In this segment of the Cracks Podcast, host Oso Trava interviews activist Eufrosina Cruz, who recounts the pivotal moments of her childhood that shaped her worldview. At twelve, she fled her mountain home to escape a forced marriage, carrying only a modest gift of 100 pesos and a small suitcase given by her mother. She describes the harrowing journey—walking for twelve hours, the first sight of a bus, the smell of diesel, and the overwhelming sensory shock of arriving in Salina Cruz, a city she had never known. Cruz reflects on her father's complex role: while he was stigmatized by their community for defying traditional expectations, he also made a painful but decisive statement that allowed her to leave. The interview highlights how these experiences of poverty, gender oppression, and community judgment coalesced into what Cruz now labels “discrimination,” a term that still evokes deep pain and informs her activism. The conversation is intimate, vivid, and reflective, illustrating the personal cost of cultural norms and the resilience required to break free.
Nunca en mi vida había visto un autobús, ¿no? Y luego subirte en ella, luego llegar a eso que se llama ciudad. La primera sensación de decir, las miradas, ¿y esto de dónde salieron? Ya de grande dije, ah, lo que yo viví con papá se llamó discriminación.
A los 12 años decides dejar tu casa. ¿Qué te imaginabas que podías hacer? Dices que no tenías ni idea de a dónde te ibas.
Como eres consciente, Oso, y escuchas que tu amiguita ya fue entregada al matrimonio, para mí los meses más rudos son junio y julio, porque junio y julio es cuando se hacen las pediadas de mano. Ya no hay opción, ¿a quién le dices que no si es lo normal? Y el tejado, la lluvia y el que no quieres que amanezca porque alguien va a llegar. Y el miedo es que papá acepte ese acuerdo. Y por eso yo honro a papá, ¿sabes? Porque rompió sus propios paradigmas, fue señalado por un pueblo también. Cuando vio a esa niña que dejó de comer, pues dijo las palabras quizás más rudas que un papá le puede decir a una hija, a un hijo. Está bien, pero te olvidas de nosotros. Y esa noche cuando yo salí, porque yo quería salir, sabes, no sé dónde chingados, no, nunca había salido de mi montaña, no había luz, no conocía qué era una mochila. Mi mamá me puso mis vestiditos en una cajita, me acuerdo, y me puso 100 pesos en la mano, sabes. Quizás eran los únicos 100 pesos de ella, es fecha que no le he preguntado, me da miedo su respuesta. Imagínate, no, quizás le quité todo lo que tenía. Por eso cada vez que tenía ganas de mandar todo al demonio, porque cuando ya estás ahí con el demonio, el no, dices que ¿Qué estoy haciendo aquí en donde todo está en contra? Y me acordaba de los 100 pesos. Yo decía, ¿cómo carambas regreso si ni los 100 pesos tengo? No, yo otra vez estaba esa fuerza de decir no. Pero recuerdo esa mañana caminar, llegar, porque pues no había carretera, con un primer objeto. Imagínate eso, autobús. En mi vida había visto un autobús, no. Y luego subirte en ella, sentir la sensación. Imagínate Yo de montaña llegar a Salina Cruz, calor, y el primer momento de llegar, caminamos más de 12 horas para llegar, es el punto donde sale el autobús, el olor a gasolina que nunca había yo sentido, el diésel, pues ya te imaginarás, ¿no? La mareada que me dio. Luego llegar a eso que se llama ciudad, la primera sensación de decir, las miradas y esto, ¿de dónde salieron? En donde papá ya olía a montaña y yo no sabía ¿Cómo se llamaba esa sensación, Oso, de lo que yo viví con papá? Porque para mí yo iba vestida la más bonita, ¿sabes? Con mi vestidito, mis huarachitos, mi papá su morralito. Y esas miradas como que— y hoy yo le di un nombre, ¿no? Ya de grande dije, ah, lo que yo viví con papá se llamó discriminación. Y sabes qué, duele mucho. Y hace que retrocedes. Si diste dos pasos, hace que retrocedes.