A sculptor describes the brutal economics of his practice: ordering clay in bulk, finding storage space, crafting 50 kg pieces, and building a wheeled wooden suitcase to haul them to collectors. The work demands money, space, and physical labor that digital art never will.
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Ser escultor es una actividad cara que yo pienso que está. Cada vez está en más peligro de extinción, porque todo implica un gasto y todo implica un espacio, y todo implica fuerza física. Si tú mandas pedir media tonelada de barro, primero hay que saber dónde la vas a poner, quién la va a bajar, cómo la vas a trabajar. Luego se transforma en la obra y eso pesa, tiene volumen, es frágil, a dónde lo guardas, cómo lo transportas, si lo vas a exhibir, cómo lo embalas, cómo lo cuelgas. Las paredes a veces no resisten mi obra y tengo que prepararlas para poderlo montar. Es una actividad costosa. Y cuando al principio hacía piezas de un metro por un metro y pesaban 100 kilos cada una o más, cómo llevo algo. Y no estábamos en esta época digital en la que podías mostrar todo como se muestra ahora, en ese momento sacabas una fotografía, difícilmente a mediados de los 90 ibas y te la escaneaban, sino más bien la imprimías en foto y llevabas un cataloguito engargolado con fotografías de la obra. Y para verla físicamente, como en el caso mío, que se tiene que ver el relieve y los materiales, creé un maletín de madera donde tenía unas rueditas que subía un taxi, y ese taxi decía ¿Pero eso por qué pesa tanto? Para subirlo era toda una complicación subirlo, porque cada una pesaba 50 kilos. Subir un maletín de un metro por 50 centímetros, de 100 kilos, y luego finalmente llegar con el posible coleccionista o el galerista y abrirlo y mostrar esas dos piezas que.