85. Borrar un recuerdo no es un proceso sencillo (Serie Buddha)
31 Oct 2022 · 18 min
The narrator traces Siddhartha's childhood through scenes with his friend Channa and the sage Asita, then unpacks the first three Noble Truths: suffering, its origin, and its cessation. The episode explores why erasing memories is hard and how yoga, trauma work, and a teacher can help.
Chapters
En este episodio vemos cómo Asita retira la protección a Buda, cómo Buda atraviesa la infancia hasta llegar a la adolescencia jugando a la pelea con su amigo. También estamos abordando el inicio de las Cuatro Nobles Verdades. Con el maestro Vishnudhan. Vemos la primera que se llama Dukka, la segunda que se llama Samudaya y la tercera que se llama Nirodha. Quiero disfrutes. El podcast Just in Time se inició para salir a la calle durante la pandemia. Era un walk and talk. Podcast. Ahora seguimos en otra modalidad, puede ser walk and talk, puede ser simplemente analizando con calma sin tener que movernos, pero los temas permanecen los mismos: filosofía, psicología, psicoanálisis, literatura. Actualmente mucho tiene que ver con yoga y la relación con la liberación del trauma. Todos los temas que nos interesaron durante la pandemia siguen, permanecen Ahora bajo distintas modalidades, puede ser que esté yo sola o bien acompañada. Este es el podcast Just in Time. Podían oír el regreso de los soldados que se gritaban unos a otros junto al estanque. ¿Te encontraré aquí? Preguntó Siddhartha. Asita negó con la cabeza. Tuve que pensármelo mucho para venir aquí hoy. Todavía corres peligro. ¿Por qué? Siddhartha tenía el espíritu tan tranquilo que apenas lo perturbaba la advertencia velada de Asita. Por todos los que piensan que saben cuál debe ser tu futuro. No estás solo, siempre te están vigilando. Lo sé. La voz de Siddhartha sonaba tan seria como la del ermitaño. Bien, que así sea. Ahora te voy a retirar mi protección. A partir de este momento no quiero convertirme en uno de ellos. La voz de Asita se había tornado suave y algo extraña. Siddhartha no entendía por qué la mirada del viejo parecía tan triste, ni por qué se tomó el trabajo de agacharse y tocar los pies de Siddhartha. En cuanto hizo eso, el chico cerró los ojos de nuevo y una vez más descendió por el pozo de silencio, más profundo que antes, lo suficiente como para no oír que Asita partía. aquí! El grito venía de muy cerca y Siddhartha oyó pasos que corrían y se acercaban. Lentamente abrió los ojos y vio un anillo de guardias que lo rodeaba. Algunos parecían muy nerviosos, otros aliviados. El oficial que los mandaba dio una orden: ¡Corran y avisen al rey! Se arrodilló junto a Siddhartha. ¿Dónde habéis estado? ¿Llevó a alguien consigo? Siddhartha negó con la cabeza. Quería que se fueran todos. Sería mucho mejor si así lo hicieran, si no tuviese que regresar con ellos. Quería volver a cerrar los ojos, pero en cambio oyó su propia voz que decía: Estuve aquí, sentado, solo. El oficial tenía una expresión dubitativa. Hemos mirado en este lugar una docena de veces. Si se trataba de una pregunta implícita, Siddhartha no la respondió. Era demasiado consciente de que su cuerpo se estaba poniendo de pie como si otra persona se hubiera hecho cargo de sus músculos. Él seguía dentro del silencio. Ahora venían corriendo más personas, incluso varios cortesanos ataviados para el banquete, y algunos se tambaleaban por la bebida. ¿Qué hora era? Siddhartha estaba sorprendido de ver el sol tan abajo. Sobre la línea del horizonte. Los soldados fueron delante precediéndole y Siddhartha sintió que regresaba al mundo. Todo volvía a estar centrado. Su padre lo recibió con los brazos abiertos y no le preguntó siquiera si había peleado con Devadatta. Aplacada la tensión, el jolgorio se tornó doblemente escandaloso. Y se prolongó hasta pasada la medianoche. A Siddhartha se le permitió quedarse levantado. Vigilado de cerca por guardias, pasó una hora mirando a los bailarines y los acróbatas. Luego se retiró a su cuarto y se tiró en la cama, exhausto, pero con la cabeza llena de imágenes que lo mantuvieron despierto un largo rato. Las Cuatro Nobles Verdades. Tras alcanzar el pleno y perfecto despertar, Samyak Sambodhi, Buda tuvo que encontrar las palabras para poder compartir su visión. Ya había saboreado el agua, pero ahora tenía que descubrir recipientes como las Cuatro Nobles Verdades y el Noble Óctuple Sendero que pudieran contenerla. Las Cuatro Nobles Verdades son la flor innata de las enseñanzas de Buda. El cual continuó proclamando estas verdades hasta el momento de su gran fallecimiento, Mahaparinirvana. Borrar un recuerdo no es un proceso sencillo, no es como borrar garabatos de un pizarrón. Los ojos tienen una memoria muy duradera. Más incluso que el olfato. ¿Quién no recuerda las blancas nieves cegadoras de ayer, el perfume evanescente de una rosa, el esplendor de la cola desplegada de un pavo real? Pero trata de imitar el canto de un petirrojo, algo que has oído miles de veces. Muy pocos pueden. Muchos menos aún son capaces de recordar algo sabio que les hayan dicho. Siddhartha se juró a sí mismo que nunca olvidaría las palabras de Asita, pero pasaron los años y el mensaje del ermitaño se volvió cada vez más lejano, más vago. Además, ¿qué son unas cuantas frases profundas en comparación con los miles de días que siguen? En el caso del príncipe, cada uno estaba repleto de cosas nuevas, y cuando se acercó a la adolescencia Siddhartha había olvidado que una vez estuvo bajo la protección de Asita y que alguna vez esa protección se la retiraron. Los chinos traducen las Cuatro Nobles Verdades como Cuatro Maravillosas Verdades o Cuatro Santas Verdades. Nuestro sufrimiento es santo si lo abrazamos y observamos a fondo. En caso contrario, no tiene nada de santo. Simplemente nos ahogamos en el océano de nuestro sufrimiento. Para escribir la palabra verdad, los chinos usan los caracteres palabra y rey. Nadie puede discutir las palabras de un rey. Estas 4 verdades no son algo que pueda discutirse sino más bien algo para practicar y alcanzar. La primera noble verdad es el sufrimiento, dukkha. El significado raíz del carácter chino que corresponde a sufrimiento es el de amargo. La felicidad es dulce, pero el sufrimiento es amargo. Todos sufrimos en alguna medida tenemos en el cuerpo y en la mente algún que otro malestar. Debemos reconocer y aceptar la presencia de este sufrimiento y sentirlo. Para hacerlo necesitamos la ayuda de un maestro y de una sangha, los compañeros en la práctica. El rey cumplió su palabra y dejó que la educación de su hijo quedara a cargo del sumo brahmán. La cara de Kanki era la primera que veía el príncipe cuando salía de su habitación por la mañana y la última cuando regresaba por la noche. Lógicamente, esta familiaridad constante hacía que el chico confiara en su maestro. Aquel hombre enorme lo trataba bien y le decía muchas cosas útiles. Era como si lo siguiera un buey culto a dondequiera que fuese. Pero lógicamente también Siddhartha tendía a rehuir su educación cada vez que se le presentaba la oportunidad. Para cuando tuvo 6 años ya había dejado marcado un sendero que llevaba a los establos y que se hacía más profundo con el correr de los años. Ahí podía pasar horas eternas con Chana, ya tendido en la paja y analizando el futuro, ya ensillando un caballo para montarlo, ambos chicos juntos, uno que sostenía las riendas, el otro que pateaba con los estribos, ya cepillando un animal que echaba espuma y temblaba por haber hecho mucho ejercicio. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se ejercitaban en la lucha. Era lo único de lo que nunca se cansaba Chana. Si por casualidad Vikram los estaba vigilando, la pelea de los chicos seguía reglas estrictas. Tal vez tengamos que matar, pero no haremos una carnicería. Peleemos con estilo, insistía Vikram. El estilo es lo que humaniza la batalla. La segunda noble verdad es el origen, las raíces, la naturaleza, la creación o el surgimiento, samudaya, del sufrimiento. Después de percibirlo, necesitamos observarlo profundamente para ver cómo se forma. Necesitamos reconocer e identificar identificar qué clase de alimentos espirituales y materiales hemos ingerido que nos están causando sufrimiento. El estilo es lo que humaniza la batalla. Solo creía a medias en esta máxima, pero esta le daba un sentido de dignidad a la lucha. Y cuando no podía evitar imaginarse la matanza de batallas pasadas, el único refugio de Bikram era su dignidad. Había matado a demasiados enemigos usando tácticas sucias. Antes de que le entregaran una espada, cada chico se envolvía el pecho con una almohadilla gruesa de paja atada por fuera con yute. Sus espadas, más cortas y livianas que la de un guerrero, Tenían los bordes romos y la punta cubierta con una bola de plomo. Así garantizaban que ninguno recibiría heridas graves. No la desafiles tanto porque al final no la vas a sentir, ordenó Vikram al armero. Que les hagan moretones, pero sin llegar a derramar sangre. Haciendo las veces de árbitro, gritaba: ¡Toque! Para que los niños se separaran cada vez que una espada asestaba un golpe. Pero no había mucho que pudiera hacer para controlar el temperamento feroz de Channa. El chico seguía atacando incluso cuando su adversario había recibido un golpe y Vikram lo tenía que retener con una reprimenda y un tirón de orejas. Ambos sabían que en el fondo era orgulloso. Siddhartha solía sentirse mal si derrotaba a su amigo, pero Channa se lo tenía merecido. Cada pequeña victoria que conseguía significaba días escuchándolo alardear de la hazaña. Además, Siddhartha había aprendido que Channa no aceptaba ninguna derrota a menos que estuviera acompañada de dolor físico. Ambos lucían numerosos moretones coloridos causados por las espaldas. Romas. Un día, cuando los chicos acababan de 14 años, el ejercicio empezó con una pelea típica. Chana no se cansaba de embestir y golpear, que era su estilo favorito. Siddhartha observaba y le esquivaba cuando podía, jugando a la pantera serpenteante frente al buey torpe que era Chana. ¡Golpea! Gritaba Chana, rabioso por la agilidad del adversario. Apenas le había dado un golpe de refilón a Siddhartha en la túnica de cáñamo. De pronto embistió con todas sus fuerzas. Dio demasiado impulso a la temeraria estocada y, cuando pasaba a toda velocidad, Siddhartha le propinó un golpe en las nalgas con la cara de su espada. —Te pedí que golpearas de verdad —gruñó Chaná humillado. Siddhartha se encogió de hombros, divertido. Chaná detestaba la sonrisa dibujada en la cara de su amigo y, en lugar de discutir, Arremetió por segunda vez y volvió a fallar. Siddhartha cogió la camiseta de Chanda con la mano libre, levantó la espada hasta la garganta de su amigo y lo empujó contra la pared del establo. La respiración de uno explotaba en la cara del otro mientras se lanzaban miradas furiosas. La tercera noble verdad es dejar, nirodha, de crear sufrimiento evitando hacer todo aquello que nos lo causa. Y ahora una buena noticia: Buda no negó la existencia del sufrimiento, pero tampoco negó la de la alegría y la felicidad. Si crees que Buda dice todo es fuente de sufrimiento y no podemos hacer nada para evitarlo, estás comprendiendo lo contrario del mensaje de Buda. Buda nos enseñó cómo reconocer y aceptar la presencia del sufrimiento, pero también nos enseñó cómo ponerle fin. Si no hubiera la posibilidad de hacerlo, ¿de qué serviría practicar? La tercera noble verdad es que la curación es posible. ¿Es esto lo que tanto disfruta mi padre? Se preguntó Siddhartha. Sabía por la manera en que su padre hablaba de la guerra y la batalla qué se sentía al estar sumido en la lucha por sobrevivir en condiciones sangrientas. Ese día no había árbitro porque Vikram había tenido que ir a la herrería para ayudar a controlar un caballo de guerra rebelde al que tenían que herrar. Los chicos aprovecharon para pelear con más rudeza y poner a prueba los límites del otro. Siddhartha se preparó con los pies separados y el peso equilibrado, tal como le habían enseñado, y atacó con su espada. Ya había aprendido que la altura y la envergadura le daban ventaja. Se había convertido en el más delgado y alto de los dos. Dio una estocada rápida usando todos los músculos que pudo. Channa levantó su espada y lo bloqueó. El acero resonó contra el acero. Ese ruido discordante siempre hacía que algunos caballos resoplaran y dieran patadas en sus establos. ¡Ja! ¡Fallaste! gritó Chana echando la cabeza hacia atrás. Se pavoneó como si esquivar un golpe fuera lo mismo que ganar. Usaba todo recurso a su alcance para alimentar su enorme confianza en sí mismo. Quizá nunca llegara a tener la resistencia férrea de su padre, pero ya era más ancho de hombros y torso. Avísame cuando quieras que me deje. De jueguecitos, le provocó Siddhartha. Ambos estaban sudando muchísimo tras una hora de práctica. Los músculos hinchados de sus extremidades sugerían el contorno de dos hombres, no de los dos niños. ¿Jueguecitos? Ya me estoy cansando de contenerme para que no pierdas la pelea sin más. Aunque le flaqueaban las fuerzas y el aire le quemaba los pulmones cuando respiraba, Siddhartha buscó a Chana y, haciendo esfuerzos súbitos inevitables, atrajo a su adversario ante sí como el viento empuja una pluma a la deriva. Chanda lanzó un gruñido feroz y trató de mantener su posición, pero cada vez que intentaba repeler el ataque de Siddhartha, la espada volvía a acercarse más y más a él. Sin decir una palabra, ambos sabían que estaba pasando algo distinto. Ya no era una pelea en la que iban y venían los golpes. Siddhartha había ideado una estrategia. Los hábitos de lucha de Channa se habían vuelto automáticos y él ya sabía cómo contrarrestar cada uno de ellos. El aire le quemaba los pulmones, pero estaba decidido, y cuantos más signos de desesperación mostraba Channa, devolviendo las estocadas como podía, agitando la espada con silbidos inofensivos, más se apasionaba Siddhartha. Hemos acabado por hoy. Hasta la próxima, gracias.
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