177- “¿Quién es la más bella...?” : narcisismo materno y conflicto generacional
23 Apr 2025 · 25 min
A psychoanalytic reading of Snow White using Bettelheim's framework, focusing on the jealous queen as a narcissistic mother who cannot bear her daughter's emergence. The analysis maps the tale's symbols onto developmental stages and contrasts the tragic Greek myth archetype with fairy-tales' capacity for transformation and autonomous selfhood.
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Muy bien, en este seminario es la sesión 8. Estamos con el psicoanálisis de los cuentos de hadas, en especial el personaje de la reina celosa en Blancanieves y el mito de Edipo, y Blancanieves en la segunda parte. Espero que hayan leído los capítulos antes de escuchar este esta entrega, porque no tiene el mismo efecto en absoluto. Y bueno, antes de adentrarnos en el análisis del capítulo La reina celosa en Blancanieves y el mito de Edipo, que así se titula el artículo de Bettelheim, creo que conviene recordar los ejes principales que Bettelheim ha desarrollado en las primeras secciones de su obra Psicoanálisis de los cuentos de hadas. De cierta forma, hacer un Recap. Este recorrido no solo contextualiza la lectura de Blancanieves, sino que permite entender la coherencia profunda de la propuesta del autor. El valor terapéutico del cuento de hadas está puesto en evidencia en este trabajo, en esta primera parte que hemos recorrido a lo largo de los meses. Bettelheim plantea que los cuentos tradicionales no son simples fantasías infantiles, sino construcciones simbólicas que permiten al niño proyectar, elaborar y transformar sus conflictos internos más profundos. En un lenguaje accesible pero cargado de resonancias arquetípicas, nos muestra que el cuento ayuda al niño a enfrentarse a la ansiedad de separación, al miedo a la muerte, al deseo de crecer y a los celos fraternales, entre otros temas. También hemos visto que Bettelheim hizo hincapié, hace hincapié sobre la estructura psicoanalítica del relato. Se inspira en Freud y en la teoría de las etapas del desarrollo, y sostiene que cada cuento, y sostiene Bettelheim, que cada cuento dramatiza de forma velada pero eficaz un momento crucial del desarrollo emocional. El héroe o la heroína representan al niño en formación, y los obstáculos que enfrentan, los ogros, las brujas, las madrastras, los lobos, encarnan las pulsiones internas y las figuras paternas ambivalentes. A través de la identificación con el protagonista, el niño puede ensayar simbólicamente la resolución de sus conflictos. Esta es una de las virtudes más importantes de los cuentos de hadas. También hemos visto que aborda una y otra vez la separación, el tema de la separación de los padres y el proceso de individuación, que es un tema recurrente en los capítulos anteriores. Y ese tema recurrente ha sido la necesidad del niño de separarse psíquicamente de los padres para constituirse como sujeto. Este proceso, que conlleva angustia, culpa y deseo de autonomía, aparece encarnado en relatos como Hansel y Gretel, donde el abandono en el bosque, por ejemplo, y el enfrentamiento con la bruja simbolizan la entrada en el mundo del deseo propio y la lucha por sobrevivir a la ausencia materna. También, en cuarto lugar, la dialéctica entre el bien y el mal sobresale en la primera parte del libro porque Bettelheim muestra que la simplificación maniquea de los personajes en los cuentos, el bueno y el malo, la bella y la fea, la madre buena, la madrastra malvada, no corresponde a una visión ingenua del mundo, sino a la necesidad de clarificar internamente los afectos confusos y ambivalentes que el niño experimenta. Y esta polarización permite nombrar y manejar emociones intensas sin quedar atrapado en la confusión. El último y quinto punto para hacer ese recap es el de la dimensión edípica en los cuentos. Por último, Bettelheim ha ido introduciendo paulatinamente la idea de que el complejo de Edipo, este deseo amoroso hacia uno de los progenitores y el rechazo celoso del otro, ha aparece de forma desplazada, simbólica y transformada en muchos cuentos de hadas. Esta estructura subyacente se convierte en el eje de análisis del capítulo que ahora nos ocupa en este encuentro, en esta sesión octava, que es el tema de Blancanieves. La reina celosa en Blancanieves y el mito de Edipo es el título que Bettelheim da al artículo del libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Y en este capítulo Bettelheim despliega una lectura psicoanalítica de gran densidad conceptual y simbólica del cuento de Blancanieves. Lejos de tratarse de una simple rivalidad entre una joven bella e inocente y una madrastra malvada, el autor revela que esta historia esconde en sus pliegues narrativos una conflictiva edípica de fondo. En su análisis, la figura de la reina celosa aparece como una madre primitiva ambivalente que no tolera el proceso de individuación de su hija y cuyo narcisismo herido desencadena una espiral destructiva. El cuento se convierte así en una escena psíquica donde se dramatiza el conflicto generacional, la angustia de castración y el paso de la dependencia infantil hacia la autonomía simbólica. El primer punto que quiero abordar es el universo edípico de los cuentos de hadas. Dice Bettelheim, afirma: muchos cuentos de hadas se refieren también a los problemas edípicos de los padres. Uno de los aportes más significativos de Bettelheim consiste en haber desplazado la mirada exclusivamente infantil del conflicto edípico hacia la subjetividad de los padres. Y en esta lectura, los cuentos de hadas no solo representan el drama del niño frente al deseo parental, sino también el conflicto interno de los progenitores ante el crecimiento del hijo, su deseo de independencia y la amenaza simbólica que esto representa. Muy importante tema. Y esta perspectiva rompe con la concepción de una figura parental homogénea y protectora. El adulto como el niño se debate también. Con sus propios fantasmas inconscientes. El deseo de exclusividad, la angustia ante la pérdida de poder, la dificultad de aceptar la sucesión y la madurez del hijo configuran un segundo plano narrativo que es menos evidente pero es igualmente determinante. El segundo punto que sobresale en el análisis de este capítulo aborda los celos maternos de la madre a la madrastra y afirma Bettelheim, Blancanieves nos muestra cómo un progenitor, la reina, se muere de celos porque su hija al ir creciendo es cada vez más superior a ella. Y la figura de la madrastra, símbolo, es un símbolo del arquetipo materno negativo, condensa los afectos destructivos que toda madre en su lado sombrío puede experimentar frente al florecimiento de la hija. Este conflicto, lejos de ser una caricatura del femenino malvado, pone en juego una verdad profunda: la dificultad de algunas madres en acompañar el despertar sexual, social y subjetivo de sus hijas sin sentir que su lugar, su identidad, su belleza están amenazadas. El espejo mágico es aquí el objeto transicional que confirma la fantasía narcisista de la reina y que también la traiciona. Al anunciar la supremacía de la joven. Esta escena constituye una condensación simbólica de la pérdida de la omnipotencia materna, vivida como una herida narcisista imposible de tolerar. El tercer punto aborda, toca el tema del desplazamiento del drama edípico hacia los padres, y Bettelheim afirma: El miedo de la reina a que Blancanieves la supere es el tema central del cuento de hadas, que lleva erróneamente el nombre de la niña, al igual que el mito de Edipo. Es una jugada conceptual brillante. ¿Por qué? Porque Bettelheim cuestiona el título mismo del cuento. Según su interpretación, el verdadero eje dramático no está en la heroína, sino en la reina. Del mismo modo que el mito de Edipo se centra en la figura del hijo, pero está sustentado por las decisiones catastróficas de Layo y Yocasta, el conflicto central de Blancanieves es la dificultad de los padres para aceptar la ley de la sucesión, de la separación y de la transmisión. Y Bettelheim revela que este tipo de narrativas no solo sirven para elaborar los fantasmas infantiles, sino también los conflictos internos del adulto, a menudo inconscientes y negados, muy inconscientes y negados. Pero omnipresentes en su función parental. En el cuarto punto, Bettelheim aborda una comparación interesante, la comparación con otros mitos: Tántalo y Pélops. El mito de Tántalo es uno de los relatos más perturbadores de la mitología griega. Sirve como paradigma del exceso, la transgresión, el castigo eterno. Su figura encarna la hubris, Es decir, en griego, la hubris, es decir, la desmesura del humano que pretende equipararse a los dioses, y sobre todo la traición dentro del orden familiar y divino. Es posible que lo ubiquen perfectamente y es posible que no. Entonces prefiero recordar quién era Tántalo. Tántalo era un rey, según algunas versiones era el rey de Lidia o de Frigia. Y uno de los hijos de Zeus. Zeus entonces era privilegiado entre los mortales y gozaba del favor divino. Era admitido en los banquetes del Olimpo, pero esta posición de cercanía a los dioses no lo condujo a la gratitud, sino a la arrogancia. Y existen varias versiones sobre sus crímenes. Es probable que el mito haya integrado con el tiempo diferentes elementos simbólicos. Robar el néctar y la ambrosía de los dioses. Tántalo habría sustraído los manjares sagrados del Olimpo para ofrecérselos a los mortales, quebrando así el límite entre lo humano y lo divino. O revelar los secretos de los dioses. Habría traicionado la confianza de los dioses revelando sus decisiones y confidencias a los hombres. En tercer lugar, habría realizado el crimen más atroz: el sacrificio de su hijo Pelops. La versión más inquietante del mito relata que para poner a prueba la omnisciencia de los dioses, o como ofrenda sacrílega, Tántalo asesinó a su propio hijo Pelops, lo descuartizó y lo sirvió como banquete a los dioses. Esta transgresión absoluta del tabú antropófago y del deber paterno lo convierte en símbolo de la ruptura del orden natural y moral. Solo Deméter, distraída por el duelo, por su hija Perséfone, comió involuntariamente un pedazo del hombro de Pélops. Los demás dioses, horrorizados, no tocaron la comida y como castigo condenaron a Tántalo a un tormento eterno en el Tártaro. El castigo eterno es el tema de Tántalo. Fue condenado a una sed y hambre perpetuas. En una escena cargada de ironía trágica, está de pie en una laguna de agua cristalina, pero cada vez que intenta beber, el agua se retira. Sobre su cabeza cuelgan ramas cargadas de frutos, pero cada vez que estira la mano para tomar uno, el viento los aleja. Es una imagen que se ha vuelto muy proverbial. El suplicio de Tántalo designa todo deseo frustrado, todo bien eternamente inalcanzable. Y desde un punto de vista psicoanalítico y antropológico, el mito de Tántalo representa la traición del padre que no protege al hijo, sino que lo sacrifica por vanidad, poder o desafío. La transgresión del tabú del incesto y del canibalismo en el núcleo de la cultura y de la ley simbólica, como Freud lo trabaja en Totem y Tabú. Luego también representa una falla en la transmisión generacional, ya que el padre aniquila al heredero en lugar de cederle el lugar. Y en el contexto del análisis de Bettelheim, esta figura puede leerse como el reverso monstruoso de la madrastra de Blancanieves, un progenitor que, incapaz de aceptar la individualidad del hijo, lo destruye para preservar su narcisismo o su posición de poder. Una cita de Bettelheim: Tántalo, que intenta engañar a los dioses ofreciendo los restos del cuerpo de su hijo para comer. La referencia al mito de Tántalo introduce una dimensión trágica más oscura, que es el sacrificio del hijo por parte del padre en nombre de su ego y su poder. Y obviamente, como ya lo dije, esta metáfora resuena en la conducta de la reina, quien intenta eliminar a Blancanieves, sacrifica el vínculo materno-filial para preservar su narcisismo. Bettelheim insiste en que este tipo de transgresiones simbólicas no son solo fantasías infantiles, sino modelos arquetípicos que la cultura reinterpreta constantemente. Es el adulto que se niega a ceder el lugar, el progenitor que teme la muerte simbólica que implica la maduración del hijo. El quinto punto aborda el conflicto de la individuación y el fracaso del adulto. Un progenitor no puede aceptar, nos dice Bettelheim, a su hijo como tal y es capaz, y no es capaz, perdón, de sentirse satisfecho porque algún día su sucesor será su sucesor. Esta frase me parece que cristaliza el núcleo trágico del conflicto. El adulto no soporta la idea de ser reemplazado. En la lógica simbólica del cuento, este rechazo de la sucesión lleva a la autodestrucción. La reina termina destruida por su propio odio, mientras que Blancanieves, tras atravesar múltiples pruebas, emerge como sujeto autónomo. Tras las pruebas, que son fundamentales para emerger como sujeto autónomo, la metáfora narrativa enseña así una lección esencial: el crecimiento del hijo no es una amenaza, sino una condición de posibilidad para la transformación del vínculo. Solo quien acepta desaparecer en su forma antigua puede renacer en una relación nueva, libre de posesión y rivalidad. El sexto aspecto conlleva una reflexión acerca de las perspectivas filosóficas y antropológicas Porque Bettelheim, que es profundamente freudiano, dialoga con preocupaciones existenciales que desbordan la clínica. Su lectura puede encontrarse en sintonía con El segundo sexo de Simone de Beauvoir, donde se analiza la dificultad de las mujeres en tanto madres para ceder la escena a sus hijas, especialmente en sociedades donde el valor femenino se mide en términos de juventud y belleza. Por otro lado, Hannah Arendt, al describir y escribir que la educación es el acto de presentar el mundo al nuevo ser pone el acento en la responsabilidad del adulto en el proceso de transmisión. Si el adulto se aferra a su dominio, si niega el relevo generacional, el mundo no se renueva y la educación fracasa. En conclusión, respecto de este primer aspecto del capítulo, Bueno, del primer aspecto de este seminario, más bien el primer texto, es el, podríamos concluir, como el cuento como matriz de transformación. El héroe debe pasar, afirma Bettelheim, por las experiencias necesarias para su evolución, que corren paralelas a las del niño que avanza hacia la madurez. A diferencia del mito griego, cuya estructura trágica conduce al encierro y la fatalidad, el cuento de hadas abre una vía de resolución. El drama no destruye, sino que transforma. Blancanieves no se pierde en el conflicto edípico, sino que lo atraviesa, lo simboliza y lo supera. Este recorrido de la muerte simbólica a la resurrección, del exilio a la integración, ofrece al lector, que sea niño o adulto, niña o adulto, una esperanza: que los conflictos más primarios y devastadores pueden sublimarse, que la individuación no implica necesariamente la ruptura ni el odio, sino el acceso a un vínculo más libre y más justo. Como referencias para este capítulo acerca de Blancanieves y el mito de Edipo tenemos Freud, obviamente, Tótem y tabú, también La interpretación de los sueños. Tenemos el Seminario 4 de Lacan, La relación de objeto, con el concepto del nombre del padre. También podemos encontrar en Marie-Louise von Franz La interpretación de los cuentos de hadas desde una perspectiva junguiana. Para la lectura estructuralista del mito siempre podemos volver a Jean-Pierre Vernant, y también una referencia más joven, Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola Estés, en cuanto a una relectura feminista del arquetipo de la madrastra. Cuando aborda Bettelheim en el segundo artículo sobre Blancanieves el tema del espejo del desarrollo, Bettelheim comienza recordando la popularidad universal de Blancanieves y sus múltiples variantes en las culturas europeas. Lo que capta su atención es la estructura, una estructura profundamente psíquica del cuento, y más precisamente su capacidad para reflejar las diferentes etapas del desarrollo infantil. Especialmente a través de los conflictos edípicos. Dice: los enanitos no tienen padres y tampoco se casan ni tienen hijos. Los enanos representan figuras ancladas en un estado de preadolescencia no resuelto, lo cual contrasta con el recorrido de Blancanieves, quien deberá atravesar las etapas de individuación y maduración. Blancanieves representa la novela de la formación psíquica. En el cuento de Blancanieves Hay una Bildungsroman interior, es decir, un relato de aprendizaje psíquico donde la joven debe superar varias etapas fundamentales. El nacimiento simbólico, recuerden esa cita, debe ser: desearía tener una niña tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como un cuervo. Los 3 colores fundamentales, blanco, rojo, negro, son altamente simbólicos. El blanco de la inocencia, el rojo de la sangre, la menstruación, la sexualidad, el negro de la muerte. También las etapas de separación de la madre. En segunda etapa, la madrastra se empieza a sentir amenazada por la muchacha y se vuelve celosa. Ese conflicto generacional despierta la fantasía edípica y el temor a ser destronada. La madrastra encarna el narcisismo parental herido ante el ascenso del niño. Tercera etapa, el refugio entre los enanos. Los enanos aparecen como representantes de la etapa de latencia, la fase intermedia entre la infancia y la adolescencia, donde Blancanieves de la disciplina, el trabajo y el autocontrol. Esa fase es la fase que permite ir hacia el desarrollo femenino, es el puente, ese refugio entre los enanos. Esa fase intermedia es sumamente importante: disciplina, trabajo, autocontrol. La siguiente etapa sería el fin, el desarrollo como mujer. Este cuento según Bettelheim, es esencialmente femenino. Aborda los desafíos de la adolescencia en la joven: la transformación corporal, el despertar sexual, los celos maternos, la búsqueda de un espacio donde crecer sin amenaza. Recuerden esta oración: el pequeño empieza gradualmente a superar esta peligrosa forma narcisista de amor. Esta peligrosa forma narcisista de amor. El niño debe desidealizar al progenitor sin caer en el odio. El desafío es superar la ambivalencia y convertirse en un sujeto autónomo. Hay una simbólica sexual en relación con la pubertad. La manzana simboliza a la vez el conocimiento y el sexo. La manzana envenenada concentra la carga simbólica de la tentación sexual, del deseo prohibido, de la transgresión necesaria para ingresar a la adultez. Beterheim convoca aquí un campo mitológico rico: la manzana de Eva, de Afrodita, del juicio de París. Para vincular pubertad, prohibición y deseo. Y la muerte de Blancanieves es una metáfora del sueño puberal, del ingreso en una pasividad femenina antes del despertar por el príncipe, que es el símbolo del despertar sexual y del reconocimiento social. También tenemos el papel del cazador, que es la figura paterna ambigua. El cazador no mata directamente, pero la abandona en el bosque. El cazador es la figura masculina suave, ambigua, salva a Blancanieves respetando al mismo tiempo la orden de la madrastra Es la encarnación de una paternidad benévola pero inoperante que contrasta con la ausencia del padre. Cabe destacar que el cazador es a menudo la única figura masculina protectora en los cuentos, pero su acción queda limitada por el poder materno maléfico. Encontramos resonancias en este relato de Blancanieves. En el cuento también leído por Bettelheim encontramos una metáfora de la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo. La madrastra todopoderosa termina destruida por su dependencia en la mirada del otro, el espejo. Blancanieves, en apariencia esclava, se emancipa aceptando las etapas del crecimiento. Esta lectura también evoca el psicoanálisis existencial de Sartre o Merleau-Ponty en su reflexión sobre la mirada, la otredad y el reconocimiento mutuo. También podemos pensar en Jane Eyre de Charlotte Brontë, donde la protagonista pasa de una infancia oprimida a una vida autónoma enfrentando a sus figuras parentales destructivas, o La joven y la muerte, que ilustra la tensión entre inocencia y despertar sexual. En fin, al final Blancanieves es un mito de crecimiento. Cito: la recompensa del héroe al final del cuento no es la muerte ni la destrucción, sino la integración superior. Para Bettelheim, el cuento permite la catarsis. Los conflictos se superan simbólicamente, las identificaciones se reordenan, y el niño lector se identifica con un proceso exitoso de maduración. Blancanieves es el ejemplo de resiliencia psíquica. Pasa de la dependencia a la autonomía, de la ingenuidad a la madurez, de la confusión edípica al amor libremente elegido. En conclusión, a través del doble prisma del mito y del cuento, Blancanieves nos propone un itinerario iniciático completo. Ahí donde el mito encierra, el cuento libera. Ahí donde el progenitor destruye, El niño se levanta. Bettelheim, con una lucidez clínica y una sensibilidad literaria, nos muestra que estos relatos no son meros entretenimientos antiguos, sino matrices simbólicas en las que se escenifican nuevamente los conflictos más profundos de la condición humana. Son matrices simbólicas. Lo que aprendemos de estas lecturas es que el adulto y el niño están llamados a coevolucionar. El rol del progenitor no es impedir el crecimiento, sino acompañarlo. El cuento, en su engañosa simplicidad, revela esta sabiduría: toda transmisión verdadera pasa por la aceptación de la pérdida, la transformación del vínculo y una apuesta por la vida también.
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