. Ya que continuó retratándolo como ignorante de las determinaciones inconscientes de sus acciones. Sin embargo, su enfoque de las relaciones individuo-sociedad tan marcadas por su época no le permitió percibir suficientemente toda la socialidad y la historicidad que se encuentran en el corazón del tema. No podía, no prestó atención suficiente, atención a la forma en que las variaciones sociales e históricas en las estructuras y formas del ejercicio del poder influyeron en la economía psíquica individual a lo largo del tiempo. Esa idea de tengo el poder, obviamente, acabó con ella, pero no pudo, no tenía los elementos para tomar la justa medida de esas variaciones sociales e históricas. Es importante ubicar la fabricación social de los individuos. El problema es también que después de Freud siguió a todo el psicoanálisis un grave déficit de atención a la fabricación social de los individuos. De hecho, desde el principio, el psicoanálisis tendió a hacer de la sociedad algo externo al individuo, más un obstáculo que una fuerza creativa, pero también a pensar esencialmente en la sociedad como un punto de vista del individuo. A riesgo de haciéndolo su propio dios. Es una concepción atomizada y postasiada de la sociedad que nos engaña. Sin olvidar que este tipo de muros históricos, lentos pero seguros, levantados entre el mundo interior y cada individuo, el mundo interior de cada uno y la sociedad que lo rodea, también han impedido al pensamiento psicoanalítico captar el superyó como producto histórico de una sociedad. No es del todo cierto, el psicoanálisis se interesa en el superyó, pero es la dimensión del superyó y su conexión con, o como producto, su concepción como producto histórico de una sociedad. Y así vislumbrar hasta qué punto, en términos más generales, el inconsciente individual se relaciona con una historia que es a la vez social e íntima. De ahí esta primera pregunta: si el inconsciente varía históricamente, ¿no es en primer lugar porque lo social, y no solo lo familiar, está internalizado en las profundidades de la psique individual? Y porque aquello que llamamos lo social es completamente, del inicio al final, la historia. Es este el esfuerzo por tender un puente entre lo individual y lo social. Ojo, no puede caer bajo ninguna caricatura o malentendido, porque sería muy injusto sugerir que Freud y todo el psicoanálisis posterior a él ignoraron la fuerza de lo social. Solo es necesario subrayar el importante lugar que se concede a la sociedad en el análisis de los sueños, de los actos fallidos, en el estudio de la formación del yo, las limitaciones del superyó, cuando se pregunta qué educación elegir para el niño o cómo conciliar las demandas pulsionales del individuo con las demandas de la civilización. Todo eso Freud subrayó energéticamente, perdón, la forma en que las demandas sociales participan en la formación de las neurosis. Y en algunos aspectos Freud incluso dio origen a una forma de sociología psicoanalítica. En Psicología de las masas y análisis del yo , atribuyó un origen específicamente libidinoso, libidinal más bien, a la sociabilidad o a los fenómenos de masas. La oposición entre psicología individual y psicología social, que a primera vista puede parecer muy importante, pierde gran parte de su agudeza si la examinamos en profundidad. Ciertamente, la psicología individual tiene como objeto el hombre aislado, trata de saber por qué medios intenta obtener la satisfacción de sus impulsos pulsionales, pero al hacerlo, solo en raras ocasiones, en condiciones excepcionales, puede ignorar este hecho. En la vida psíquica del individuo aisladamente, el otro interviene muy regularmente como modelo, apoyo, adversario, Por tanto, la psicología individual es también desde el principio y al mismo tiempo una psicología social, en ese sentido perfectamente ampliada y justificada. Las relaciones del individuo con sus padres o con sus hermanos y hermanas, con su objeto de amor, con su maestro, con su médico, por tanto, todas las relaciones que hasta ahora han sido objeto de investigación psicoanalítica pueden pretender ser consideradas como fenómenos sociales. Más tarde, en El malestar en la cultura, 1929, la libido convertida en eros es descrita como esa fuerza vital que une y conecta a los individuos, cimentando la sociedad como principio fundamental de agregación y solidaridad humana, que se opone a la pulsión de muerte que promueve la agresión y el conflicto, desintegra los vínculos sociales, reabre el camino a la bestialidad. En su esquema de psicoanálisis considera también Freud que las grandes instituciones de la religión, el derecho y/o la ética tienen como objetivo hacer posible el dominio por el individuo de su complejo de Edipo y derivar su libido de sus conexiones infantiles hacia las conexiones sociales, que es finalmente deseadas. Si bien debemos reconocer al freudismo el haber subrayado la extrema importancia de la constelación familiar en el desarrollo del niño y en el peso, y el peso de la primera infancia en la explicación del comportamiento humano, no podemos dejar de apoyar las críticas sociológicas que la acusan de reducir constantemente todo lo social a la familia, en particular su propensión a reducir la mayoría de las relaciones sociales al único triángulo original constituido por el padre, la madre y el niño. Ciertamente, si las experiencias de la primera infancia son tan importantes es porque aquí la familia es el agente de la sociedad, en el sentido de que es ante todo a través de ella como cada ser humano aprende a descubrir la sociedad y a integrarse en ella, estableciendo un cierto horizonte de posibilidades de lo pensable y lo deseable. Pero no podemos descuidar todos los demás marcos e instancias de socialización y resocialización que configuran al individuo incluso en sus relaciones inconscientes: escuelas, iglesias, círculos profesionales, políticos, culturales, deportivos. Lo que de otro modo desaparece del análisis es toda la complejidad de lo social, la extrema variedad de las propiedades sociales de los actores. Todas las figuras sociales se han convertido por decreto en sustitutos del padre, la madre, el hermano o la hermana. Como escribe Norbert Elias, Freud descubrió que el proceso colectivo de la relación padre-madre-hijo tiene una influencia determinante en la estructuración de los impulsos elementales y la formación de las funciones del autocontrol en la primera infancia. Pero una vez formados, le parecía que estos seguían su curso independientemente de todos los demás procesos colectivos en los que cada uno permanece atrapado desde la niñez hasta la vejez. Como resultado, según Freud, las funciones del autocontrol, el yo superior, el ideal del yo, operan con absoluta autonomía. Pero los niveles de la estructura de la personalidad que permanecen muy directa y estrechamente vinculados a los procesos colectivos en los que participa una persona, en particular la imagen, el ideal del yo, van más allá de su horizonte. Cualquiera que fuera su contribución a la comprensión de los vínculos que conectan a los hombres entre sí todavía concebía en gran medida a los hombres como individuos aislados. Esa es la crítica de Norbert Elias. En muchos aspectos, el tratamiento psicoanalítico, por su propio sistema, ha valorado tanto la dimensión psicofamiliar que ha acabado por oscurecer sectores enteros de la vida social de los pacientes, que sin embargo merecían encontrar un lugar ahí. Por eso, Abraham Kardiner, en su estudio sobre Harlem y su minoría afroamericana, dijo que quería romper con lo que llamó la investigación del sofá, del diván, que se basa en una toma de palabra considerada en su especificidad individual y que no toma en cuenta la sociedad sino tras bambalinas. Aquí la obra de Kardiner está señalada: El individuo y su sociedad, 1939, Las neurosis traumáticas de guerra, 1941, Las fronteras psicológicas de la sociedad, La marca de la opresión, mi análisis con Freud. Según él, el objetivo debe ser diferenciar la economía psíquica de los individuos según estratos sociales, géneros o generaciones. Este es también el significado de una disciplina como el sociopsicoanálisis. Aquí vemos a uno de sus representantes más importantes, Erich Fromm. Saber articular mejor en la historia de un sujeto la forma en que lo psicofamiliar y lo psicosocial interactúan a lo largo de la existencia y de manera muy diferente según los contextos históricos, los marcos sociales, los universos culturales más amplios en los que se inserta el individuo. Recordemos también de paso que protegerse contra cualquier concepción mutilada de lo social significa saber no reducir al individuo solo a su clase social, sino pensar en él en la encrucijada de otros principios sociales de diferenciación: afiliaciones sexuales, identidades generacionales, tradiciones educativas, solidaridad territorial, hábitos profesionales, adhesiones religiosas. Solo así podremos comprender mejor la plena influencia de lo social en la génesis de las neurosis y las psicosis. Ese es el punto de vista del psicólogo análisis llamado sociopsicoanálisis. Vamos a hablar ahora del tema del sujeto como, como no isla. El sujeto no es una isla. Una vez más, tomemos a Norbert Elias como guía en este laberinto de viejas y a veces vertiginosas controversias, porque él mismo nunca dejó de querer constituir una ciencia unitaria del hombre. Capaz de liberarnos de la ceguera producida por estas limitaciones disciplinarias y la excesiva especialización de la investigación. Queriendo, como buen nominalista, escapar de esta polaridad irreal, el individuo y la sociedad existen solo como dos entidades distintas solo en el nivel del lenguaje, esta es la polaridad. El sociólogo alemán recuerda que toda sociedad está por encima de toda una sociedad de individuos, es decir, tejida a partir de vínculos de dependencia recíproca. Lo que, por tanto, implica pensar en el individuo y la sociedad ya no como sustancias distintas, instancias distintas, sino como procesos continuos, pasando del pensamiento sustancialista al pensamiento relacional, que refleja relaciones más que objetos. Existen múltiples interdependencias recíprocas. Son como configuraciones que vinculan a los individuos entre sí sin que ellos sean conscientes de ello la mayoría de las veces. O dicho de otro modo, es considerar a los individuos a partir de las interdependencias sociales en las que están atrapados desde antes de su nacimiento: familia, clase, generación, nación, que participan en forma de hábitos de la formación de la estructura de su personalidad. Por eso también debemos esforzarnos en estudiar las configuraciones de los individuos interdependientes, porque somos plenamente parte unos de otros. El mundo social es ante todo una red de relaciones basadas en un equilibrio móvil de tensiones. El yo sin el nosotros no existe. Más bien, el nosotros actúa como un terreno nutritivo para el yo. Y volveremos sobre esta cita. Aquí se concentra toda una sección de los ataques de Elías, eliasianos, hacia el psicoanálisis, como contra la mayoría de las teorías de la psique, la falta que consiste en minimizar constantemente la dimensión social y histórica de la psique. Y esto se debe a que no hemos guardado de manera sistemática el intento, no hemos alimentado, no lo hemos logrado Básicamente romper con la costumbre de pensar la sociedad desde el individuo, además de ver en ella solo la suma de los individuos que la componen. De esta visión atomista habría resultado, según Elías, una forma de incapacidad del psicoanálisis en general para tomar conciencia de que los procesos históricos colectivos tienen una estructura y una dinámica capaz de influir en la economía psíquica individual incluso en las capas más profundas de las pulsiones. Vamos a volver sobre esta idea de que el nosotros actúa como un terreno nutritivo para el yo. Lo que es importante recordar para Elías es que el nivel del yo y el nivel de nosotros de una persona están inextricablemente entrelazados, porque el yo sin el nosotros no existe. Más bien, el nosotros actúa como un terreno nutritivo para el yo. Contrariamente al psicoanálisis freudiano, recuerda aquí en qué medida las diferentes formas de identidad colectiva: lengua, comunidad, barrio, región, nación, continente, forman parte de la identidad personal. La imagen y el ideal de nosotros, compuestos de elementos personales, apropiaciones de fantasías colectivas, estructuran la identidad. Estructuran la identidad de una persona, tanto como su imagen y su yo ideal. En psicoanálisis, esta sobrevaloración del yo en relación con el nosotros no solo está ligada al contexto sociohistórico del desarrollo de la teoría freudiana, sino que también es fruto de una larguísima historia europea que continúa hoy en día en nuestras sociedades, porque son cada vez más individualistas y están marcadas por el auge de patologías narcisistas. Hemos visto en la sesión anterior el interés de estudiar la historia del narcisismo y les he dado una referencia muy interesante que probablemente dé pie al próximo círculo de lectura. Y así se puede alejar uno de la visión esencialista para sustituirla por un enfoque decididamente genealógico e histórico. Entendemos, se entiende con facilidad esa base de evidencia de finales del siglo XIX, la especie de visión naturalizada de las relaciones individuo-sociedad de las que Freud tomó prestado, y que fue en realidad el resultado de 3 procesos históricos. Eso seguimos con Norbert Elias, a gran escala. Características del desarrollo de— esos 3 procesos son característicos o son las características del desarrollo de las sociedades burguesas industriales. Es el proceso de individualización, de privatización y civilización. El proceso de civilización es la idea principal desarrollada en La sociedad de los individuos de Norbert Elias. También descrita en el esclarecedor prefacio de Roger Chartier. Dice así: la concepción del yo separado y autónomo que plantea el mundo social como externo a él, incluso hostil, nació en una etapa particular del proceso de civilización que exige mayor severidad en el dominio del comportamiento individual y un riguroso autocontrol de la conducta pública. Por lo tanto, esta dualidad fundamental entre el sujeto y el mundo, entre el individuo y la sociedad, pensadas como dos realidades heterogéneas y separadas, constituye también la base de la filosofía clásica, la del Cogito cartesiano en particular. No sería, por tanto, nada más que el resultado histórico del proceso de civilización que entre finales de la Edad Media y siglo XIX exigió a los occidentales mediante cambios según los países y los entornos, un control cada vez más estricto de los impulsos y las emociones que se logró en parte a través del paso del límite social al límite autoimpuesto. El segundo punto es el proceso de privatización o la lenta profundización histórica de la separación entre conducta pública y privada. Este proceso se caracterizó por la progresiva formación en la era moderna de una esfera privada y por una conmoción del hábitat, es decir, privatización del dormitorio, de la cama, exigencia de un cuarto de baño para ocultar la desnudez, invención de baños, etcétera, que permitiendo una relajación respecto de las reglas cada vez más estrictas que rigen el comportamiento público, se convirtieron en el refugio de la intimidad. Los individuos comenzaron así a buscar de manera más intensa que antes espacios de recogimiento, asilos interiores, lugares que permanecieran secretos y cerrados, donde ocultar sus emociones a los demás, donde canalizar sus impulsos rebeldes. En estos espacios detrás de escena de la vida social, detrás de esos muros donde ahora uno se esconde de la mirada del mundo exterior, y la autoconciencia y la de la propia singularidad se afirman cada vez más. Aquí vemos el título, el número 3 del trabajo de Philippe Ariès y Georges Duby, Historia de la vida privada. La primacía de los valores de la interioridad se fue estableciendo poco a poco y ancló la idea de que la verdad de los seres se sitúa en el secreto de su intimidad y en lo más íntimo de lo íntimo, su sexualidad. Este, en cierto modo, es el fundamento histórico que permitió el nacimiento de la mirada psicoanalítica, de la mirada clínica. Uno lo dice claramente, Elías: el diván habría sido inimaginable antes del siglo XIX, el dispositivo de la cura, de la relación analítica. Y el tercer punto es el proceso de individualización que describe Norbert Elias. El antagonismo entre individuo y sociedad también debe mucho al endurecimiento de las interdependencias sociales entre los individuos, aceleradas aún más por la urbanización y la industrialización en el siglo XIX. Esto resulta, como lo vio Simmel, lo vimos con Georg Simmel, en el surgimiento de esta forma de autoconciencia específica marcada por el sentimiento creciente de la propia diferencia. Podemos añadir que la oposición individuo-sociedad es también sintomática de la era de las sociedades liberales y democráticas y de sus desilusiones. Al abrir el espacio de posibilidades a los individuos, al empujar al individuo a destacar, estas sociedades abiertas e igualitarias, como se supone que son las sociedades democráticas, amplifican estructuralmente las frustraciones. Y la amargura de los individuos enojados contra un mundo exterior considerado injusto y cruel. En resumen, son estos 3 amplios procesos sociohistóricos mezclados en la experiencia de los actores, distintos en el análisis posterior al hecho, los que dieron origen a esta concepción moderna del individuo como un ser separado. Ahora bien, esta representación, una vez naturalizada, convirtiéndose en una especie de evidencia, nos ha dejado siempre la sensación de una separación de conciencias y la existencia de un profundo abismo entre el sujeto, el individuo tomado aisladamente, y el objeto. Aunque debemos saber, como dice Cornelius Castoriadis, que aquí vemos que el sujeto no es una isla, que nada es peor que actuar como si nuestras conciencias estuvieran aisladas. Separadas por océanos infranqueables. Aquí cito a Castoriadis. ¿Cómo es? ¿Cómo se ubica el individuo en los pliegues de lo social? Para salir mejor, para salir del callejón sin salida, Bernard Lahire supo mostrar la extrema utilidad de la metáfora del pliegue para pensar de manera diferente acerca de la articulación de lo singular y lo colectivo. Si imaginamos el espacio social en todas sus dimensiones: económica, cultural, política, religiosa, sexual, familiar, como una hoja de papel, entonces cada individuo explica, la ir es comparable a una hoja arrugada. El individuo siendo el actor producto de una multitud de operaciones de plegamento e internalización de lo social. De modo que encontramos en cada individuo, aquí está el texto de la portada del texto de Bernard Lahaye, encontramos en cada individuo el espacio social arrugado, plegado de manera singular siempre, única. Sin embargo, es precisamente este entrelazamiento siempre particular entre lo social y lo individual, lo que debería interesar tanto al psicólogo como al sociólogo o al historiador de las singularidades. Sin olvidar, añade Bernard Lahire, que esta metáfora del pliegue permite captar que lo que es interior, lo interior, lo mental, lo cognitivo, lo subjetivo, no es otra cosa que el exterior, no es diferente del exterior en este estado plegado. Grupos sociales, estilos de vida, instituciones. Lo de adentro es un pliegue de lo de afuera, ahí en referencia al Foucault de Georges Deleuze, Gilles Deleuze, perdón. Para comprender el adentro solo hay una solución: hacer un estudio más fino, más detallado y más sistemático posible del afuera. De modo que explorar la economía psíquica individual es sobre todo aprender aprehender, con hache, la realidad social en su estado arrugado, internalizado, plegado, ya no solamente en su estado desplegado, abierto, exteriorizado. Aquí encontramos esta poderosa intuición foucaultiana que, según Gilles Deleuze, siempre consideró el interior como un pliegue del exterior. Lo que, en lo que respecta al psicoanálisis, equivale a recordar que el sujeto no puede ser considerado como una sustancia universal y abstracta, sino siempre como una forma históricamente determinada, resultante de una relación específica y fechada de uno mismo con los demás y de uno mismo consigo mismo. Lo histórico-social no solo actúa sobre el individuo en el nivel consciente, sino en toda la profundidad de su economía psíquica. A lo largo de tiempos, lugares, ambientes, en su labor de socialización de los impulsos en particular, lo sociohistórico hace oscilar los límites del consciente y del inconsciente, evolucionar las normas, prohibiciones y tabús, ya que afecta las figuras, los procesos y los complejos propios del inconsciente. De modo que existen, como ocurre con la memoria o la afectividad, marcos sociales del inconsciente. Además, si el psicoanálisis, como muchas otras disciplinas, se hubiera protegido antes contra la inanidad de la oposición heredada de lo individual y lo colectivo, se habría asegurado de que una oposición estricta entre el inconsciente individual y el inconsciente social no tiene cabida. Y vamos a concluir sobre esta reflexión para iniciar un diálogo, una reflexión personal. Lo de adentro como un pliegue de lo de afuera. Lo interior, lo mental, lo cognitivo, lo subjetivo, no es más que el exterior en estado plegado. Más adelante estaremos reflexionando acerca del concepto de habitus con Bourdieu, visualizando su dimensión del sujeto y el habitus social en la economía psíquica. Hablaremos también de la cultura como un sistema estandarizado de defensa. Tendremos una referencia a Clifford Geertz, el antropólogo, y Ruth Benedict, y evidentemente Lévi-Strauss. Pero eso será más adelante. Por hoy nos detenemos aquí sobre esta idea de los pliegues, el individuo en los pliegues de lo social. Muchas gracias.
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