84. Éste será tu lugar especial. (Serie Buddha)
26 Oct 2022 · 22 min
In this Spanish‑language episode of the Just in Time podcast, host Mélanie Berthaud blends passages from Deepak Chopra’s Buddha with Thích Nhất Hạnh’s El corazón de las enseñanzas de Buda to explore how suffering can become a doorway to peace, joy and liberation. The episode opens with a brief history of the podcast’s walk‑and‑talk origins during the pandemic and its evolution into a reflective format that now covers philosophy, psychology, psychoanalysis, literature, yoga and trauma healing. Berthaud narrates a vivid, dramatized encounter between the young Siddhartha and the hermit Asita, recalling Siddhartha’s infant memory of being left under a yambo tree, the teaching of a meditation posture, and a series of symbolic visions that illustrate the intertwining of pain and beauty. Interspersed are personal reflections, a poem about war‑time wounds, and practical advice: the yambo tree becomes a “special place” for grounding, silence and self‑inquiry when one feels confused or pressured. The episode concludes by reinforcing the Buddhist view that suffering is the “holy truth” that points toward liberation, and invites listeners to sit, breathe, and observe their pain with compassion.
Chapters
Hola, buenos días. En este capítulo estamos viendo cómo Siddhartha recibe la enseñanza de la postura de meditación por parte de Asita en un encuentro donde recuerda un momento en su muy, muy pequeña infancia cuando era bebé y que lo dejan debajo de un árbol Llamado Yambo. Estamos con la lectura de Buda de Deepak Chopra junto con el entrelazado que hacemos con otro texto de Thích Nhất Hạnh y aquí lo explico. Que disfrutes la escucha. Gracias. Estamos leyendo en un entrelazado del libro de Thích Nhất Hạnh, El corazón de las enseñanzas de Buda. Junto con el libro de Deepak Chopra que se llama Buda. Seguimos avanzando en ese entrelazado. El podcast Just in Time se inició para salir a la calle durante la pandemia, era un walk and talk podcast. Ahora seguimos en otra modalidad, puede ser walk and talk, puede ser simplemente analizando con calma sin tener que movernos, pero los temas permanecen los mismos: filosofía, psicología, psicoanálisis, literatura. Actualmente mucho tiene que ver con yoga y la relación con la liberación del trauma. Todos los temas que nos interesaron durante la pandemia siguen, permanecen, ahora bajo distintas modalidades. Puede ser Que esté yo sola o bien acompañada. Este es el podcast Just in Time. Buda no era un dios, sino un ser humano como tú y yo. Sufrió igual que nosotros. Si nos acercamos a Buda con el corazón abierto nos mirará con ojos llenos de compasión y dirá: Como en tu corazón hay sufrimiento, puedes entrar en mi corazón. El laico Vimalakirti dijo: Estoy enfermo porque el mundo está enfermo. Sufro porque la gente sufre. Esta afirmación también la pronunció Buda. Por favor, no creas que porque seas infeliz, porque en tu corazón haya dolor, no puedas encontrar a Buda. Es exactamente lo contrario. Como en tu corazón hay dolor, puedes establecer esta comunicación. Tu sufrimiento y el mío son la condición básica para poder entrar en el corazón de Buda y para que Buda pueda entrar en nuestro corazón. Durante 45 años, Buda dijo una y otra vez Solo enseña el sufrimiento y cómo transformarlo. Cuando reconocemos y aceptamos nuestro propio sufrimiento, Buda, que significa el Buda en nuestro interior, lo observará, descubrirá qué es lo que lo ha causado y prescribirá un curso de acción que lo transforme en paz, alegría y liberación. El sufrimiento es el medio que Buda utilizó para liberarse y es también el medio con el cual podremos liberarnos. El océano de sufrimiento es inmenso, pero si te vuelves podrás ver la tierra. La semilla de sufrimiento que hay en ti quizá sea vigorosa, pero no esperes a agotar todo el sufrimiento para poder ser feliz. Cuando un árbol del jardín cae enfermo, debes cuidarlo, pero no pases por alto a los árboles sanos. Aunque tu corazón esté lleno de dolor, puedes gozar de las maravillas de la vida: la bella puesta de sol, la sonrisa de un niño y la abundancia de flores y árboles. El sufrimiento no es lo único que existe. Por favor, no te dejes encarcelar. Por tu propio sufrimiento. Si alguna vez has experimentado mucha hambre, sabes que el disponer de comida es un milagro. Si has sufrido un intenso frío, conoces el valor del calor. Si has sufrido, sabes cómo apreciar los paradisíacos elementos que estén presentes. Si solo te fijas en tu sufrimiento, perderás el paraíso. No ignores tu sufrimiento, pero no te olvides tampoco de disfrutar de las maravillas de la vida, en beneficio tuyo y en el de todos los seres. Cuando yo era joven, escribí este poema: Entré en el corazón de Buda con un corazón profundamente herido. Mi juventud, una ciruela aún verde. Tus dientes han dejado sus marcas en ella. Las señales todavía están frescas. Lo recuerdo siempre, lo recuerdo siempre. Desde que aprendí a amarte, la puerta de mi alma ha quedado abierta de par en par a los vientos de las cuatro direcciones. La realidad exige un cambio. El fruto de la conciencia ya está maduro y la puerta nunca podrá volver a cerrarse. Este siglo está consumido por el fuego y montañas y bosques llevan su marca. El viento brama en mis oídos mientras la tormenta de nieve agita violentamente el cielo. Las heridas del invierno permanecen en silencio añorando el gélido filo Inquieto, mi cuerpo se mueve y da vueltas en agonía toda la noche. Crecí en tiempo de guerra. Por todas partes se veía la marca de la destrucción, en los niños, en los adultos, en los valores y todo el país. De joven sufrí mucho, pero una vez abierta la puerta de la conciencia Ya no puedes volver a cerrarla. Las heridas provocadas por la guerra todavía no se han curado. Hay noches en las que permanezco despierto y abrazo a mi gente, a mi país y a todo el planeta con la respiración consciente. Sin sufrimiento no puedes crecer. Sin sufrimiento no puedes alcanzar la paz y la alegría que mereces. Por favor, no huyas del sufrimiento. Abrázalo y aprécialo. Ve al encuentro de Buda, siéntate con él y muéstrale tu dolor. Él te mirará con bondad, con compasión y atención, y te mostrará cómo abrazar tu sufrimiento y observarlo a fondo. Con comprensión y compasión serás capaz de curar las heridas de tu corazón y las del mundo. Buda llamó al sufrimiento la santa verdad. Porque nuestro sufrimiento tiene la capacidad de mostrarnos la senda de la liberación. Abraza tu sufrimiento y deja que te revele el camino hacia la paz. La mente de Siddhartha se paseaba por esos pensamientos sombríos. Permanecía de pie y solo junto a su estanque preferido, el que estaba rodeado de altos juncos. Se arrodilló y se mojó las manos en el agua fresca. El estanque no era profundo en esa parte y Siddhartha vio algo en la sombra de un loto flotante: la larva de una libélula que se deslizaba lentamente sobre el barro. El príncipe la observó. El monstruo en miniatura se movía seguro e intrépido en su recorrido. Se le acercó nadando un pececito plateado y con un salto extraordinario la larva lo atrapó en sus fauces. El pececito se estremeció una vez y luego se quedó quieto con los ojos abiertos y brillantes, incluso cuando se moría. Siddhartha se estremeció junto con él. ¿Por qué sentía el dolor de una criatura tan pequeña, tan insignificante? Muy buena pregunta. Tal vez sea tu don, dijo una voz. Perplejo, Siddhartha se puso de pie y se encontró con un anciano que estaba frente a él, un ermitaño. Tenía la piel marrón y curtida, llevaba un mantón de seda fina y sobre el torso y una falda rudimentaria de cáñamo. El ermitaño estaba apoyado en su bastón junto a la orilla, mirando al chico con ojos ilegibles de tan profundos que eran. Me encontraste, y muy rápidamente. Yo no encontré a nadie, se quejó Siddhartha. Estaba aquí. El ermitaño sonrió y en el rabillo del ojo se le marcaron arrugas como de papel. Cosa que Siddhartha no había visto nunca. Todo lo que había en el extraño lo hacía similar a un espectro, una aparición. Esas cosas no funcionan como tú crees. Me oíste, sabías que tenías que hacer caso a mi mensaje. No hizo falta más. Soy Asita. Un chico de más edad o muy distinto habría querido saber cómo se había metido la voz de otra persona en su cabeza. Siddhartha aceptaba que algo inexplicable no tenía por qué ser irreal. —¿Por qué estás aquí? ¿Lo sabe mi padre? —Dos buenas preguntas. A la primera puedo dar una simple respuesta. Sin embargo, la otra pregunta es más complicada. Tu padre se disgustaría mucho si me viera aquí. —¿Importa? Antes de que Siddhartha pudiera contestar, Asita volvió a hablar. Claro que sí, es la persona que admiras. Siddhartha sintió que lo criticaba. Todo el mundo lo admira, es el rey. No nos preocupemos por eso ahora. ¿Has oído otras voces en tu cabeza? Dime la verdad. Siddhartha agachó la cabeza. Eso imaginé. Tienes una naturaleza sensible muy profunda. Sentirás cosas que otras personas no pueden sentir. Por desgracia, no todas esas cosas serán buenas para ti. No puedo hacer nada al respecto, ¿comprendes? ¿Sabes de qué estoy hablando? No quiero ser diferente, pero tú dices que así tiene que ser. No, no comprendo. Asita se acercó al chico y le puso su tosca mano en el hombro. Estás sin madre y tienes un padre en el que confías plenamente. Hemos de tener eso en cuenta. Siddhartha se sintió más incómodo. Oigo que vienen los guardias. Tienes que irte. Dijiste que no deberías estar aquí. Los soldados se gritaban unos a otros desde el otro lado del estanque y las voces se estaban acercando. El extraño sacudió la cabeza. Puedo ocuparme de ellos. Todo lo que decía era un misterio para Siddhartha, porque Asita no hacía nada que él pudiera ver. Pero cuando se acercaron 3 guardias peinando los juncos, no vieron a ninguno de los 2 ahí, pese a que eran muy visibles. El chico vaciló. —Tú eliges —dijo Asita con calma—. Llámalos o quédate y escúchame. Sin decir palabra, el chico Esperó hasta que los guardias estuvieran a una distancia prudente. Bien, dijo Asita, estoy aquí para mostrarte algunas cosas nada más. Si sigo protegiéndote, no encontrarás tu propio camino, y es preciso que lo hagas. ¿Cómo has estado protegiéndome? ¿Eres tú el que me retiene aquí entre esas paredes? No, te he estado protegiendo de muchas formas, pero no físicamente. Asita se inclinó y miró al niño a los ojos. Tu padre quiere vivir a través de ti, pero no tiene derecho. Créeme. Siddhartha desvió la mirada mordiéndose el labio. Eres tan joven. Si tan solo pudiera— Se le fue apagando la voz y volvió a erguirse. Jamás se decidió el destino de nadie con palabras. Tengo algo que mostrarte y este es el momento. Del agua sobresalía un enorme ñambo en plena floración. —Te dije que tienes un don, pero no es un don cualquiera. Ya has empezado a experimentarlo, pero cada vez que lo haces sientes la tentación de salir corriendo. ¿Te recuerda a algo este árbol? Siddhartha sacudió la cabeza. Apenas tenías 4 años. Era primavera, época de arar la tierra, y tu padre había dado un banquete como el de hoy. De pronto tuvo una idea. Se le ocurrió salir a los campos y arar con los granjeros comunes. Sería, pensó, un gran espectáculo. Todos querían verlo, incluso tus nodrizas, así que te dejaron debajo de un ñambo igual que este. ¿De verdad no recuerdas nada de nada? Sidarta no sabía qué decir. En su interior, una extraña sensación, como una niebla que se disipa, lo hacía sentirse inseguro. Asita continuó: Nadie se dio cuenta, pero tú observabas con atención, y mientras las cuchillas del arado removían la tierra fresca, viste algo muy pequeño pero muy perturbador. El arado había cortado en pedazos el cuerpo de insectos y y gusanos junto con otras criaturas recién nacidas, ¿cómo te sentiste? —No puedo recordar cómo me sentía de bebé. Asita no apartó la mirada y Siddhartha bajó la cabeza. Unos instantes después habló en un murmullo: —Quería llorar. —¿Por qué habría de llorar por medio gusano? Te sentiste como si hubieras visto herida a tu propia familia, y eso te asustó, ¿verdad? No hace falta que respondas, ambos lo sabemos. El sentimiento era demasiado grande para ti. Pero luego ocurrió otra cosa. En ese momento, Siddhartha dejó de oír la voz de Asita porque la niebla que se disipaba en su interior reveló la escena que el ermitaño describía. Siddhartha se vio a sí mismo envuelto en sus ropas de bebé, sentado bajo el árbol. Vio cómo alzaba la vista para mirar las flores que se abrían sobre su cabeza. De pronto había vuelto al pasado, pero notó que lo que sentía ya no era angustia por las pequeñas criaturas cortadas en pedacitos bajo el arado. Lo había invadido algo nuevo: la belleza del árbol. El inmenso cielo azul, la llegada del espíritu de la primavera, todo le volvía a provocar dolor. Pero esta vez había un atisbo de felicidad pura. Y aún así, de alguna manera, las dos cosas estaban conectadas entre sí. El espectáculo de la violencia que tanto le dolía se transformaba en una felicidad que quería salir de su pecho como una Siddhartha volvió en sí y miró a Asita, que parecía leer sus pensamientos. Ese era tu don. No debes huir de él. ¿Huí en aquel entonces? No, por aquel entonces no tenías conciencia. Asita se rió. No sabías lo suficiente como para tener vergüenza o sentirte diferente. Te entregaste a esa belleza durante horas Y cuando te encontraron, todos estaban asombrados de que no te hubieras movido de ese lugar en todo el día. Pero estaban tan acostumbrados a tu tranquilidad que tampoco le dieron muchas vueltas al asunto. No obstante, Siddhartha levantó la mano. No lo digas. Ah, así que alguien sí lo notó. Te digo que lo dejes. El chico se había puesto nervioso, aunque permaneció sentado debajo del yambo todo el día. La sombra del árbol no se había movido, estaba en el mismo lugar sobre su cabeza. Así que el chico estuvo protegido del calor feroz del sol hasta que sus nodrizas volvieron corriendo. ¿A eso le llamas protegerme? Preguntó Siddhartha sin saber muy bien si tomarlo como un milagro o como otra circunstancia más que lo diferenciaba del resto de los niños. Estás contrariado y no tienes por qué. Ven. Asita se sentó debajo del árbol. Siddhartha miró cómo cruzaba las piernas y se enderezaba hasta que la columna quedó perfectamente erguida. Como practicaba aquel ejercicio desde hacía mucho, parecía que no hiciera el menor esfuerzo. Ahora prueba tú, dijo Asita. El chico imitó la postura y se sintió extrañamente cómodo, teniendo en cuenta que jamás la había visto ni puesto en práctica. Las manos así. Asita tenía una mano apoyada en cada rodilla y formaba un círculo con el pulgar y el índice. Siddhartha hizo lo mismo y luego cerró los ojos cuando vio que el ermitaño cerraba los suyos. Ambos estaban callados. Al principio, el chico apenas era consciente de lo que lo rodeaba. El aire estaba más fresco debajo del árbol. El sol del mediodía se filtraba con pereza por el dosel inmóvil de hojas y flores. Siddhartha se sintió adormilado y por un instante tal vez llegó a dormirse, pero estaba despierto cuando la voz que oía dentro de su cabeza dijo: ¿Puedes quedarte quieto sin pensar? No hables conmigo, no hables contigo mismo tampoco. Límitate a respirar con cuidado. Esas palabras le vinieron a la cabeza como si fueran sus propios pensamientos, pero Siddhartha sabía que tenían que ser de Asita. Al parecer, los dos estaban conectados. El príncipe aceptó este hecho. Sin cuestionarlo. El viejo ermitaño no se parecía a nadie que conociera. Desde luego no se parecía a Chunky, a quien el chico temía hasta cierto punto. Entonces Siddhartha se contuvo. Se suponía que no debía pensar. Enseguida su mente se quedó quieta. Fue algo natural, como una brisa que apacigua un lago fresco. Tomó conciencia de su respiración. De cómo inhalaba y exhalaba con un ritmo suave. Todo era agradable, tranquilizador. Tenía la sensación casi física de que se hundía en la tierra o descendía suavemente al fondo de un pozo. Pero su descenso no era aterrador, y abajo no lo esperaba una oscuridad absoluta. Era más bien un sueño lo que le esperaba. Lo que le recibía, aunque él siguiera despierto en sus brazos, en los brazos del propio sueño. Siddhartha perdió la noción del tiempo. Cuando volvió a abrir los ojos, Asita estaba apoyada en su bastón observándolo. Vienen a por ti, dijo serio. Siddhartha sabía que se refería a los guardias enviados por su padre. ¿Puedes recordar lo que te acabo de mostrar? Siddhartha asintió con la cabeza, pero no estaba realmente seguro de que le hubiera mostrado nada. Asita notó que dudaba. Aquí está tu seguridad. Este será tu lugar especial. Cuando te sientas confundido o cuando alguien trate de convertirte en algo que no eres, regresa a este árbol. Siéntate y cierra los ojos. Espera el silencio. No hagas nada para que venga. Vendrá por sí solo. Y así acaba el episodio 6 de la temporada 3. 3, que está leyendo la vida de Buda con el entrelazado del maravilloso texto de Thích Nhất Hạnh, del maestro Thích Nhất Hạnh, que falleció este año, llamado El corazón de las enseñanzas de Buda: el arte de transformar el sufrimiento en paz, alegría y liberación, que es un texto de cabecera. Buen día, buenas noches, hasta muy pronto.
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