160- La fábrica de la "enfermedad mental". Ultima sesión de Las Metamorfosis
21 Mar 2024 · 53 min
En la última sesión de "Las metamorfosis de la vida afectiva", los interlocutores exploran la historia y la construcción social de las enfermedades mentales. Comienzan describiendo la tradición de clasificación que empezó con William Cullen (1769) y Emil Kraepelin (1883), y cómo esa tradición se institucionalizó en el DSM, perpetuando un sesgo esencialista que reduce la complejidad clínica a categorías fijas. Critican la visión biológica del DSM‑III y resaltan la crítica de Karl Jaspers a la abstracción de la experiencia del paciente. Luego analizan la perspectiva de Freud, diferenciando neurosis y psicosis y profundizando en su concepto de melancolía como conflicto entre el yo y el superyó. A continuación, el segundo hablante introduce la obra de Jean Starobinsky, subrayando la dificultad de rastrear históricamente la melancolía y la importancia de la prudencia historiográfica. Se discute la inercia léxica de términos como melancolía, acedia y depresión, mostrando cómo sus significados y tratamientos han variado a lo largo de los siglos, desde los humores medievales hasta la neuroquímica contemporánea. El diálogo amplía la discusión a los determinantes culturales y sociales de la psique, citando a Foucault, Durkheim, la psiquiatría transcultural y ejemplos de chamanismo, para argumentar que la normalidad/patología es culturalmente construida. Finalmente, se traza la genealogía del trastorno de estrés post‑raumático (PTSD), desde la neurosis traumática del siglo XIX, pasando por la experiencia de los veteranos de Vietnam, hasta su consagración en el DSM‑III, mostrando cómo conceptos freudianos, la teoría del estrés de Selye y estudios sobre sobrevivientes de la Shoá y Hiroshima confluyeron en su creación. El episodio concluye invitando a una reflexión continua sobre la interacción entre lenguaje, historia, cultura y enfermedad mental.
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En esta última sesión de las metamorfosis de la vida afectiva, vamos a hablar de las relaciones, la relación entre la enfermedad, las palabras y los males. En francés se escucha muy bien porque les maux se dice, les maux significa los malos, males, y las palabras, les mots. Entonces es un homónimo. Es importante recordar que quienes han explorado, quienes se han apasionado por la psique, por la cuestión de la psique, han sido víctimas por muchísimo tiempo de una misma obsesión: aquella de clasificar los desórdenes interiores, las perversiones, las enfermedades mentales, a la manera de los naturalistas, como si fueran especies botánicas o animales. Desde que el término neurosis es inventado en Edimburgo en 1769 por William Cullen, que designaba así a las enfermedades nerviosas entonces que tenían un origen fisiológico para él. La lista ha sido larga de los alienistas, como se les llama, que han sido preocupados por la organización de un catálogo. La psicosis fueron por primera vez inventoreadas en el, por el célebre, famosísimo tratado de psiquiatría del alemán Kraepelin, Emil Kraepelin, en 1883, y su influencia permanece hasta hoy. Eso es bastante impresionante porque en el famoso DSM, Diagnostic and Statistical Manual, de la Asociación Psiquiátrica Americana, que busca ordenar a partir de un esfuerzo de estandarización para facilitar el establecimiento de los diagnósticos a los psiquiatras, las y los psiquiatras, y etiquetar los pacientes sobre la observación, a partir de la observación de los síntomas. Ese DSM está directamente, es el producto directo del Tratado de Psiquiatría de Kraepelin. Es la forma como la medicina mental fue armándose basándose en dos polos, dos pilares. Por un lado, la sintomatología, que implicó ubicar las distintas correlaciones entre la frecuencia o la constancia entre manifestaciones mórbidas y un tipo de enfermedad mental. Esa es la sintomatología, buscar hacer el lazo entre lo que uno observa de manera, uno como médico, uno observa como correlaciones frecuentes, constantes, entre lo que se manifiesta y un tipo de enfermedad mental. Y el segundo pilar es la nosografía, es decir, el análisis de las formas, de las fases y las variantes de la enfermedad. Esta medicina mental por mucho tiempo buscó, hizo mucho esfuerzo en encontrar encontrar en el campo de la diversidad de los síntomas una unidad, buscar la unidad y la permanencia de una especie de disturbio mental peculiar. Es decir, la idea era buscar la unidad, no detenerse en la diversidad de los síntomas, sino decir esto significa esto, es una unidad. En medio de, dentro de las psicosis crónicas, a principios del siglo XX empezaron, se empezó a distinguir la paranoia, la psicosis maníaco-depresiva y la demencia precoz. La paranoia, que demostraba un delirio congruente, sistematizado, sin alucinación, con un trasfondo de hiperactividad psicológica, de exaltación pasional, de orgullo y de celos. La psicosis maníaco-depresiva, que fue después, se transformó en la bipolaridad, marcada por un sistema de cambio, de alternar regular o no entre las fases maníacas sobreexcitadas, sobreagitadas, y las fases depresivas de alentamiento psíquico. Y finalmente la demencia precoz, que después dio lugar, dio pie a la esquizofrenia, que ha sido conocida bajo múltiples formas: la catatónica, manifestándose por un inmovilismo, el mutismo, la paranoide con delirios y alucinación, la hebefrénica con una desorganización intelectual y motriz, y en su forma sencilla, simplemente con las rarezas del comportamiento. Esa obsesión de clasificar, ese prejuicio naturalista, ha sido también acompañado de un prejuicio de la esencia. Esta forma sistemática de abordar los disturbios mentales dejaba entender que el tratado de Kraepelin había sido muy exitoso. Fue reeditado 8 veces, fue afinado 8 veces entre 1883 y 1915. Hay ahí una crítica que Karl Jaspers ofreció en Psicopatología General en 1913 donde dice, observa que esa forma abstracta de la enfermedad no permitía comprender de manera fina la singularidad del paciente. Entonces estamos ante dos prejuicios: el prejuicio de esencia y de naturaleza, que impiden considerar los disturbios a través de un estudio concreto de las perturbaciones, las desestructuraciones, las desviaciones de una personalidad peculiar. Más de un siglo después son los mismos defectos que están siendo criticados por psicoterapeutas, psicoanalistas contemporáneos hacia el DSM americano. Es una visión demasiado biologizante, se critica el sistematismo de la nomenclatura, la simplificación a ultranza de la historia del paciente. También es importante recordar que en el DSM-III de 1980, que se presentaba como ateórico y objetivo, hubo un esfuerzo de limpiar todo el DSM, ese catálogo, del vocabulario que de cerca o de lejos estaba ubicado como de ascendencia freudiana. Y eso, esa limpieza de este de la influencia freudiana, abrió el camino a una psicofarmacología que hoy vemos, vemos muy presente y muy activa. Freud también, también fue habitado por esta necesidad de clasificar. Una vez que ya había distinguido a las neurosis, las psicosis y las perversiones, no dejó de evolucionar, de hacer crecer sus propias denominaciones, de revisar la repartición de esos desórdenes mentales. Cada vez, sin embargo, se quedaba más atento, se mostraba más atento a la historia propia del paciente y de su enfermedad. Aquí podemos hablar un poquito del sentido específico que Freud dio a los conceptos de neurosis y psicosis. Se interesó más a los neuróticos, en las neuróticas. Sin embargo, consideraba que la psicosis era de las dificultades más invalidantes, las perturbaciones más graves de la personalidad. Siempre se ocupó en distinguir dos grupos: paranoia y esquizofrenia de un lado, manía y melancolía del otro. Sin embargo, todas las psicosis tenían como base común esta característica: una ruptura entre el yo y el mundo por una relación primaria perturbada con la realidad, por una imposibilidad de resolver, de quitar el mundo exterior en uno mismo, el psicótico elabora un, para poder vivir, un contramundo, una realidad nueva más conforme a los deseos del ello. En el caso de las neurosis, sin embargo, que es el resultado de una represión fallida, solo un sector de la personalidad se encuentra atacado, afectado. Ni en la estructura del pensamiento, ni el contacto con el otro, ni el contacto afectivo, ni la lucidez crítica son fundamentalmente alterados en la neurosis. Entonces ahí se encuentra un difícil intento de dibujar una frontera limpia, clara, entre lo normal y lo patológico. De hecho, Hoy hablamos de las psicosis ordinarias. Producto, es el producto de un conflicto intrapsíquico entre el yo y el ello, cuyos síntomas son la expresión simbólica. Eso es lo que encontramos en la neurosis. Y la neurosis, que es ese producto de este conflicto, encuentra sus raíces en la historia infantil del sujeto. En su último catálogo, Freud opone las psiconeurosis narcisistas, como la melancolía, que resulta de un conflicto entre el yo y el superyó, a las famosas neurosis de transferencia: la histeria, la neurosis obsesional, obsesiva, y la neurosis fóbica. Si tomamos el caso de la melancolía, el caso de la melancolía presenta interesantes problemas al historiador o la historiadora porque Hay equívocos en su continuidad. Es una categoría cuyo nombre remonta a muy lejos, que designa hoy una forma de depresión que el DSM clasifica al lado de otras patologías mentales. Hay numerosos clínicos, clínicas que hablan actualmente de una melancolización del sujeto para designar estas nuevas patologías de un individuo liberado de todo forzamiento social y un individuo completamente carente de referencia. Pero por mucho tiempo fue considerada como una dificultad grave del humor que era característica de la psicosis maníaco-depresiva. Hoy, ya lo dije, lo sabemos, reconocida como la bipolaridad. Por mucho tiempo fue visto así, una perturbación del humor donde se podían ver fases, fases de depresión profunda, melancolía, y fases de excitación completamente sin control, la manía. En su tiempo, Freud la acercó al duelo, haciendo de la melancolía un caso ejemplar de las psiconeurosis narcisistas. Para él había nacido de un conflicto severo entre el yo y el superyó, resistente a la cura, resistente al trabajo analítico, porque el paciente se agarra de su sufrimiento inconscientemente, lo necesita. La melancolía de Freud se caracterizaba por un tipo de hemorragia libidinal que terminaba por llevar al sujeto a un tipo de renunciamiento a todo, renunciar a todo, y también de un pasaje al acto suicida. Y durante siglos después de eso, la melancolía fue considerada como la consecuencia de un exceso de bilis negra. Los médicos de la antigüedad, por ejemplo, hablaban de los humores corporales y luego de un estado mórbido del cuerpo y del espíritu, del alma. Que después iba a designar una forma de ser en el mundo, una forma de estar en el mundo noble, legítima. No estamos pensando en los grandes melancólicos de la literatura europea, desde La Rochefoucauld a Kafka, pasando por Baudelaire.
La historia milenaria de la melancolía y sus tratamientos. Si nos interesa, podemos ir a ver el trabajo de Jean Starobinsky. Él era un joven interno en un hospital cerca de Lausana, en Suiza, a finales de los años 50, y observaba que había nuevas formas, nuevos tratamientos terapéuticos medicamentosos que se estaban expandiendo. Quiso así considerar la larga duración de la historia de la melancolía. Y las enseñanzas de Starobinsky son muy importantes. A partir de su libro titulado La tinta de la melancolía, en 2012, dice: no se puede No se puede trazar, no se puede rastrear la historia del tratamiento de la melancolía sin interrogarse sobre esta enfermedad. Porque no solo los tratamientos terapéuticos se modifican de edad en edad, sino también que los estados designados bajo el nombre de melancolía o depresión No son idénticos. El historiador aquí está en presencia de una doble variante. A pesar de toda nuestra vigilancia, dice Starobinsky, las confusiones son inevitables. Es casi imposible reconocer en el pasado las categorías gnoseológicas que hoy nos son familiares. Las historias de los enfermos que encontramos en los libros antiguos nos incitan a veces a un diagnóstico retrospectivo, pero siempre falta algo, y en primer lugar falta la presencia del enfermo. Nuestra terminología psiquiátrica, que siempre es dudosa frente al enfermo en carne y hueso, no puede prevalecer hacer prevalecer una gran certeza cuando no tiene frente a ella más que un relato, una anécdota. Eso me hace pensar, entre paréntesis, en una crítica, una frase que leí recién en el diario de Marilyn, en fragmentos, porque son dos. No es confesión inacabada, sino en fragmentos. Ella relata lo que le sucede cuando la esposa del psiquiatra, Chris, le hace creer que va a ir a una cura de descanso y la manda a un psiquiátrico. Y Marilyn tiene esas palabras que ahorita comparto desde la memoria, sin leerlas. Dice: el médico, el psiquiatra, está demasiado interesado en los libros y no es capaz de observar. Ella lo vio ahí, vio, intentó todo para crear un lazo humano y no lo logró. Ahí hay esa dificultad de teorizar sin prestar atención al enfermo, y cuando el enfermo ya no está, efectivamente, como lo muestra Starobinsky, existe una dificultad. Entonces es importante para un historiador mantener una posición de prudencia, pero también el psiquiatra, y también el psiquiatra, la psiquiatra, o la psicoanalista realista. Deben de mantener una posición de prudencia respecto de los disturbios del pasado, de lo que antes se describía, lo que hoy leemos del pasado, ¿no? Hay efectivamente una tentación fácil, tenemos ganas a veces de sucumbir a la tentación, que puede ser reconfortante, de hecho, de un diagnóstico transhistórico a posteriori, que aplastaría lo lejano bajo lo cercano. El pasado se aplasta, se queda aplastado bajo el presente. Y obviamente se trata de que nos esforcemos a partir de rastros, trazos que pueden ser muy pocos y de una clínica indirecta Que nos esforcemos de ubicar la diferencia de tiempos, entre los tiempos, y cómo puede deslizarse lo que es permanente. El riesgo está en reescribir la enfermedad, reescribir los síntomas, reescribir las perturbaciones, y no tomar en cuenta el cambio. El tiempo ha pasado, equivocarse de tiempos, ¿no? Entonces hemos hablado de los prejuicios de esencia y naturaleza. Hay una cita de Starobinsky que es muy interesante sobre este tema de prejuicios, prejuicios de esencia y naturaleza. Dice: las enfermedades humanas, en efecto, no son puras especies naturales. El paciente padece su mal, pero también lo construye o lo recibe de su medio, desde el lugar donde ha crecido. El médico observa a la enfermedad como un fenómeno biológico, pero la aísla, la nombra, la clasifica, hace de esta enfermedad un ser de razón y expresa ahí un momento peculiar de esta aventura colectiva que es la ciencia. A mí me encanta cómo Tarubinsky habla de la ciencia, la aventura colectiva que es la ciencia. Y del lado del enfermo, como del lado del médico, la enfermedad es un hecho de cultura y cambia con las condiciones culturales. Para quienes se interesen en Starobinsky, Starobinsky era suizo. Murió, murió en 2019. Sus padres eran médicos, venían de Polonia, se establecen en Ginebra y Starobinsky obtuvo la nacionalidad suiza bastante tarde, en su juventud. En la Segunda Guerra Mundial participó en el grupo de la revista Lettres con Pierre Jean Jouve y el crítico Marcel Raymond. Tuvo una formación en letras y ciencias y ejerció como médico en varios hospitales, en la psiquiatría. Pero también había estudiado letras en Ginebra. Fue profesor en la Johns Hopkins, al lado de figuras como George Poulet, Leo Spitzer, y siguió su carrera literaria como especialista en Montaigne, Rousseau, Voltaire, Diderot. Era también un literario y llegó a configurar un tipo de análisis crítico que buscaba alejarse del estructuralismo, que estaba obviamente en primer plano en su época, en los 60 y 70. Fue uno de los representantes de la Escuela Crítica de Ginebra. También ofreció conferencias, fue profesor invitado en el Collège de France. Y los ensayos críticos que le conocemos, que él empezó a escribir muy joven, abordan distintos temas sobre Montaigne, sobre ópera. Sus libros que le conocemos: Montesquieu por sí mismo, Jean-Jacques Rousseau, La transparencia del obstáculo, El ojo vivo, Historia del tratamiento de la melancolía, Melancolía, de los orígenes a 1900, La invención de la libertad, Retrato del artista en, ¿cómo se llama? ¿Cómo se dice? En el saltimbanca, La relación crítica, 1789, muchísimos ensayos. El que, del que hemos hablado, del tema de la melancolía, está el título La melancolía en espejo, 3 lecturas de Baudelaire. También La tinta de la melancolía, que salió en 2012. Son varios textos sobre melancolía que vale la pena revisar, el trabajo de Starobinsky. Por cierto, al parecer Saltanbunka se traduce en español, castellano, por baladín Acróbata. Acróbata sería la mejor traducción. Es bueno saber que hay muchísimos sinónimos, estoy viendo, de saltimbanca en francés. Y bueno, acróbata sería la traducción la más apropiada para hablar de este título que menciona Observamos entonces que existe una inercia, inercia de las palabras, y a pesar de la inercia de las palabras, los malestares, las perturbaciones difieren bastante aunque la palabra no cambie. La palabra melancolía, que existe en el lenguaje médico desde el siglo XV, 5 antes de la era cristiana, ha cambiado muchísimo a lo que se refiere. Abarca fenómenos que han cambiado muchísimo, considerablemente, a lo largo de los siglos. Entonces hay una fidelidad lexicológica que ha permitido a la medicina occidental encontrar o afirmar como su una postura de unidad. Sin embargo, es muy importante hacer conciencia de que a 2000 años de distancia no puede haber parecido entre una patología y la otra solo porque las palabras se mantienen idénticas. A la inversa, también el historiador tiene que tener cuidado No nos es prohibido pensar que debajo de las invenciones, de los inventos lexicológicos de nosologías psiquiátricas actuales, que serían invenciones permanentes, no significa que se trate de estados idénticos. Es decir, para el historiador es al revés. Se inventan nuevas palabras todo el tiempo y no significa que no estemos hablando de lo mismo. Es decir, si mañana, como al parecer está pensado, el término de esquizofrenia, que es connotado muy negativamente en el espacio público, se transforme en disturbio o perturbación del espectro de la psicosis, como en el modelo de las perturbaciones del espectro autista, esta discontinuidad terminológica es importante ver que no va a hacer más que esconder una continuidad real entre, sobre el tiempo corto de los síntomas que sirven a identificar la enfermedad mental. El historiador se encuentra Se enfrenta a los cambios de apelación de una perturbación afectiva y psíquica a través de la historia, y también se enfrenta a las certezas de su tiempo. Nos podemos preguntar qué estas figuras en movimiento de la denominación, ¿qué nos dicen? Del disturbio, qué nos dicen de la perturbación propiamente dicha. La mutación, el cambio del término, sí, ¿qué significa? ¿Significa que el malestar, la perturbación también cambió? O quizás no hay ningún lazo directo entre la palabra y lo que representa. Hay una historiadora que se llama Ute Frevert en un texto que se titula Emotions in History: Lost and Found, que se interesó en la relación entre los regímenes emocionales y los padecimientos del humor a través del examen de los lazos y la separación entre melancolía y depresión. Y desde lo lejos, la extensión de los síntomas compartidos sentimiento de tristeza, pérdida de entusiasmo, impotencia para actuar, tentación del suicidio, llevaría a creer que podría tratarse del mismo mal y que solo su nombre habría cambiado. Pero también podemos pensar que un examen más minucioso de cada uno de los términos, también podría desarrollar, llevarnos a dudar. Aquí estamos hablando de un término que existía ya en los antiguos. Ese término, ese término que es acedia, pereza, muestra, apunta a una cierta forma de de delicadeza, de ausencia de cuidado de sí, de ausencia de cuidado de los demás. Era muy presente en el siglo XII y XIII y era un mal que estaba asociado a los monjes, a las monjas, a los ascetas. También estaba acompañado de fiebres, de adormecimiento, de dolores. En los codos, las rodillas, y lo reconocían también con otros signos: el aburrimiento, la pereza, la pérdida del deseo de leer, la pérdida del deseo de rezar o de trabajar, la ausencia de toda alegría espiritual. En el siglo XVI o siglo XVII se habría tomado este conjunto de síntomas como una forma de melancolía. Se habría tomado como algo vinculado con el exceso de la bilis negra, que siempre se acompañaba de la tristeza, de una ausencia de voluntad. Y hasta hace poco, con los lentes del siglo XX, se habría diagnosticado más bien un estado de depresión asociado a desórdenes neurobiológicos. El nivel de los neurotransmisores serotonina, dopamina, noradrenalina, demasiado bajo, demasiado alto, se habría medido. Se habría también visto cómo estaban acompañados de fatiga, de astenia, de falta de placer, de sentimiento de soledad, de culpabilidad, de ansiedad. Y quizás todavía hoy algunos estarían tentados por leer la serie del Medioevo Bajo el prisma de las distintas teorías del estrés contemporáneo que también existen, está muy cada vez más presente, es decir, falta de motivación, falta de energía, cansancio general, síndrome de burnout y de bore out. Entonces, a pesar de los parecidos que son evidentes, ¿de qué estamos hablando? Seguimos hablando de acedia, de pereza. Ute Frevert, la autora que ya mencioné, afirma que es imposible reducir a un mal de vivir, de reducir a un mismo estado transhistórico y de decir que solo el nombre cambió, porque dice: esos parecidos aparentes cesan en el momento mismo que observamos de cerca las maneras que han sido utilizadas para explicarlos, describirlos, interpretarlos, evaluarlos en su tiempo, pero también la forma como han sido curados, curadas y vividas. Entonces, el hecho de que los síntomas físicos de la acedia hayan sido percibidos en la época del Medioevo como los indicios de la presencia del demonio, que invade el cuerpo. Esto era así, lo que es así era como se presentaba esta perturbación. Lo esencial no estaba en el malestar del monje o de la monja, sino en la amenaza diabólica que hemos hablado en otro momento, que pesaba sobre un alma demasiado débil para luchar contra el vicio y contra el pecado. Pecado. Aquí era así, era la lectura. La melancolía se parecía muy poco a eso. No había la pereza, la inercia figuraba dentro de sus síntomas. Eran razones que no eran externas como el demonio, sino más bien humores internos. No se juzgaba, de hecho, como algo malo. Porque se asociaba esta actitud como a una actitud pensativa, pasiva, en el siglo XVI, con el surgimiento de lo sublime. Aquí estamos pensando en Melancolía, el grabado de Dürer. Era relacionado con lo sublime, con la inspiración del hombre de genio. Y finalmente, la depresión, cuyo término Hizo su entrada en el léxico psicológico en 1905 y conoció un gran auge a finales del siglo pasado. Era vista más bien por los médicos y los pacientes como un tema de química corporal defectuosa. Es importante ubicar que existe una fábrica histórica de las enfermedades mentales. La— el hecho de que haya sufrimientos psíquicos particulares y que estos sufrimientos estén relacionados con unos regímenes emocionales que han sido enmarcados en la historia, está claro, existen factores culturales, sociales, históricos que juegan un papel muy importante en la etiología de las enfermedades mentales. El primer riesgo está en indicar que todo es psíquico. Existen psicoanalistas como André Green en Francia o Otto Kernberg en Estados Unidos, Otto Kernberg, que reconoce, no reconocen el papel etiológico de lo social y lo cultural. Dicen, bueno, no hay más que enfermos individuales, individuos que estén enfermos, pero eso implica olvidar que la dimensión social no lo hemos visto en otros momentos aquí, no se despliega fuera del individuo, se despliega afuera y adentro. Los disturbios, las perturbaciones mentales suceden en la historia individual del enfermo y requieren para ser entendidos y comprendidos ser ubicados en el contexto de las transformaciones sociales y culturales en los cuales evolucionan. El otro riesgo es ubicar que todo es biológico, es decir, solo mirar las causas neurológicas o fisiológicas del desorden mental. Eso conlleva ocultar la influencia profunda de ciertos factores sociales. Sobre las perturbaciones del comportamiento: el lugar donde uno vive, la situación socioeconómica, la constelación familiar, afectiva, las tensiones profesionales, generacionales, religiosas. Es importante darle lugar a la sociología de las enfermedades mentales y eso no significa negar la existencia de factores que son propiamente fisiológicos, cerebrales, la herencia mórbida, y tampoco afirmar, lleva a afirmar la total ineficacia terapéutica de los tratamientos químicos. Sería llegar a decir que el comportamiento humano no se puede comprender aislado de su entorno, que tiene una influencia sobre la psique y por consecuencia sobre el soma. Sobre el cuerpo. Decir, por ejemplo, del psicótico que si se desocializa no hay, en su caso, etiología sociocultural posible, significa olvidar que la desocialización es un proceso social que tiene sobre el cuerpo y la mente efectos devastadores. Entonces, si examinamos los vínculos que existen entre las patologías mentales y el sistema de interacciones sociales en el cual el individuo se mueve ordinariamente, si hacemos eso, no significa que no podamos llevar la atención a la dimensión cultural de ciertos desórdenes. Recordemos el autor Christopher Lasch, quien Dice que el acento que puso Freud sobre el hecho que la salud psíquica y la enfermedad mental forman un continuo permite ver a las neurosis y la psicosis como, de alguna manera, como la expresión característica de una cultura dada. El problema de la psiquiatría por mucho tiempo fue llegar a fundar y a situar científicamente la frontera entre lo normal y lo anormal, que fue su pareja conceptual de base. Y eso implicó que no existe hombre normal dado anteriormente a toda experiencia de la enfermedad. También implica poner de lado que las fronteras de lo normal y lo patológico varían acorde a las civilizaciones y las épocas. En otros tiempos, en la Europa del Medioevo, Quien decía que había tenido visiones y había entrado en comunicación con Dios, quien relataba éxtasis, podía pasar, presentarse por un místico, un místico visionario. Y en otros momentos, no hay, en otros momentos y también otros lugares, no hay razón de clasificar al chamán, como lo hacen muchos psiquiatras, en la categoría de los enfermos mentales. El poseído, el chamán. Hay directores de la Escuela de Psiquiatría Transcultural Americana, directores investigadores, que han mostrado que los indioamericanos del norte en su trance chamánico realmente copiaban un trance histérico y lo han hecho sin fundamento, ningún fundamento respecto del análisis del cerebro, de los órganos. Esta referencia de los investigadores de la Escuela de Psicología transcultural americana está en un libro que se titula Les Chamans de Daniel Vasseil. Hay quien piensa que toda sociedad posee sus propios modelos de mala conducta, o más ampliamente, sus patrones culturales en materia de conducta. Comportamiento normal o anormal son culturales. La idea es que esos patrones son culturales. Eso implica pensar que el individuo interioriza hasta las normas sociales y culturales de la anormalidad. Se habla del inconsciente cultural, que es esa parte que el individuo posee en común con la mayoría de los miembros de su cultura. Y entonces podemos pensar que existe, en un momento dado, un cierto número de conflictos inconscientes comunes al conjunto de una sociedad. Por ejemplo, se podría hablar de ciertos rasgos de patología por exceso de cultura, por ejemplo, la histeria fin de siglo, que nació de una Europa con un superyó altamente represivo, o de una patología por defecto de cultura, por ejemplo, la esquizofrenia, marcada por la imposibilidad donde se encuentra el individuo de interiorizar durante su socialización las estructuras del mundo social. Y si tomamos la cultura como un sistema estandarizado de defensas, como Devereux y Mertens, hay 3 situaciones tipos que se dibujan, que favorecen la aparición de las perturbaciones de la personalidad. Cuando un individuo no logra encontrar en su propia cultura los medios de defensa, que le permiten reprimir sus pulsiones, cuando el individuo es demasiado joven para encontrar un bagaje defensivo o que pertenece a capas sociales desfavorecidas, o cuando hay una neurosis de aculturación, es decir, cuando el individuo evoluciona en una sociedad que no tiene los mismos mecanismos defensivos que su grupo de origen. Parece muy interesante. Y aquí la referencia sería Roger Bastide, El sueño, el trance y la locura. Saber cómo estos mecanismos de defensa culturales se anudan con las defensas individuales, ahí está la reflexión a través del desplazamiento, la simbolización o la sublimación, permite dibujar un lugar de encuentro estimulante entre la antropología y el psicoanálisis. Antes de escribir La historia de la locura en la Edad clásica, en el 61, Foucault se había interesado en las relaciones entre locura y cultura en un texto que se titula Enfermedad mental y psicología, 1954. Entonces, en este texto retoma la herencia de la sociología de Durkheim y de la antropología cultural americana, y se separa también de su tendencia común a hacer de la desviación la naturaleza de la enfermedad. Se interesa Foucault en las perturbaciones que acompañan al chamán en devenir en la comunidad de los zulus, o al célebre caso de Berdache, de los Berdache en los indios de Dakota de América del Norte. Es decir, son homosexuales que obtienen el estatuto de monjes y magos por su conducta sexual. El filósofo Foucault se interroga sobre este inconsciente cultural occidental que tiende a hacer de inmediato del enfermo un desviado. Y a buscar en lo anormal el origen de lo mórbido, como si nuestra sociedad finalmente no quisiera reconocerse en este enfermo que rechaza o que encierra. Cita muy famosa de Foucault en Enfermedad mental y psicología. Hay un tema muy importante que interesa a psicoanalistas, psiquiatras, historiadores, que es el trauma. Es decir, los resultados causados en los sujetos por el hecho de atravesar tragedias, tragedias históricas de amplitud, La experiencia de las guerras, por ejemplo. Cuando nos interesamos en la cuestión de los traumas, del trauma, que en general se declaran después, après coup, es necesario ubicar cómo existe una generalización actual en la clínica contemporánea. Existe el PTSD, post-traumatic stress disorder, que para el historiador de la psique es necesario saber qué usos se puede hacer de estas categorías retrospectivamente, después. Hay un término que nació en 1882 que es el término muy conocido de neurosis traumática y designaba un conjunto de perturbaciones neuróticas presentados por quienes habían sobrevivido a accidentes de tren. Al explorar las perturbaciones psíquicas de los soldados que ese término empezó a conocer un auge en el siglo XX y después fue adoptado como PTSD en el DSM-III. Entonces, en primer lugar aparece en el 82, 1882, luego viene la guerra, los soldados, siglo XX, y pues el DSM-III. Y el DSM-III, en el PTSD del DSM-III, nace de la confrontación al post-Vietnam syndrome, que era la aparición en los veteranos de Vietnam a partir del 1972, con cierto tiempo de latencia, de síntomas característicos. Síntomas característicos: la ansiedad residual, memorias obsesivas, muchísimos sueños, visiones alucinadas, desorientación, tentación suicida. Y cuando se multiplicaron los grupos de palabra entre los veteranos que no se hallaban de regreso a su país, y frente a la urgencia de hacer algo. Hubo un grupo de psiquiatras reconocidos que buscaron un nuevo diagnóstico. De eso he hablado antes cuando estuvimos leyendo el libro El cuerpo lleva la cuenta. Entonces, por el trabajo de esos psiquiatras hubo una refundación de la nosología. Lograron convencer a la American Psychiatric Association Y crearon una nueva patología llamada PTSD que buscaba describir la manera que tenía el paciente de repetir, de revivir de manera intrusiva un acontecimiento traumático original, que esa es la característica del trauma, esa repetición. Esta nueva patología fue construida a través de varias nociones psicológicas importantes: las categorías freudianas del trauma y del abjeku, la noción de estrés elaborada en el 46, 1946, por el fisiólogo Hans Selye, y el síndrome del sobreviviente, que fue teorizado por William Niederland y Robert J. Lifton a partir de estudios sobre los sobrevivientes de la Shoá y de Hiroshima. Así fue construido, construida la nueva patología. Así se concluye este recorrido, Las metamorfosis de la vida afectiva, esperando que haya podido abrir un espacio de reflexión propio, personal, y sobre todo que eso dé pie a más investigación, más autorreflexión, más lectura, para siempre poder poner en perspectiva la lectura de la realidad. Muchas gracias. Elle PTSD.
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