71. Siddhartha no estaba dispuesto a seguir soportando las provocaciones. (Serie Buddha)
5 Jul 2022 · 15 min
El episodio del podcast "Just in Time" presenta una introducción del presentador (Speaker A) que invita a la audiencia a participar a través de redes sociales y la aplicación del programa. A continuación, Speaker B narra un fragmento del capítulo 5 de la novela "Siddhartha", centrado en un tenso encuentro entre Siddhartha y su primo Devadatta dentro del palacio del rey Suddhodana. La narración describe cómo Devadatta, vestido con ropas bordadas y de apariencia aristocrática, provoca a Siddhartha con burlas, juegos de lanzar piedras y una agresión física que termina con Siddhartha herido y cubierto de sangre. Se describen también los festines y la atmósfera festiva del palacio, con colores brillantes, malabaristas y narradores que relatan mitos como el de Hanumán. El padre de Siddhartha, Suddhodana, observa la escena con una mezcla de frialdad y una leve muestra de ternura al limpiar la herida de su hijo, mientras los cortesanos observan sin intervenir. El relato muestra la creciente violencia, la dinámica de poder entre los primos y la respuesta ambivalente del padre. Finalmente, el presentador cierra el episodio reiterando los canales de contacto (Facebook, correo electrónico, app de Viñasa Yoga Just in Time) y anima a los oyentes a dejar mensajes de voz o escritos.
El podcast Just in Time, porque necesitamos salir, mantenernos abiertos al movimiento, a la reflexión, caminar, observar, reflexionar para empezar algo nuevo.
Capítulo 5. Pasaron unos instantes hasta que Siddhartha reunió el aplomo suficiente para preguntar: —¿Quién eres? ¿Por qué te me apareciste así? El otro niño se quedó mirándolo sin responder. Llevaba ropas con muchos bordados que lo señalaban como el favorito de la corte de algún rey. Debajo de las ropas el cuerpo ya desarrollaba músculos sobre un tronco esbelto. Debía de tener por lo menos 12 años. —No me aparecí. Es que tú estás demasiado ciego como para ver. —¿Perdona? La mansedumbre de Siddhartha hizo que el otro niño se irguiera en toda su estatura y se cruzara de brazos. —Vine a buscarte. ¿No te dijeron nada? Siddhartha negó con la cabeza, lo que le valió una mirada lastimera. —No hablas mucho. ¿Pasas el día debajo de una piedra? Se te ve muy pálido. Cada provocación surtía menos efecto. Siddhartha sabía que no era pálido y, aunque al principio se había sentido acobardado, ahora no tenía miedo del extraño. —Tú debes de ser mi primo —dijo. Me dijeron que vendrías. ¿Ves? Incluso tú puedes ser coherente si te lo propones. Siddhartha no dijo nada. La llegada de esta agresiva visita sumaba otra sorpresa poco agradable al día. Su dudana restringía el número de personas que veían a su hijo, y todavía más el de las personas que llegaban a tener una conversación con él. ¿Crees que puedes recordar un nombre? El mío es Devadatta y valgo tanto como tú. Trata de recordar eso también. Siddhartha habría saludado con una reverencia y estuvo tentado de hacerlo incluso después de semejante afrenta. Recordó lo que le había dicho su padre: Te estás quedando demasiado solo. Tenemos que hacer algo al respecto. Al día siguiente se ordenó convocar a un compañero adecuado y Suddhodana se felicitó por la elección. Devadatta había nacido en una rama de la descendencia real de los Sakya y tenía edad suficiente para viajar a caballo desde su reino por senderos empinados. El muchacho ostentaba el título de príncipe. Devadatta estaba cansado de hacer bromas, así que le quitó la gorra a Siddhartha y la puso lejos de su alcance mientras la sacudía y miraba cómo trataba de saltar y alcanzarla el niño más pequeño. —Tenemos que llegar a un acuerdo tú y yo —dijo—. Me obligaron a irme de mi hogar contra mi voluntad. No tengo edad para imponer mi deseo. No siempre, quiero decir. Tevadatta sonrió, convirtiendo su boca en una especie de línea angosta, apretada. —No quería venir a este lugar que hasta Dios ha olvidado. Ni verte a ti. Volvió a ponerle la gorra en la cabeza con un ademán brusco. Siddhartha dio un paso atrás para echar a correr hacia el pasillo si era necesario. —Le tienes miedo a las sanguijuelas, ¿verdad? —dijo Devadatta provocándolo. —No —respondió Siddhartha, avergonzado de que lo hubieran visto, pero deseando que nadie pensara que tenía miedo, en especial alguien que se presentaba como enemigo. Y que viviría bajo su mismo techo. No podía consentirlo. Tebarata se levantó la camisa y mostró una docena de heridas sin cicatrizar que le cubrían todo el pecho. Eran medias lunas de un color rosado brillante que resaltaba contra la piel morena. —Tuve fiebre el mes pasado. Me sacaron sangre para que no me muriera. Por eso están ahí adentro con tu papá. —Es probable que se muera. Tevadatta lanzó una mirada furiosa al pequeño. —No me porté como un niño, no como tú. Vamos, tócalas, si es que no tienes miedo. Siddhartha no estaba dispuesto a seguir soportando las provocaciones, por lo que dio media vuelta y se alejó a toda velocidad por el largo pasillo. Quería escaparse de todo, de su primo, de los médicos, y su balde de hematófagos, y sobre todo de la impotencia que le provocaba sentirse atrapado en una pesadilla. Una risa burlona le ardía en los oídos mientras corría. Al poco tiempo, Suddhodana se regocijaba con la desenvuelta presencia de Devadatta en la corte. Este príncipe lleva mi sangre. Tratarlo como si fuera mi segundo hijo, ordenó el rey solemne y públicamente a toda la corte. En privado designó a los espías de siempre para que vigilaran al recién llegado, que probablemente tenía el encargo de espiar también. El rey pensaba que había matado dos pájaros de un tiro. Su hijo, que mostraba signos de una pasividad peligrosa, tendría un modelo que imitar, alguien de su edad, pero más fuerte. Además, un reino vecino, intimidado por la ira que podía despertar en el monarca si no accedía, había puesto a su heredero bajo el control de Suddhodana. Con Devadatta metido en su trampa, Suddhodana no escatimaba sonrisas al muchacho y le consentía todos los caprichos que prometían ser precoces y abundantes. Ese año, cuando llegó la primavera, el rey dio un banquete para celebrarlo. Siddhartha se despertó antes de que amaneciera, animado por la idea de qué le esperaba. Sabía que había gente que vivía fuera de los muros del palacio, pero apenas podía imaginar cómo serían esas personas. La actividad más simple y mundana, pasear por un camino de tierra de un lado a otro de un pueblo, tenía que ser increíble. Aunque él nunca había visto un pueblo y solo conocía la existencia de los caminos que conducían a lugares distantes por los libros. Lo único que tenía que hacer era preguntar a cualquiera sobre sí mismo y sin duda esa persona le contaría historias maravillosas. Sin embargo, cuando empezaron las celebraciones, el torrente de nuevas sensaciones fue mucho mayor de lo que había imaginado. Los coloridos lienzos con imágenes estampadas de los dioses, los faroles brillantes y las decoraciones con relieves dorados transformaban el palacio en un recinto mítico. Siddhartha atravesó a la carrera tropeles de malabaristas y acróbatas, escuchó boquiabierto a los narradores itinerantes de máscaras estridentes que habían pasado años aprendiendo a cautivar a los aldeanos mientras describían cómo Hanumán, rey de los monos, voló con una montaña en las manos porque necesitaban una hierba extraña que crecía ahí para curar a Lakshmano, hermano del divino señor Rama, herido en la batalla. El mono no pudo encontrar la hierba, así que arrancó la montaña entera para regresar a tiempo. ¿Lo lograría? El público contenía la respiración sin que a nadie le importase haber oído la historia cientos de veces. Pero nada superaba la hora frenética en que los asistentes corrían por todo el palacio tirándose unos a otros puñados de polvo teñido de colores. Unas nubes de brillantes tonos rojo, verde y azul llenaban el aire. Las damas huían de sus agitados perseguidores dando gritos, pero se dejaban cazar con timidez fingida y luego se reían a carcajadas cuando echaban tintura en la cara a sus enamorados. En cuestión de minutos, todos estaban cubiertos de una extraordinaria gama de tonalidades. De pronto, dos chicas más grandes que estaban algo alejadas de él llamaron la atención de Siddhartha. Conversaban junto a una de las mesas repletas de comida y fingían que no estaban mirando al príncipe. Saben que soy un príncipe, pensó Siddhartha esbozando una sonrisa. Esto le dio confianza y se acercó, con las bolsas de polvo escarlata escondidas tras la espalda. Se esforzó por seguir pareciendo inocente. Cuando estaba a unos metros, les dio una sorpresa. Una nube roja quedó flotando en el aire unos instantes, antes de que se la llevara el viento. Las dos chicas gritaban y reían mientras disfrutaban de la atención inesperada de Siddhartha, mucho más que de la broma. Cuando se disipó la nube, se hizo una pausa incómoda. —Hola —dijo al fin Siddhartha. Las dos chicas intercambiaron miradas, como si trataran de descifrar el mensaje oculto tras el saludo. La más valiente respiró hondo. —Hola —contestó. No acudieron los guardias, no explotó nada. Nada ocurrió como habían temido, de modo que la otra también se atrevió a decir unas palabras. ¿Eres el príncipe? No lo dijo como si lo dudara, sino tímidamente, como si no tuviera derecho a preguntar. Siddhartha asintió con la cabeza. Mi padre es el rey. Las chicas se quedaron calladas. Siddhartha no estaba seguro de si las cosas iban saliendo bien. Deseó no haber estado solo. primo! Siddhartha se dio la vuelta y vio a Devadatta a unos metros de distancia. Tenía el puño en el aire y, un segundo después, lo sacudía con todas sus fuerzas. A su alrededor se formó una nube verde. Siddhartha estaba a punto de meter la mano en su propia bolsa, feliz de unírsele en la festiva lucha, cuando sintió un fuerte dolor en la frente. Se tambaleó, dio un paso hacia atrás, luego se tocó la parte dolorida. Cuando miró la mano, estaba manchada de un líquido rojo tibio pegajoso. Devadatta había puesto una piedra en el polvo antes de tirarlo. Otra sorpresa distinta del dolor llamó la atención de Siddhartha. Nunca había visto su propia sangre. Su primo se reía de él y miraba en dirección a las chicas, esperando que apreciaran la broma. Pero ellas habían huido corriendo, asustadas. Devadatta se encogió de hombros y volvió su atención a Siddhartha. —Juguemos de nuevo, esta vez solo para mantenernos entretenidos. ¿Te parece bien? Se agachó, para buscar otra piedra puntiaguda. Siddhartha nunca estaba lejos de un par de ojos que lo vigilaran y Sudodana apareció en escena justo cuando Devadatta lanzaba el segundo guijarro, sin molestarse en disfrazarlo con tintura. El proyectil fue a dar en el pecho de Siddhartha y le hizo gritar. El príncipe se dobló haciendo una mueca de dolor. Devadatta consideró que el resultado era favorable Y ya tenía otra piedra preparada en la mano, pero vio al rey de reojo y dudó. Alrededor de ellos se había agolpado ahora una pequeña multitud. Suddhodana hizo un gesto con la cabeza a Devadatta. Adelante. El chico no necesitó más aliento. Tiró de nuevo y le dio a Siddhartha en el hombro con fuerza suficiente como para que volviera a brotar sangre. Ninguno de los espectadores acudió al rescate del agredido. Incluso Prajapati, que había llegado tarde, se quedó contemplando al rey y supo que no podía interferir en lo que ocurría. Siddhartha miró a su alrededor, tenía la cara roja de vergüenza y quiso echar a correr, pero lo detuvo la voz de su padre: —¡No! ¡Quédate! Los cortesanos intercambiaron miradas nerviosas, las damas más compasivas apretaban los puños contra el pecho. Sudodhana tenía los ojos fijos en su hijo y lo observaba con una mirada fría como respuesta a lo sucedido. Cuando vio que el chico no se movía, que tenía los ojos perdidos en la distancia, soltó un gruñido leve, casi indescifrable, que Devadatta interpretó como confirmación de su propia victoria. Devadatta se relajó y tiró la piedra que tenía en el puño, lanzando una última mirada de lástima a su víctima. Se abrió paso entre los espectadores y desapareció. Sudodana dio un paso adelante y se arrodilló junto a su hijo. Escúchame, no puedes dejar que haga eso. En esta familia se pelea. Siddhartha agachó la cabeza y se mordió el labio. Eres mi único hijo, ¿no es cierto? Sí, papá. A partir de ahora nada de papá, ¿me entiendes? A partir de ahora, señor. Siddhartha sintió que le ponía una piedra en su mano. Y la mano de su padre, mucho más grande que la de él, la cerraba hasta formar un puño. ¡Ve! El rey se puso de pie y los cortesanos le abrieron paso, formando un camino hacia donde había desaparecido Devadatta. Siddhartha sintió los bordes afilados de la piedra silícea contra la palma de la mano. Se dispuso a correr, pero no había dado más que un paso cuando lo detuvo la voz de su padre. —Espera, déjame limpiarte primero. Sudodana se inclinó y limpió la sangre que tenía el niño en la frente. —Tienes que verle bien para hacerle frente. Esto se te podría meter en los ojos. El tono de voz seguía siendo tenso, pero Siddhartha supo instintivamente que en esos pocos segundos su padre había cambiado, había sentido una pizca de remordimiento o de ternura. Un instante después le daban un empujón y él se encontraba corriendo con todas sus fuerzas hacia una glorieta que estaba junto al estanque por donde había desaparecido Devadatta.
Este es el podcast Just in Time. Para que podamos intercambiar tenemos la página de Facebook, podemos también intercambiar con el correo electrónico. Y también en la app de Just in Time, de Viñasa Yoga Just in Time, en Wix puedes mandarnos tus mensajes. Haz tus sugerencias, preguntas, comentarios para que te vayamos respondiendo. También está la posibilidad de dejar un mensaje vocal en el mismo podcast. Te podemos mandar el link para que nos dejes un mensaje vocal.
Nos vemos pronto.
More from Mélanie


173-Tahua ti Nahua, Nahua ti Tahua... Yo soy Tú, Tú eres yo / Je suis toi, tu es moi









