En este monólogo, Amador relata la trayectoria de un cuadro que inicialmente consideró imposible de vender. Tras varios rechazos, el cuadro llega a la casa de un coleccionista cuyo hija se enamora profundamente de la obra, describiéndola como la más bella que ha visto. La familia no compra el cuadro, pero la hija muere poco después. Afligido, el padre contacta al artista, quien le envía la pintura. El padre y su esposa se sientan frente al cuadro y encuentran consuelo, viendo en él la presencia de su hija. Amador reflexiona sobre cómo cada obra tiene un propósito y un "click" único, y que el valor real de una pintura puede residir en el amor y los recuerdos que evoca, más que en su precio o en la reputación del artista.
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Me contaste la historia del cuadro que creíste que no se iba a vender. Ah, sí, claro. Sí, sí, es un cuadro que tiene una carga emocional muy fuerte. Eran como unos ángeles, no, eran como unos pájaros que la gente pensaba que eran ángeles. Entonces, cuando llegué a la casa, como me gustó tanto, lo llevé a la casa y me dijo Mari: no, no me gusta ese cuadro, es como muy triste. Y sabes qué, esto como que parecen como que estás en el cielo con alas. No, mejor llévatelo a la galería. Entonces me lo llevo a la galería Y tampoco. Pasaron mucho tiempo y no se vendía. Entonces me lo resalta ayer. Entonces llegó un amigo que lo quiero mucho y que me compra mucho, un gran coleccionista. Llegó con su esposa, con sus hijas, con su hija, y a la hija le encantó ese cuadro. Se quedó enfrente del cuadro mucho tiempo. Entonces me acerqué porque me dio mucho gusto. Le dije: ¿Te gusta? Y me dice: Es el mejor que tienes. Qué bueno, qué tranquilidad, porque a nadie le gusta. Dijo: No, a mí me parece muy bello ese cuadro. Me encanta. Es más, papá, lo quiero. Y el papá dijo: no, no, no, mira, ahorita la verdad es que venimos a comprar cosas para mí. Y bueno, al final de cuentas no le compró el cuadro. La hija murió y el señor se quedó con la idea que no le compró ese cuadro. Entonces un día me habla y me dice: Amador, me cuenta lo que le pasó a su hija. Lloramos juntos y me dice: pero quiero el cuadro. Dije: te lo mando ahorita. Entonces le pusimos, puse el cuadro, y la señora y él se sentaron enfrente del cuadro a ver el cuadro como a ver a su hija. Y yo vi, yo vi la tranquilidad de la señora en los ojos. Entonces me pareció una cosa maravillosa que entendí que cada cuadro tiene su click, su por qué estar. Entonces le agradecí más, yo creo que yo a él que él a mí, porque entendí que la vida del artista tiene que ir más allá de solamente el cuadro. Así que él puede tener una gran colección de obras, pero seguramente el cuadro más valioso para él será el mío, no porque sea yo el artista, sino porque ve en él reflejado, no, este, pues él, a su hija, el cariño y el amor que le tiene a su hija.