73. El demonio había aprovechado una idea que ya estaba en la mente de su victima (Serie Buddha)
20 Jul 2022 · 29 min
En este episodio de la serie Buddha, la anfitriona Mélanie Berthaud combina lecturas del libro de Thich Nhat Hanh The Heart of the Buddha’s Teaching y del poema The Fruit of Awareness con una dramatización de la vida de Siddhartha, su primo Devadatta y el demonio Mara. La narración muestra a Siddhartha escapando del palacio, mientras Devadatta, impulsado por celos y arrogancia, se enfrenta a Mara, quien explota sus miedos preexistentes para manipularlo. A lo largo del relato se intercalan reflexiones budistas: Buda no es un dios sino un ser humano que sufre; el sufrimiento es la “santa verdad” que abre la puerta a la liberación; y se presentan las Cuatro Nobles Verdades y el Noble Óctuple Sendero como camino hacia la paz. Se citan pasajes de Thich Nhat Hanh sobre compasión, inter‑ser y la necesidad de abrazar el dolor, y se recita el poema The Fruit of Awareness para ilustrar la práctica de la atención plena. El episodio concluye con la primera charla del Dharma a los cinco ascetas, reforzando la enseñanza central de que reconocer y transformar el sufrimiento conduce a la iluminación.
Chapters
¿Qué tal? Buenos días, buenas noches, dependiendo de la hora en la cual escuchan este episodio. Estamos en la temporada 3. El episodio que vamos a iniciar hoy va a incluir pasajes de un libro que me parece muy importante, que es el libro de Tito Thích Nhất Hạnh, del maestro Thích Nhất Hạnh, al cual estoy dedicando una temporada completa, 2, en francés, por un texto que se publicó en francés. Y este libro se llama The Heart of the Buddha's Teaching. En español salió como El corazón de las enseñanzas de Buda. Entonces, la aventura de la vida de Buda, leída desde el libro de Deepak Chopra, se va a intercalar con el texto sobre el corazón de las enseñanzas de Buda. Empezamos hoy con este entrelazado. El podcast Just in Time, porque necesitamos salir Mantenernos abiertos al movimiento, a la reflexión. Caminar, observar, reflexionar para empezar algo nuevo. Siddhartha dobló la esquina de la glorieta que estaba junto al lago de los lotos y su padre lo perdió de vista. Se escabulló por un pasadizo que llevaba hacia el interior. Luego se escapó hasta la orilla del estanque. No le importaba dónde estaba su primo. Dejó caer la piedra que apretaba con el puño. Los bordes silíceos le habían dejado unos surcos rojos en la palma de la mano. Le latían las otras heridas, las verdaderas, pero Siddhartha no hizo caso al dolor. Se dejó caer entre los altos juncos que rodeaban el estanque. Era casi el único verdadero escondite que había encontrado jamás. El pánico distorsionaba el tiempo, así que Siddhartha no tenía idea de cuánto tardó en empezar a sentirse mejor. Pero al final el corazón dejó de latirle a toda velocidad y cuando se le pasó la angustia se sintió mejor, aunque somnoliento y agotado. Siddhartha era hijo de su padre y a la vez no lo era. No había palabras para explicar por qué era así. Las esperanzas depositadas en él le pesaban sobre los hombros y desconcertaban a Siddhartha. Las piedras que le habían tirado, la humillación que vino luego, todo le dolía. Pero peor era saber que Devadatta, un cruel extraño, satisfacía las expectativas expectativas de su padre más que él. Siddhartha observó un halcón que, en lo alto del cielo, describía círculos con las alas inmóviles. Incapaz de ver más allá de los muros del palacio, aún podía contemplar lo que había por encima de ellos. Luego el halcón plegó las alas de repente y se lanzó en picado. En menos de un segundo dejó de ser un símbolo de la fuga, de la libertad, y se transformó en un proyectil mortífero que se precipitaba a toda velocidad hacia una presa inocente. En ese momento, aunque Siddhartha no lo sospechara lo más mínimo, la presa no era él, sino Devadatta. Este había huido animado por su victoria, aunque con el sabor amargo que le producía saber que seguía siendo prisionero del rey. El chico estaba aburrido por la puerilidad del festival. Aminoró el paso y entonces advirtió que, de la nada, había surgido ante él un hombre, un extraño. Era alto y tenía los hombros cubiertos con una capa de cáñamo, vasta, típica de los viajeros. A pesar del sigilo del hombre y la diferencia de tamaño, Devadatta no estaba asustado. Lo protegía su arrogancia. Tanteó con la mano la daga que llevaba a un costado. El extraño de la capa levantó una ceja en señal de sorpresa, como si dijera: Después de todo, tenemos a alguien aquí. Sacó su propia daga. —¡Vamos! —dijo—. Te mereces morir. Devadatta retrocedió, perplejo. —¿Por qué? Su voz todavía no delataba miedo y desenfundó su arma, listo para pelear. —No por algo que hayas hecho. Sino por lo que te voy a obligar a hacer. Con una rapidez que engañaba al ojo, el extraño se lanzó adelante, cogió la daga de Devaratta por la hoja y se la quitó de la mano. Después se echó a reír ante el asombro del muchacho. La mano del extraño sostenía con fuerza la hoja afilada, pero no caía ni una sola gota de sangre. Fuiste muy poco amable provocándome así, dijo el extraño con calma. Pero Mara tenía habilidad, y Mara tiene también amabilidad de sobra para los dos. Le devolvió el cuchillo a Devadatta. Estaba tan caliente como un carbón encendido, y el chico lo dejó caer con un grito de dolor. ¡Maldito seas, demonio! Mara hizo una reverencia irónica ante tan rápido reconocimiento. No muchos tienen la valentía suficiente para insultarme, y menos en el primer encuentro. Por lo general están más ocupados con el terror que los embarga. De Balatal le lanzó una mirada desafiante. ¿A qué has venido? Yo no voy a morir, dijo esas palabras con una certeza admirable. Mara no respondió. Levantó un brazo y junto con él se alzó al borde de su capa. Que estaba forrado de negro. Los ojos de Devadatta repararon en ella unos segundos antes de que la negrura pareciera expandirse. En apenas un instante, la capa, que describía un circulito pequeño alrededor de la cabeza de Mara, se hinchó hasta encerrar al chico, antes de que desapareciera la glorieta entera y Devadatta se encontrara en una oscuridad absoluta, tibia, y asfixiante. Buda no era un dios, sino un ser humano como tú y yo, y sufrió igual que nosotros. Si nos acercamos a Buda con el corazón abierto, nos mirará con ojos llenos de compasión y dirá: Como en tu corazón hay sufrimiento, puedes entrar en mi corazón. El laico Bhimalakirti dijo: Estoy enfermo. Porque el mundo está enfermo. Sufro porque la gente sufre. Esta afirmación también la pronunció Buda. Por favor, no creas que porque seas infeliz, porque en tu corazón haya dolor, no puedas encontrar a Buda. Es exactamente lo contrario. Como en tu corazón hay dolor, puedes establecer esta comunicación. Tu sufrimiento y el mío son la condición básica para poder entrar en el corazón de Buda y para que Buda pueda entrar en nuestro corazón. Durante 45 años, Buda dijo una y otra vez: Solo enseño el sufrimiento y cómo transformarlo. Cuando reconocemos y aceptamos nuestro propio sufrimiento, Buda, que significa el Buda en nuestro interior, lo observará, descubrirá qué es lo que lo ha causado y prescribirá un curso de acción que lo transforme en paz, alegría y liberación. El sufrimiento es el medio que Buda utilizó para liberarse y es también el medio con el cual podremos liberarnos. El océano de sufrimiento es inmenso, pero si te vuelves podrás ver la tierra. La semilla de sufrimiento que hay en ti quizás sea vigorosa, pero no esperes agotar todo el sufrimiento para poder ser feliz. Cuando un árbol del jardín cae enfermo debes cuidarlo. Pero no pases por alto a los árboles sanos. Aunque tu corazón esté lleno de dolor, puedes gozar las maravillas de la vida: la bella puesta del sol, la sonrisa de un niño, la abundancia de flores y árboles. El sufrimiento no es lo único que existe. Por favor, no te dejes encarcelar por tu propio sufrimiento. Si alguna vez has experimentado mucha hambre, sabes que el disponer de comida es un milagro. Si has sufrido un intenso frío, conoces el valor del calor. Si has sufrido, sabes cómo apreciar los paradisíacos elementos que están presentes. Si solo te fijas en tu sufrimiento, perderás el paraíso. No ignores tu sufrimiento, pero no lo olvides tampoco. No lo olvides. No olvides que es importante disfrutar de las maravillas de la vida en beneficio tuyo y en el de los seres humanos. Cuando yo era joven escribí este poema. Entré en el corazón de Buda con un corazón profundamente herido. Mi juventud, una ciruela aún verde. Tus dientes han dejado sus marcas en ella. Las señales todavía están frescas. Lo recuerdo siempre, lo recuerdo siempre. Desde que aprendí a amarte, la puerta de mi alma ha quedado abierta de par en par a los vientos de las cuatro direcciones. La realidad exige un cambio. El fruto de la conciencia ya está maduro y la puerta nunca podrá volverse a cerrar. Este siglo está consumido por el fuego y montañas y bosques llevan su marca. El viento brama en mis oídos mientras la tormenta de nieve agita violentamente el cielo. Las heridas del invierno permanecen en silencio, añorando el gélido filo. Inquieto, mi cuerpo se mueve y da vueltas en agonía toda la noche. Este texto, este poema, está tomado del poema, del libro más bien, Call Me by My True Names: The Collected Poems of Thich Nhat Hanh, y este poema se titula The Fruit of Awareness. Dando un grito, cayó en picado a un vacío amenazador. No había modo de saber cuánto cayó, pero sin duda el aterrizaje fue tan duro que le hizo resonar los huesos. Por un instante, Devadatta se retorció en vano, sin poder respirar, antes de notar la piedra dura, fría que tenía debajo. —¿Dónde estoy? ¡Habla! —gritó. —¡Claro que hablaré! ¡No temas! La voz de Mara sonaba junto a él. Devadatta estiró el brazo para asestarle un golpe, con tanta rabia como miedo. O, para ser más precisos, dominaba el miedo convirtiéndolo en rabia. Sus puños daban golpes al aire. Mara admiraba al chico. Era raro que alguien tan joven no tuviera miedo ante el peligro, aunque muchas de sus reacciones fueran apenas bravuconadas. Mara necesitaba a alguien que reuniera ciertas características: exaltado, temerario, incapaz de juzgar los límites de su propio peligro, astuto pero lo suficientemente estúpido como para caer en la trampa de la arrogancia. Este era el indicado. —¿Qué quieres? —gritó Devadatta en medio de la negrura vacía. Poco a poco fue dándose cuenta de que la negrura no era absoluta. Podía ver un brillo pálido a lo lejos. Por eso, y por la piedra sobre la que estaba tirado, supuso que se encontraba en una cueva y, como el aire era glacial, dentro de una montaña. Mara podría haber explicado todo lo que ocurría al chico. Pero prefería observar y esperar. La arrogancia y la bravuconada tenían sus límites, así que esperó una hora, después dos, luego seis, hasta que oyó que a Devadatta le rechinaban los dientes y percibió la desesperación que se le acumulaba en el pecho. Ahora sí era el momento de hablar. —Estás aquí para aprender —dijo Amara. Devadatta dio un salto. Cuando se quebró el silencio. Esta vez controló el enojo. Su mente había tenido tiempo para trabajar y ya sabía que estaba en poder de un demonio. No quedaba claro todavía de quién ni por qué exactamente, pero debía mantenerse alerta por si le tendían otra trampa. Dos eran suficientes. —Soy un príncipe. No puedo negociar contigo —dijo, mientras paseaba la mirada de un lado a otro por si el demonio se dejaba ver. Cosa que hizo. Mara apareció tal como lo había hecho en la glorieta, con la forma de un esbelto extraño ataviado con una capa negra. —No me estás escuchando. Dije que estás aquí para aprender. —¿Aprender qué? —hizo una pausa—. Soy todo oídos. Mara notó el tono de derrota que había en la voz del chico. Devadatta no podía seguir engañándose. No controlaba la situación. —Aprender a ser rey —aseguró Mara—. —No digas ridiculeces —bufó el chico—. Voy a ser rey en cualquier caso. No te necesito a ti para eso, seas quien seas. —¡Ridiculeces! Mi querido tonto, renunciaste a tu oportunidad en cuanto te alejaste de tu morada. Allí no te espera ningún trono, ni ahora ni nunca. —¡Mentiroso! A la vista de ese arrebato de ira, Mara decidió esperar de nuevo, así que dejó pasar otras horas. Mientras Devadatta iba sintiendo más frío y más soledad y se convencía de lo que había dicho el demonio. Entonces, ¿cómo sabía que la gratitud puede ser tan efectiva como el miedo? Mara dio unas palmadas y apareció una pequeña fogata en la cueva, a unos metros del chico. Devadatta se apresuró a acercarse y se calentó el cuerpo, que ya estaba tiritando. Crecí en tiempo de guerra. Por todas partes se veía la marca de la destrucción: en los niños, en los adultos, en los valores y todo el país. De joven sufrí mucho, pero una vez abierta la puerta de la conciencia, ya no puedes volver a cerrarla. Las heridas provocadas por la guerra todavía no se han curado. Hay noches en las que permanezco despierto y abrazo a mi gente, a mi país, y a todo el planeta con la respiración consciente. Sin sufrimiento no puedes crecer. Sin sufrimiento no puedes alcanzar la paz y la alegría que mereces. Por favor, no huyas del sufrimiento. Abrázalo y aprécialo. Ve al encuentro de Buda. Siéntate con él y muéstrale tu dolor. Él te mirará con bondad, con compasión y atención, y te mostrará cómo abrazar tu sufrimiento y observarlo a fondo. Con comprensión y compasión serás capaz de curar las heridas de tu corazón y las del mundo. Buda llamó al sufrimiento la santa verdad porque nuestro sufrimiento tiene la capacidad de mostrarnos la senda de la liberación. Abraza tu sufrimiento y deja que te revele el camino hacia la paz. El único trono que puedes aspirar a ocupar es el de Siddhartha, dijo Mara. La luz del fuego hacía que a Devadatta le brillaran los ojos. Como siempre hacía, el demonio había aprovechado una idea que ya estaba en la mente de su víctima. Su padre es demasiado fuerte. No puedes derrocarlo. Pero valiéndote de él, destronarás al hijo. Cada nueva palabra enardecía a Devadatta, que olvidó la angustia y el peligro en que estaba. No había odiado de verdad a su pequeño primo. Hasta el momento sus sentimientos fueron solo una mezcla de lástima y celos. —No me costará mucho librarme de él —dijo. El extraño de la capa levantó el dedo. —Más de lo que crees. Mucho más. El chico tomó estas palabras como un desprecio a su fuerza física, La única ventaja que tenía sobre el primo. ¿No crees que pueda vencerlo? Lo único que me hace falta es un puñal o una flecha cuando salgamos a cazar. Piénsalo bien, el rey te mandaría matar de inmediato. Ni siquiera se preocuparía por averiguar si fuiste tú. Sabría que fuiste tú. Devadatta hizo una pausa. Él y su dudana se parecían bastante, así que se dio cuenta de que Mara tenía razón. ¿Acaso no mataría él mismo a cualquiera que estuviera cerca del príncipe si fuera él el padre y su hijo hubiera muerto misteriosamente? Después de pensarlo un instante, Devadatta dijo: Sí, dejo que me enseñes. ¿Cuánto me costará? Mara se rió. No tienes nada que ofrecerme excepto tu vida. Un príncipe sin trono es también un príncipe sin fortuna. Si no lo pensaste antes, eres bastante poco despierto y Eso no es bueno para negociar. Me retiro. Espera, no puedes dejarme aquí. El chico parecía tan aterrorizado que daba gusto al demonio. Mara aplaudió de nuevo y se apagó el chisporroteo de la fogata. Estaba satisfecho con la primera función: que el chico durmiera en la cueva. Tendría miedo de morir congelado, pero Mara podía mantener encendida la chispa vital. Tenía el más minucioso control sobre la muerte, después de todo. ¡Espera! El chico gritó más fuerte, pero su corazón desesperanzado sabía que ahora estaba solo. No había cerca nada más que la negrura que se iba instalando con creciente pesadez y una luz trémula que venía de la entrada de la cueva. Devadatta se dirigió hacia ahí lentamente, apoyándose con una mano en el muro de piedra para mantener el equilibrio. Pisó pedruscos y sintió que algo— ¿una rata? Se le subía al pie. Cuando llegó hasta la luz, vio que esta se abría hasta transformarse en una entrada de proporciones considerables. Devadatta salió de la cueva y pisó nieve hecha hielo que se extendía en todas las direcciones. Estaba cerca de la cumbre de un pico del Himalaya, el tipo de lugar que buscaban los yoguis verdaderamente intrépidos para estar en soledad. Pero Devadatta no sintió ninguna presencia sagrada en ese paisaje hostil. No había señales de que ningún ser humano hubiese estado ahí alguna vez, ni la huella más ínfima de un sendero que llevara a la base de la gigantesca montaña. Lo único que podía divisar de Vadatta era el último atisbo del sol poniente antes de que desapareciera debajo del horizonte. Buscó palabras en su mente y no las encontró. Entre él y la negrura que descendía sin cesar, se encontraba la nada. Devadatta tardó la mayor parte de la noche en descubrir la forma de escapar de la cueva. Aunque todavía había un atisbo de luz en el cielo, engañó a la desesperación recorriendo las grietas en busca de ramas y astillas para encender el fuego, y restos de vegetación para roerlos. No podía encender una fogata con las manos vacías. Por último, abandonó esa actividad poco fructífera y se dedicó a odiar a Mara. Fantaseó con la venganza que se tomaría si lograba sobrevivir. La noche era tan espesa que perdió toda noción del tiempo. No había nada que hacer salvo acurrucarse, tembloroso y desafiante, en el suelo de piedra de la cueva y esperar así la muerte. La primera charla sobre el Dharma. Siddhartha Gautama tenía 29 años cuando dejó a su familia para descubrir la manera de poner fin a su propio sufrimiento y el de los demás. Estudió meditación con muchos maestros y después de practicarla durante 6 años se sentó al pie del Bodhi Taru. Y se hizo la promesa de no moverse de ahí hasta haber alcanzado la iluminación. Meditó durante toda la noche y, mientras nacía el lucero del alba, se produjo en él una profunda revelación, convirtiéndose en un Buda lleno de comprensión y amor. Buda dedicó los 49 días siguientes a gozar de la paz de su realización. Más tarde se dirigió lentamente al Parque del Ciervo de Sarnath para compartir la comprensión conseguida con los 5 ascetas con los que había practicado en el pasado. Aún tardó un poco más en darse por vencido del todo. Solo cuando creyó que no había salida posible, su mente dejó de enredarse en el pánico y entonces Devadatta pensó en algo simple: ¿Podían los demonios transportar físicamente a una persona a cualquier parte? ¿Y si la cueva no era sino una ilusión? En cuanto Hugo consideró esa posibilidad, sucedieron dos cosas. Oyó, como si fuera un eco apenas perceptible, que Mara se reía de él, y se quedó profundamente dormido. Cuando despertó, estaba tendido en el suelo, cerca de la glorieta, en el mismo lugar donde se le había aparecido el demonio. Se sentó y se frotó las extremidades tiesas, doloridas. El sol se estaba poniendo, así que debía de haber permanecido inconsciente ahí durante horas. Se subió a la barandilla que rodeaba la glorieta. En el agua del estanque de los lotos se reflejaban las llamas de las antorchas. A lo lejos se oían risas etílicas. El jolgorio del rey se prolongaba hasta entrada la noche. Devadatta se dirigió hacia el lugar del que venía el sonido. Por alguna misteriosa razón, su aventura en la cueva no lo había agotado. Al contrario, se sentía más fuerte. Ansiaba más que nunca hacer exactamente lo que se había propuesto esa mañana: arrinconar a una doncella y atormentar a Siddhartha. Ambos deseos le habían vuelto a la cabeza y lo excitaron hasta tal punto que se echó a correr. A Devadatta no le importaba si encontraba primero a una chica o a Siddhartha. Ninguno se olvidaría del encuentro. ¿Por qué pueden los demonios vagar por la mente de esa manera, aprovechándose de los inocentes? Lo que convertía a Devadatta en presa fácil de los terrores de la cueva era algo casi insignificante: el muchacho era claustrofóbico. De niño, casi se había asfixiado en sus ropas pesadas y llenas de pliegues cuando una nodriza poco cuidadosa lo dejó envuelto al sol. Mara conocía esa debilidad y lo único que tuvo que hacer fue envolver al chico con su capa. La mente de Vadatta se encargaría del resto. Entraría en erupción con el recuerdo de la asfixia y empezaría a desesperarse. Al demonio le resultó sencillo transformar el pánico tonto en una pesadilla. El chico no podía despertarse de lo terrible sueño que le retenía con fuerza durante todo el tiempo que Mara quisiera. Un instante de terror podía convertirse en una semana en la tan temida cueva, y Mara era capaz de hacer lo mismo con cualquiera. Solitario y desconsolado, Siddhartha vagaba por los jardines del palacio. Se había acostumbrado a estar solo siempre que podía. Sentía que no tenía otra opción. La gente parece tenerme miedo, procuran no mirarme o salen corriendo. ¿Por qué? Le había preguntado a Chana no hacía mucho. —¿Crees que yo te tengo miedo? —respondió Chana—. Tú no, el resto del mundo. Pero eso no era del todo cierto. Si sostienes un frágil huevo y tienes miedo de que se te caiga, no le tienes miedo al huevo sino a las consecuencias de sostenerlo. Lo mismo sucedía con los cortesanos que rodeaban a Siddhartha. Tantas puertas se le cerraban a Siddhartha, había tantas caras que bajaban la vista, Tantos ojos que se apartaban que él se sentía perplejo y confundía su actitud con miedo. Incluso Bikram se ponía de rodillas y se postraba preocupado cuando Siddhartha entraba en los establos. Lo hacía siempre, salvo cuando Channa también estaba presente. El rey le había dicho a Bikram que podía quedarse de pie en ese caso porque un padre no debe ser humillado ante su propio hijo. —Tienen miedo de no ser perfectos —dijo Channa cuando vio que Siddhartha se resistía a aceptarlo—. El rey los descubriría. —¿Y entonces qué pasaría? Channa señaló los altos muros del palacio. —Los echaría. Eso es lo que dicen. Channa pensó en los caballos que habían enterrado él y su padre fuera del perímetro amurallado. Les pasaría lo mismo que a los caballos aunque no estuvieran muertos. Siddhartha sabía en lo más profundo de su corazón que los caballos que desaparecían de los establos no se iban con vida, y le preocupaba que algo oscuro le ocurriera a un señor o a una dama, que se desvaneciera de pronto una mañana cuando el rey reunía a su corte para saludarlos y les permitía mirar en silencio cómo desayunaba. Menos mal que ninguno de los favoritos de Siddhartha había desaparecido aún. Cuando sea rey, no se echará a nadie fuera del muro, dijo, aunque era una afirmación extraña. Jhana no recordaría jamás otra oportunidad en la que Siddhartha se hubiera referido a su llegada al trono, ni en el futuro cercano, ni en el futuro lejano, ni nunca. Cuando ellos, los 5 ascetas, vieron que se acercaba, Se sintieron incómodos. Habían creído que Siddhartha los había abandonado. Pero mostraba un aspecto tan radiante que les resultó imposible no darle la bienvenida. Le lavaron los pies y le ofrecieron agua para saciar su sed. Buda dijo: Queridos amigos, he observado profundamente que nada puede existir por sí solo, que cualquier cosa debe inter-ser con todo lo demás. He visto que todos los seres están dotados con la naturaleza del despertar. Se ofreció a revelarles más cosas, pero los ascetas no sabían si creerle o no. De modo que Buda les preguntó: ¿Acaso os he mentido alguna vez? Sabían que jamás lo había hecho y aceptaron recibir sus enseñanzas. Buda entonces les enseñó las Cuatro Nobles Verdades de la existencia del sufrimiento, aquello que lo causa, la posibilidad de volver a encontrar el bienestar y el Noble Óctuple Sendero que conduce al bienestar. Al escuchar estas enseñanzas, Kondanna, uno de los Cinco Ascetas, Tuvo una inmaculada visión de las Cuatro Nobles Verdades. Buda se dio cuenta y exclamó, Kondañña, lo comprende. Kondañña, lo comprende. Y a partir de aquel día, Kondañña fue llamado aquel que comprende.
More from Mélanie


173-Tahua ti Nahua, Nahua ti Tahua... Yo soy Tú, Tú eres yo / Je suis toi, tu es moi









