69. “Soy polvo y nada más” (Serie Buddha)
28 Jun 2022 · 39 min
A dramatized reading of Siddhartha's childhood from Hermann Hesse's novel, in Spanish. The king and a Brahmin priest work to shield the young prince from suffering, but Siddhartha becomes fascinated by dust and death, and hears a demon's voice whispering to him.
Chapters
¿Y qué si estamos hechos de polvo? Todo lo que sale de la tierra es polvo y nada más. Soy polvo y nada más. Polvo y nada más. En este capítulo, Siddhartha hace un descubrimiento muy importante y Mara reaparece para empezar a hablar con él. Siddhartha, capítulo 4. El podcast Just in Time, porque necesitamos salir, mantenernos abiertos al movimiento, a la reflexión, caminar, observar, reflexionar para empezar algo nuevo. A la mañana siguiente, Sudodhana cabalgó en su corcel de guerra colina arriba, hacia el imponente templo dedicado a Shiva que había construido su padre en la cima. La melancolía del rey había desaparecido durante la noche y fue reemplazada por una resolución furiosa. Junto a las puertas del templo había un grupo de carros tirados por bueyes. Las bestias, grandes y pacientes, pastaban con desgana buscando brotes de hierba entre la tierra apisonada por las sandalias de los devotos. Sudodana desmontó y dejó que su caballo pastara con los bueyes. Entró en el patio central del templo. Que bullía de adoradores y vendedores de sándalo y ghee para las ofrendas rituales. Decenas de ojos azorados lo seguían mientras avanzaba, pero Sudodhana no tenía tiempo para ceremonias. Había cabalgado sin comitiva porque tenía un propósito secreto en mente. Prefirió no convocar a Kanki porque estaba demasiado impaciente. Para esperar. Entró como una tromba al sancta sanctorum, donde el aire era un velo denso de aroma dulce. Un sacerdote solitario realizaba el ritual de Rudrabhishek. Con parsimonia vertía cucharadas de leche sobre una piedra alta y pulida, el lingam de Shiva. El líquido dejaba un sutil rastro azulado sobre el antiguo canto rodado. Sudodana entornó los ojos en la oscuridad. Le ardían por el vaho de incienso y brea suspendido en el aire. Kankí, el sacerdote devoto, detuvo la oblación y se volvió hacia el lugar del que procedían los gritos. En cuanto los ojos se acostumbraron a la penumbra, el rey advirtió que el sacerdote del altar no era otro que el sumo Brahmán. Era de suponer que algún devoto rico había pagado generosamente por aquella ceremonia, quizá para casarse con una tercera o cuarta esposa. Kanki lo miró por un instante y volvió a sus tareas. Aún no he terminado, dijo. El rey se acercó y le arrebató el cucharón de las manos. Ahora sí. Kanki hizo una reverencia y condujo al rey fuera de ahí. Los pies descalzos casi no hacían ruido al pisar el suelo de piedra. El sacerdote era muy capaz de desafiar a la realeza escudándose en sus privilegios de brahmán. Tenía un porte sólido e imponente a pesar de los rollos de grasa que quedaban al descubierto mientras cruzaba el patio de adoquines con el torso desnudo en dirección al claustro donde vivían los monjes. Una vez dentro de su celda, el brahmán dejó caer su pesado cuerpo sobre un taburete de cuero, poniendo de manifiesto que no tenía intención de esperar a que el rey tomara asiento antes. Sudodana pasó por alto el insulto. Si hablas con Dios, ya sabes por qué he venido, dijo. Sé que Dios quiere complaceros en todos los sentidos, Alteza. Kanki desplegó una sonrisa lisonjera. Capaz de ganar el favor incluso de un rey enojado. —Quiero que mi hijo sea el amo del mundo. —Sudodana pronunció las palabras sin vacilar. —¿Es posible? —Todo padre quiere... —No. O es la voluntad de Dios o no lo es. Tú me lo dirás. Esto es muy importante, más importante que tu vida, de hecho. Sudodana se le acercó para acentuar la amenaza. —¿Qué debo hacer? El equilibrio entre las castas era delicado. Si los gobernantes tenían razones políticas para apoyar la religión, lo hacían. Si los sacerdotes necesitaban tener al pueblo bajo su manto, ejercían su influencia sobre los soberanos con promesas de favores divinos. Kanki conocía el sistema a la perfección. También sabía, a pesar de pertenecer a una casta privilegiada, de quién era la mano que empuñaba la espada. Os enfrentáis a muchos obstáculos en esta empresa artesa. Sin embargo, puede lograrse. ¿Cómo? Tratad de controlar la mente del pequeño príncipe. Debéis enseñarle a que piense como vos, a que crea como vos, y también a que tenga vuestra lujuria. Suddhodana se sintió incómodo con el último comentario, pero esperó paciente, creyendo las palabras del brahmán. Si alguien sabía cómo controlar la mente de los demás, esa persona era Kanki. Entréñalo bien, como un guerrero completo que solo encuentra justificación en la batalla y en vos. Rechaza todo signo de debilidad. Enséñale que los valores más importantes de un Kshatriya son la lealtad y el coraje. Kanki hizo una pausa. ¿Os estoy siendo de ayuda? El interlocutor asintió con un gesto seco. Entonces debéis estar listo para lo que sigue: alejar a todos los sacerdotes de vuestro hijo. Cuando advirtió la reacción de Sudhana, que lo acusaba de hipócrita, Kanki levantó la mano. Con excepción de mí, claro. Vuestro hijo muestra una gran dedicación hacia Dios y debéis reprimirla si pretendéis tener éxito. Sudhana reflexionó. Esta inclinación, como tú le dices, ¿sería algo extremo? Sí. Sudodana comprendió entonces por qué habían estado tan nerviosos los yotishis. Sin duda consultaron al sumo brahmán en cuanto terminaron la carta del príncipe. No había duda de que presintieron el enojo del rey. ¿Eso es todo lo que tengo que hacer? El tono de Sudodana era cortante. Los dos sabían que despreciaba a los sacerdotes. No, falta la parte más complicada. Kanki se acercó a la ventana y señaló hacia afuera. Hacia una gran estatua de piedra de Shiva. Esto me recuerda la historia de nuestro señor Shiva. Vos la recordaréis también. Ese también fue un comentario incómodo. El brahmán prosiguió sin esperar la respuesta del rey. Un grupo de sabios venerables se había reunido en el bosque para meditar, y Shiva deseaba aprender de ellos, pero fue pícaro y llevó a una mujer con él al retiro. Era una prueba porque la mujer era en realidad Vishnú disfrazado, pero los sabios estaban demasiado cegados por la ira para darse cuenta. Juraron matar al intruso sacrílego y para ello invocaron un tigre monstruoso en el fuego sagrado. La bestia saltó hacia Shiva, pero este le arrancó la piel con la uña de un dedo y se la puso sobre los hombros. Hecho esto, les dio las gracias a los sabios por la cortesía de haberle regalado una capa para meditar. La furia de los sabios se redobló ante aquella exhibición de descaro. El fuego sagrado absorbió su furia y surgió un segundo monstruo, una enorme serpiente. Pero Shiva la estranguló con las manos, se la puso alrededor del cuello y les dio las gracias a los sabios por el collar. Que le habían regalado. En este momento la indignación fue tan grande que un tercer monstruo surgió del fuego. ¡Basta! La paciencia de Surulona se había agotado. Ya conozco las enseñanzas de Shiva. Es el señor de la destrucción. Gobierna el universo con poder absoluto. Si crees que lo que debo hacer es demasiado difícil, ahórrame tus parábolas. Solo dime qué debo hacer. Haced de vuestro hijo un prisionero. La crudeza de las palabras se estrelló como una piedra contra el pecho de Suddhana. Kanki advirtió la desazón del rey y se apresuró a proseguir. La carta no os fue desvelada en su totalidad. Las tendencias espirituales de esta alma serán casi incontrolables y habréis perdido la oportunidad de reprimirlas una vez que el niño crezca. —Si deseáis que Siddhartha sea un gran rey, no dejéis que traspase las murallas —dijo el sumo brahmán—. Debe creer que esto es un paraíso. Si alguna vez ve el sufrimiento, no os obedecerá nunca más. Lo habréis perdido para siempre. Suddhodana era— estaba absorto, sin contar la crueldad que supondría encerrar a su hijo tras los muros del palacio. Debía ofrecerle una imagen completamente falsa del mundo, de la vida humana en el mundo. Tendría que ocultar todo lo que implicase sufrimiento. ¿Cómo se suponía que podía hacer eso un hombre que se había pasado la vida haciendo sufrir a los demás? ¿Durante cuánto tiempo debo hacerlo? 32 años. ¿Y no hay otra manera? Sudán había adoptado una actitud mucho más reflexiva y cuidadosa, como la de quien sopesa una sentencia de muerte. Sin pronunciar palabra, Kanke hizo una reverencia. Al rey se le revolvía el estómago simplemente con pensar que se había asociado con un conspirador, alguien que tendría poder sobre él desde ese día en adelante. Se sentía asfixiado por la furia y la impotencia que bullían en su interior. El brazo del rey que blandía la espada se movió con voluntad propia y en un instante puso al brahmán contra el suelo, bajo el filo de la hoja. ¿Crees que has logrado algo hoy? Recuerda entonces el resto de la historia de Shiva. Del fuego sagrado surgió un tercer monstruo, un enano horrible. Shiva saltó sobre él, le puso los talones sobre la garganta Y lo estranguló. —¿Quién era ese enano? —Ignorancia. Kanki escupió la palabra casi ahogándose. —¡Bien! No intentes aprovecharte de mi ignorancia. Sé más de lo que supones. El rey quitó el pie de encima del sacerdote. El carácter de Sudodana era incontrolable y solo lo atenuaba el deseo que lo carcomía. Un deseo que no tenía más que un día de vida, pero que ya le quemaba el pecho. Anhelaba ser el padre del soberano del mundo. Sudodana partió con una última advertencia para Kanki: Procura vivir lo suficiente para ver lo que haré contigo si este plan falla. El rey no tardó más de un día en dar órdenes, dispersar al pueblo y desterrar de su ciudad a los que no debía conocer el príncipe. Su hijo jamás vería sufrimiento alguno, ni enfermedad, ni vejez, ni muerte. De pie sobre las murallas del castillo, Sudodana podía ver las largas filas de carromatos que abandonaban Kapilavastu. El clima pareció sumarse a su voluntad. Las lluvias ya habían llegado, creando torrentes que se llevaban las cosechas e inundaban las casas. Los que menos posibilidades tenían de sobrevivir eran los viejos y los enfermos. Los leprosos se encorvaban bajo la lluvia, envueltos en trapos sucios para ocultar la cara. Los tullidos que no podían caminar eran lanzados como ganado a los carromatos de víveres del ejército, junto con los soldados que se los llevarían lejos y los dejarían tirados en aldeas remotas. Los más viejos eran los otros desplazados, y a ellos los echaban en carromatos aparte. Les habían dicho que en un lugar mejor los esperaba un nuevo hogar, una manera cruel de disfrazar la verdad. Los abandonarían en el bosque tras un día de viaje. Solo los nobles quedarían exentos. Pero con condiciones estrictas. Las personalidades venerables, como los astrólogos, tendrían que jurar que Siddhartha jamás los vería, bajo pena de destierro. Otros, que aún no eran ancianos, tendrían permitido quedarse, pero si envejecían o enfermaban, serían puestos bajo arresto en sus propias casas. Todos los funerales tendrían lugar de noche, sin ceremonia pública. Los ghats de cremación fueron trasladados unos 2 kilómetros río abajo. Sugudana sabía cómo organizar una campaña militar y no ignoraba que la primera regla es que la victoria es más importante que lo que cueste obtenerla. Esta campaña no sería diferente. Dominará los 4 rincones de la tierra. Había guardado en su memoria las palabras de la carta. ¿Cómo será eso? ¿Qué se sentirá?, se preguntó. Luego sonrió para sí. Confiaba en que algún día lo sabría. Pasados 3 días, se cerraron las grandes puertas de madera de Capilavastu y se silenciaron los gritos amargos de quienes debían partir y de quienes debían dejar partir. El trabajo estaba terminado. Tres mujeres perseguían a un niñito en el parque. Corrían por grandes extensiones de césped inmaculado cuidado por esclavos que trabajaban con las tijeras arrodillados. Atravesaban jardines completos. Repletos de jazmines en flor cuyos pétalos esparcidos por el camino se barrían todas las mañanas. No era una persecución, pero el niño Siddhartha fingía que sí. Cuando aceleraba o viraba de improviso, sus perseguidoras también lo hacían, pero no era difícil darse cuenta de que nunca lo atrapaban. Además, las 3 mujeres siempre corrían en el mismo orden: primero iba Prachapati, con su sari azul eléctrico con bordados de oro, aunque a veces era bermellón o esmeralda. Prachapati era la tía del príncipe, hermana de su difunta madre. Suddhodana le había otorgado formalmente estatus de esposa, pero no mantenían relaciones conyugales. El rey se limitaba a rendirle honores y a reconocer su papel de madrastra del príncipe. Las pesadas alhajas de oro que llevaba Prajapati en las orejas tintineaban suavemente cuando corría. Detrás iban dos campesinas bastante más jóvenes y delgadas que la tía de Siddhartha. Llevaban saris de algodón basto sin bordados y pequeñas argollas de plata en las orejas, y procuraban ir tan despacio como fuese necesario para que Prajapati siempre llevase la delantera. ¡Chana! ¡Chana! exclamó el niño, llamando a su amigo. En días como ese, cuando el sol brillaba y el aire matinal era fresco, el mundo que su padre le había construido era suficientemente grande. Y Siddhartha no se preguntaba qué había tras las altas murallas. Que cercaban las tierras del palacio. —¡Príncipe, deteneos! —gritó una de las tías. —¡Ay, príncipe, regresa, por favor! —rogó otra. Siddhartha dio la vuelta hacia los establos. No escapaba de las mujeres por diversión. Había descubierto algo que quería mostrarle a Channa. Con la condición de que estuviese vigilado, el rey le daba esa libertad. De cualquier modo, los establos eran un lugar mucho más sugestivo que el palacio para un niño, y una vez que traspasaba la puerta, sus tías dejaban de seguirlo. Rajapati jamás había pisado un establo, y aunque las campesinas sin duda lo habían hecho, su nueva posición como sirvientes reales les prohibía entrar en un lugar que era solo para hombres. Al oír su nombre, Chana apareció en la puerta de los establos. Saltaba y agitaba los puños, alentando a Siddhartha. Si hubiera sido él quien persiguiera al príncipe, lo habría alcanzado con facilidad. Era más alto y más fuerte, a pesar de que nacieron casi a la vez, en la misma semana. Siddhartha entró corriendo. ¡Escóndeme! exclamó. No había necesidad de que se escondiese. Todos conocían las reglas de las persecuciones, pero Chana tomó a Siddhartha del brazo y tiró de él hacia adentro, como el soldado que rescata a un camarada de la batalla y lo deposita en la seguridad de una fortaleza armada. Los dos niños pasaron corriendo junto a los compartimentos en los que guardaban a los corceles de guerra cuando estaban en celo o dando a luz a sus potrillos. Con los pies levantaban nubes de estiércol seco que el sol convertía en auras brillantes que los envolvían. Siddhartha estaba acostumbrado a ese olor, incluso lo disfrutaba, y no prestaba atención a los sementales que pateaban el suelo y relinchaban para acercarse a las yeguas. —¡Aquí! —Chana lo condujo hacia un comedero. Que olía a heno fresco mezclado con un leve aroma de heno podrido. Era uno de sus refugios favoritos porque ahí podían hundirse tanto como quisieran en el heno para ocultarse. Siddhartha se subió a un fardo y metió la mano en sus pantalones. Sacó una pequeña criatura. Channa se mostró decepcionado. —No es más que una hormiga —dijo. —No, acércate más. El comedero estaba en penumbra, pero Chana vio que el insecto, una hormiga soldado grande y negra de las que era común encontrar en los establos, seguía aferrando con las mandíbulas a su presa, una termita muerta. La termita, que aún conservaba las alas tiesas como si fueran de papel, acababa de salir del cascarón y era 2 veces más grande que la hormiga. —¿Dónde la encontraste? —preguntó Channa, que aún no parecía impresionado, aunque vio que Siddhartha estaba entusiasmado. —Junto al Fuerte del Agua —se refería a una de las glorietas que flotaban al borde del estanque de los lotos en el parque—. Vi toda la batalla. Había ocurrido esa mañana, cuando Prajapati encontró a Siddhartha mientras él deambulaba lejos del palacio. Estaba sentado en la tierra junto a la glorieta, con la vista fija en el suelo. Un batallón de negras hormigas soldados se batía contra otro de termitas centinelas en la entrada de una pequeña colonia. El comienzo de la primavera había dado paso a la creación de las colonias de termitas. En algún lugar debía encontrarse una nueva reina a la que protegían, pero las hormigas invasoras habían superado ya a los centinelas y Siddhartha miraba a una que se retiraba. Con su presa. Prajapati se detuvo a unos metros del niño. —¿Quién va ganando? —preguntó. —Eso no importa. Lo importante es otra cosa. Ella se acercó en cuanto el príncipe se lo indicó. Prajapati lo había criado en lugar de la difunta reina, pero cuando el niño empezó a llamarla mamá, ella le enseñó con recato que tenía que decirle tía. Ese mismo recato le impedía, a pesar de la corta edad del muchacho, regañarle y hasta ser demasiado directa en el trato con él. Siddhartha tenía la vista clavada en una hormiga soldado que llevaba una termita muerta en las mandíbulas. La hormiga se había encontrado con un obstáculo en su camino, un guijaro grande. El obstáculo tenía 5 veces el tamaño de la hormiga que llevaba una carga que pesaba 2 veces más que ella. Durante una fracción de segundo la hormiga vaciló, pero luego empezó a trepar por el guijarro, que era demasiado empinado. Cayó, pero no se dio por vencida. Trepó una vez más y volvió a caer, y trepó por tercera vez. —¡Qué tonta! Debería dar un rodeo —dijo Prajapati. Siddhartha negó con la cabeza. —Los poderosos no dan rodeos. ¿Y crees que la hormiga es tan poderosa? El muchacho ignoró el tono burlón. Ella lo cree, eso es lo importante. Podría pisarla. ¿Tan poderosa sería entonces? En ese momento el niño dijo algo sorprendente: Yo podría pisar a mi padre, pero aún así él se cree poderoso. Prajapati estaba perpleja. No es lo mismo. —¿Por qué no? Siddhartha la miró con los grandes ojos castaños, que en su primera infancia parecían 2 veces más grandes. Antes de que su tía pudiese responder, volvió a concentrarse en la hormiga y la levantó con la mano. Toda su atención estaba centrada en el insecto, con esa sorprendente facilidad que tienen los niños para dedicarse a algo con todo su ser. —Si crees que eres poderoso, no importa nada más. Nadie es poderoso de verdad. Prajapati no salía de su estupefacción. El niño prosiguió: Pensaba en eso ayer. Había un conejo junto al lago, ahí donde los pastos altos. Estaba comiendo. El pasto era tan alto que el conejo tenía que alzarse sobre las patas traseras. Entonces pensé: ningún hombre puede comer de un árbol de bambú que sea más alto que él. Así que el conejo es más poderoso que el hombre más fuerte. Levantó la mirada una vez más. Una hormiga es poderosa en su mundo, podría dominarlo. Vaya, en verdad eres extraño, pensó Prajapati. Pero no fue eso lo que le dijo al príncipe. Nunca lo había pensado de ese modo. El niño sonrió complacido y en cuanto vio que sus otras dos tías venían por el sendero, guardó su tesoro en los pantalones y se preparó para escapar a la carrera. ¿Qué crees tú? Le preguntó a Chana después de haberle contado todo aquello. Sin pronunciar palabra, el amigo del príncipe tomó a la hormiga entre dos dedos y la partió por la mitad. Creo que necesitamos otro juego, este es aburrido. Empujó a Siddhartha en el heno y cuando este salió escupiendo briznas de pasto, lo empujó una vez más. El juego físico de los niños se vio interrumpido. ¡Chana! Los pequeños levantaron la vista como si se lo hubiese ordenado el dios de los establos. Vikram apareció en la entrada del comedero cubriéndola casi por completo con su voluminoso cuerpo. Llevaba un delantal de cuero grueso y unos pantalones con apliques de metal que siempre usaba durante la temporada de apareamiento cuando había riesgo de que un semental lo acometiera con los cascos de improviso. Vikram se agachó, levantó un montón de estiércol de caballo y se lo arrojó a las dos campesinas que se habían quedado junto a la puerta del establo. Prajapati las había dejado. Ahí para que esperaran a que saliera Siddhartha. Las muchachas gritaron cuando vieron cuán cerca les había pasado el estiércol y ya comenzaban a alejarse. Siddhartha y Channa celebraron el triunfo a gritos. Vikram no sonreía. Te necesito, muchacho. Channa corrió tras su padre, que estaba a cargo de los establos del rey cuando no había batallas que librar. No hubo mucho más, a decir verdad, desde el nacimiento del príncipe. Los reinos de Kosala y Magadha, hacia el este, habían hecho las paces con Suddhodana, y él ya había saciado su sed de invasión de aldeas fronterizas para añadirlas a su dominio. Aunque el cuerpo de Channa estaba aún muy lejos de ser tan ancho e imponente como el de su padre, el niño prometía tener la misma altura y volumen algún día. Su oído era fino, podía captar cualquier movimiento en un compartimento alejado y distinguirlo de las típicas conmociones de los caballos en celo. Vikrama advirtió que Siddhartha estaba siguiéndolos. —No podéis venir, joven príncipe —dijo—. Sólo puede hacerlo el muchacho. Siddhartha se detuvo perplejo. —¿Por qué no? —Porque vuestro padre me desollará si venís. No podéis ver esto. Quedaos aquí hasta que el muchacho y yo regresemos. Vikram no estaba siendo severo con el niño de 7 años al que jamás habían llamado muchacho. Solo decía claramente lo que era necesario. Siddhartha obedeció sin poner objeción alguna. Se quedó atrás mientras Chana y su padre doblaban por el pasillo y entraban en un compartimento abierto. La puerta se cerró detrás de ellos. Siddhartha se sentó en cuclillas en la tierra cubierta de paja. Sus ojos recorrían la plétora de monturas y bridas que colgaban de las paredes. Oyó el sonido metálico de los martillos en la forja del herrero fuera de los establos. Escuchando con atención, creyó oír los susurros de Vikram, seguidos por los de Chana, pero no estaba seguro. El niño no se sentía cómodo solo. Tenía un secreto, uno de los que daba vergüenza revelar si sino de los que no podía comprender. Para no pensar en eso, fijó la vista en el techo del establo. Era viejo y las vigas que se habían combado durante el invierno dejaban paso a la lluvia y, cuando el cielo estaba despejado, a los rayos solares. Siddhartha vio un rayo del sol y se concentró en las motas de polvo que danzaban en él. Mira bien. Siddhartha tembló y trató de no prestar atención. Sentía que las palabras que sonaban en su cabeza no eran suyas. Tampoco eran como los pensamientos comunes. La voz había aparecido una semana antes. Ese era el secreto del príncipe. Casi siempre decía lo mismo: mira bien. Gracias a esa voz había descubierto la hormiga negra y el conejo en los pasos altos. Ahora la oía una vez más mientras se acercaba para ver mejor el rayo de sol y las motas de polvo que flotaban en él. Si hacía lo que la voz le pedía, esta parecía quedar satisfecha. El rayo de sol caía con tibieza sobre sus párpados y el príncipe se sentía presa de una ensoñación. Las motas de polvo parecían atraer su atención y crecer más cuanto más las contemplaba. ¿Y qué si estamos hechos de polvo? Todo lo que sale de la tierra es polvo y nada más. Siddhartha miró su brazo y limpió la capa de estiércol seco que se había depositado en él. Una nueva nube de polvo empezó a danzar en la luz del sol. Yo soy polvo y nada más, pensó. Se puso en pie de un salto y echó a correr. Polvo y nada más. La voz se había puesto en su contra. De pronto era dura y burlona. Siddhartha quería dejar de oírla. Apenas podía contener el llanto. Corrió hacia el compartimento donde había entrado Channa. Se detuvo en la entrada. No quería que lo vieran en ese estado débil y agitado. Sobre él, en la penumbra de las vigas, había una figura oculta, sentada. Los ojos de la figura observaban al niño que trataba de calmarse. Y una mente calculadora analizaba cuál sería su siguiente jugada. Siddhartha empujó la puerta, pero estaba cerrada desde dentro. Al otro lado se oía la voz firme de Vikram: —¡Te dije que la sostuvieras! Siddhartha oyó relinchos doloridos y un fuerte golpe de cascos de caballo contra el suelo. Espió por una grieta de la puerta y vio una yegua vieja y enferma, echada sobre un costado, que temblaba y respiraba con dificultad. A un lado de la yegua estaba Chana, que hacía todo lo que podía para sostenerle la cabeza. En el otro extremo se encontraba Vikram, que le ataba las patas traseras con una cuerda. Las delanteras ya estaban amarradas y golpeaban el suelo en vano. Vikram se puso de pie. Siddhartha vio la desazón de su cara, el miedo de la cara de Chana. Todo saldrá bien, susurró el niño al oído de la yegua. Que se estremeció como si hubiese oído a un depredador. Los ojos giraban sin control y estaban blancos por el miedo. El animal sabía lo que ocurriría. —Necesito que seas fuerte —dijo Abigram—. ¿Sabes por qué no puede estar aquí el príncipe? —No. El padre se encogió de hombros. —Da igual. Solo recuerda que no puede estar aquí. ¿Entendido? Channa asintió. Esta noche, cuando todos duerman, la sacaremos y la enterraremos. El príncipe ni siquiera debe saber que está muerta. Channa asintió una vez más. Sobre la cabeza de Siddhartha, la figura oculta, que no era otro que Mara, miraba hacia abajo analizando cuál sería su siguiente jugada. Dejó pasar un tiempo para volver a visitar al niño No esperó mucho desde que decidiera acercarse, lo suficiente como para ser una voz en su cabeza y un pintor de imágenes en su mente. El demonio aplaudió, preguntándose si el muchacho miraría hacia arriba, pero los ojos de Siddhartha no se despegaban de lo que ocurría en el establo. Vikram recogió un hacha pesada y puso hacia afuera el extremo plano de la hoja para usarla como garrote. Se acercó lentamente a la cabeza de la yegua. No mires, muchacho. Chana obedeció. Su padre levantó el garrote sobre la cabeza y en los brazos desnudos se marcaron nudos musculosos. Con el rabillo del ojo, Chana vio cómo bajaba el hacha. Hubo un sonido seco y fuerte y un crujido de huesos, pero en el instante previo, como si hubiese presentido su destino de manera sobrenatural, la vieja yegua gritó. Siddhartha la aulló mientras corría. Fue un grito desgarrador y doloroso que hizo que los demás caballos temblaran en sus compartimentos. Estaba aterrado, pero no había visto el golpe. Algo lo había arrancado de ahí en el momento justo, debilidad quizás, u otro impulso mejor, y lo había salvado de la imagen cruenta. Salió corriendo, presa del pánico, tratando de alejarse de los establos tanto como pudiera. Las dos sirvientes de Prajapati lo vieron y lo persiguieron. Mara supo que era el momento indicado. De pronto estaba corriendo junto a Siddhartha, moviendo brazos y rodillas con fuerza, sin darle un paso de ventaja. —¡Vamos! —gritó el demonio—. ¡Arre! Veamos cómo corres. Siddhartha volvió la vista y sus ojos se agrandaron. No fue más que una mirada rápida y aterradora, pero Mara estaba seguro de que el niño lo había visto. Fue la primera vez, un hito. Siddhartha evitó la imagen horrible y se concentró en el palacio que se erguía delante de él. Era una construcción enorme y ornamentada, con una belleza acorde a todos los visitantes que habían tenido audiencia con el joven príncipe. Príncipe. Atravesó corriendo el arco de la entrada sin detenerse. Se abrió camino a través de la planta inferior y no tardó en llegar a la puerta cerrada de la alcoba de su padre. Nadie lo había seguido y poco a poco la respiración dejó de quemarle el pecho. Oyó murmullo de voces dentro de la habitación y con cautela trató de abrir el cerrojo. Estaba abierto. Moviéndose con sigilo de niño, abrió la puerta y espió dentro. Los aposentos privados de su padre también eran enormes y ornamentos— ornamentados. La decoración y el mobiliario estaban hechos de las mejores sedas y el oro más fino. Los suelos pulidos brillaban bajo la luz de las velas y un pequeño grupo de hombres se hallaba reunido alrededor de la cama del monarca. Suddhodana estaba sentado, recostado contra unas almohadas. Los hombres que lo lo rodeaban eran los médicos de la corte, que tocaban y palpaban con cuidado al paciente real. —¡Daos prisa! —gruñó Ciudadana—. Si estáis aquí para acercarme a la muerte, no os molestéis. El tiempo se está encargando de eso mejor que vosotros. Siddhartha se echó atrás. Jamás había visto enfermo a su padre y a duras penas reconocía a esos hombres como médicos. En su corta vida solo los había visto aparecer unas pocas veces, siempre antes del alba. El rey no quería recibir cuidados mientras su hijo estaba despierto. Sin embargo, Siddhartha recordaba vagamente, como una alucinación que trae la fiebre, esas mismas atenciones que ahora veía. Uno de los médicos le hizo un gesto a otro que tenía un gran balde de madera con una tapa. Este lo abrió, metió la mano y sacó una sanguijuela enorme, gorda. Acostaos, Majestad, os prometo que será la última vez. El jefe de los médicos era un hombre grande, de manos delicadas. Siddhartha recordaba que se llamaba Gandhik. Este tomó la sanguijuela y la depositó exactamente sobre el corazón del rey. Siddhartha apenas pudo quedarse callado cuando vio las 6 sanguijuelas que ya se estaban alimentando del pecho de su padre. Oscuras e hinchadas, daban la impresión de querer meterse dentro del cuerpo del rey. —¡Me da asco! —exclamó Sududana—. ¡Vosotros y vuestras supuestas artes! —suspiró resignado—. ¡Asco! —Quieto, Alteza —recomendó Gandik con tono tranquilo y paciente. —Quiero volver a ser fuerte —dijo Sududana. Luego sacudió la cabeza—. ¿A quién engaño? Quiero volver a ser joven. Recostado sobre las almohadas, con el pelo cano, desperdigado alrededor de él, el rey consentir a las humillaciones de la medicina para distraerse evitaban que tuviera que lidiar con el paso del tiempo. Cada día que pasaba representaba una nueva carga que debía soportar sobre los hombros, un poco menos de fuerza. Estaré fuerte después de esto, prometió Gandhi, sosteniendo entre sus dedos pulgar e índice otra sanguijuela que se retorcía para escapar. Había algo falso en sus palabras de consuelo, algo que hasta a él advertía. ¡Idiotas! Explotó el rey. ¡Aduladores! Da igual si yo mismo me saco la sangre. Miró con furia la sanguijuela y luchó con la idea de renunciar a todo ese condenado asunto de la medicina. Se recostó una vez más con los ojos cerrados, ya sin voluntad de seguir mirando. Continúa. Con cuidado, Gandhik aplicó la última sanguijuela sobre el pecho del rey. Siddhartha tenía los ojos fijos en eso, pero su mente estaba concentrada en algo que no podía comprender: que su padre se mostrara asustado. La idea le provocaba escalofríos. Era como si hubiese estado sobre una montaña que de golpe empezaba a derrumbarse bajo sus pies. Siddhartha caminó hacia atrás y cerró la puerta sin hacer ruido. Cuando se volvió, estuvo a punto de tropezar con otro niño en el pasillo. ¿Qué eres, un espía? Dijo el extraño. Tenía una voz desafiante y unos ojos desdeñosos que miraban al príncipe bastante por encima de su cabeza. En cuanto oyó la palabra espía, Siddhartha reaccionó. No, tartamudeó. Nada de eso. Los ojos del niño mayor se entrecerraron, llenos de desconfianza. Siddhartha enrojeció de vergüenza y de repente supo, sin que se lo dijeran, que alguien importante acababa de entrar en su vida. Este es el podcast Just in Time. Para que podamos intercambiar, tenemos la página de Facebook. 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